
Debo decir además que no me costó gran esfuerzo hacerme amigo de Niko, cosa que me alegra especialmente en estos días en los que por fin me animé a seguir —parcialmente— algunas de sus más persistentes y entusiasmadas sugerencias: La escritora en cuestión se llama A.M. Homes, y si he de fiarme de los dos relatos que leí ayer domingo (No molestar y Una muñeca verdadera), Niko podría ser calificado de oráculo, o al menos de sabio lector. A.M. Homes escribe lacónicamente, como Carver, pero eso no evita que su prosa sea estrepitosa y desmedida. Hay emoción, mucha emoción en esas historias de amor y enemistad, de necesidad y rechazo.
Hace ya varias semanas que Paco Miyagi (otro amigo mío, aunque no de Niko) viajó a Los Ángeles por negocios (algunos, sin embargo, preferimos interpretar que aquel viaje constituía una especie de tributo a sus orígenes okinawenses). A instancias de Niko le encargué The mistress’s daughter, el último libro de A.M. Homes. Fue un pedido hecho a ciegas, una especie de dádiva a la simpatía que en mí despiertan los entusiasmos de Niko. Eso explica, sin duda, que no me haya preocupado en recoger el libro.
Desde ayer en la tarde estoy llamando con insistencia al celular de Paco. El muy cabrón me acaba de contestar, diciéndome que tiene mucho trabajo, y que apenas podremos vernos el miércoles.