miércoles, febrero 15, 2012

La Distancia poética de Vinces, por Juan Claudio Lechín




La literatura es el análisis del alma humana análisis. Narrar y cantar son las primeras formas de analizar. No hay ninguna disciplina que se dedique, desde tiempos inmemoriales y con tanta asiduidad, a develar las pasiones, los complejos, las tendencias, los anhelos, risas y llantos, glorias y miserias, claros y sombras del ser humano. Todo lo que la historia ha construido, bien o mal, está fraguado desde nuestros recónditos impulsos, esos que la literatura narra, relata, cuenta, analiza, devela, expone, relativiza, absolutiza. No hay camino sostenido en la civilización humana que no se lo haya imaginado previamente en la literatura y sus maestrías: la poesía, el teatro y la novela (en tanto que teatro narrado y escrito), y la fantástica literatura oral.

La literatura —teatro, poesía, novela— es pues la organización del conocimiento primero. Los otros son sus apéndices. En el origen de la ciencia económica yace el drama del hambre; la política es un tipo que quiere imponer su mando, la ingeniería se debe a una mujer que no pudo cruzar un río caudaloso; la filosofía nació de un afilador de pedernales que en horizonte puede ver su espejo interior, la medicina viene de una madre que no puede salvar a su hijo de la muerte, y así sucesivamente. Cada sofisticada disciplina que conocemos tiene su base, fue reseñada, investigada y/o sugerida por el conocimiento primero: la literatura; la cuál es, además,  estética. Esa simultaneidad entre estética y contenidos es lo que la convierte en arte mayor.

Una vez que la literatura, durante siglos, construye y evidencia las posibilidades del alma, sus matices y giros; y una vez que la literatura pone palenques para que el ser humano sepa los límites anchos de su andar, entre el mal extremo y el bien extremo, la posibilidades de la imaginación y los destinos, entonces la gente pudo soltar sus pasiones, emprender su destrucción civilizatoria, sus utopías urbanas, las amorosas y las imperiales, sus mágicas travesías. El imaginario literario, he ahí la fuente civilizatoria.

Siglos pasaron y las otras disciplinas, hijas de la literatura, buscaron reemplazar a la madre trascendental, le pelearon las marquesinas con novedades coyunturales e impactantes y coquetearon la atención con su lozanía. Un día, la fritura desplazó al fuego lento, la potencia al ritmo, lo epidérmico a lo sustancial. Y, así, reinó la velocidad, la cantidad y la ciencia. Había llegado el siglo XX. A la literatura se la percibió anciana, y las disciplinas de moda se pavonearon, con éxito, en los salones del mundo aunque pronto se ajaron. La medicina que un día aseguró que el huevo pateaba al hígado, otro día, dijo lo contrario; la física que aseguró que todo cuerpo en el vacío, cae, tiempo más tarde dijo que podía quedarse suspendido en el espacio; la geometría había dicho, durante siglos, que una línea recta se traza en el infinito y, luego, la física le dijo que no, pues los campos gravitatorios del espacio atraen la recta, la ondulan en su camino hacia el infinito y deja de ser recta. Mientras las disciplinas de moda pendulaban y se contradecían, el coraje literario de Héctor perduró como la marca de los más valientes; la traición de Helena como el paradigma del desliz y se mantuvo señero el deseo de retornar a casa, como Odiseo. Perduró también la afirmación literaria contraria: un cobarde sin alma entregando al idealista en Getsemaní, la absoluta lealtad de Penélope y un conquistador internándose sin retorno en el trópico para huir del amor encadenador de la mujer. Ambos manojos contrarios de verdades eternas, entre muchas otras en la literatura, pervivieron sin mácula.

En el siglo XX, se acabó la filosofía ontológica, la poesía se volvió abstracta, el teatro “cosa de ruidos y furia… significando nada”, como el idiota citado por Macbeth, y el teatro dadá y del absurdo desconyuntaron el drama. La literatura como análisis del alma pasó a ser la literatura como negación del sentido. Las disciplinas mesurables y cuantitativas terminaron de tomar la posta y su éxito ha sido devastar el planeta. Sin embargo, no ha pasado mucho tiempo y ya se ha consumido el festín del sinsentido, la desorganización del lenguaje (el desprecio por él), el desorden como impulso creador. Ahora, y “una vez fiambres”, como acusa Hamlet, queda la vacuidad, la resaca y las sociedades empiezan a buscar desesperadamente una sal de Andrews. Y donde los poetas, durante este siglo anterior anduvieron negados, empiezan a ser requeridos, de nuevo, para que vuelvan a imaginar destinos, organicen el lenguaje, superen el vacío y creen las utopías de las civilizaciones por construirse, pero sobre todo los necesitan para imaginar cómo salvar el planeta de los abusos de las disciplinas cuantitativas, nuevas, episódicas y destructivas. Solo nuevas creencias, nuevas utopías señaladas por la literatura, detendrán la desolación que han creado las prestigiosas  disciplinas tecnológicas.

Ahora bien, si la literatura es el conocimiento primero, la poesía es el primero y más puro de sus conocimientos. Por eso me siento tan honrado cuando un poeta me permite presentarlo, como me ha pedido Octavio Vinces, a su poemario La distancia. Involucrarme con “el pensamiento poético”, (tecnicismo académico para llamar a la poesía), me hace viajar en las sensaciones y en la ideas. Y ese es el efecto poético que el mundo necesita deseperadamente.

Este poemario, La distancia comienza con la amistad con un perro romántico y termina con otro perro, Argos, ladrándole a un Ulises bajo harapos. Octavio entrelaza la “bandada de gaviotas sobrevolando el paisaje” y “las gaviotas heladas que surcan los extremos”, “el coto de animales salvajes”, y diagonaliza referencias con lo inanimado: las tinieblas, el terciopelo, las rocas. He comenzado por el adobo y me dirijo a la sustancia, la que en verdad solo puede sopesarla el lector mismo, pero quisiera transmitir algunos aromas.

Como un tejido bien urdido, Octavio entrama el adobo con lo verdadero: la amistad, los padres, el joven mulato “que se declaraba tercamente croata”, el amor por la libertad, la democracia, el llanto para confesarse enamorado de otra, y de pronto, en el recorrido poético, hay una significación mayor, un remezón de los significados cuando dice: “Conmigo están Cernuda y Rilke, que saben que toda belleza se asemeja a un ángel terrible, al que solo puede amarse con olvido en lugar de persistencia”. Y de esa mirada transcendental de tersos e inclasificables matices del alma, Octavio aterriza en la verdad palpable y dice: “Sin embargo, nunca pensé que te perdería”, pero no ancla a tierra, no se queda a reposar su dolor, y vuelve a saltar por los aires, diciendo: “y que en tu alejamiento, el amor iba a ser un fantasma ciego, que se desdibuja con el transcurrir de mi vida”.

En lo formal, el poemario es un road como le llaman los gringos a un drama viajado, y La distancia trata del recorrido viajero por Belgrano, por Cornell (Nueva York), por el Museo del Prado, y sus poemas tienen nombre de otras geografía por las que recorre: Mar afuera, Luna adentro, Lejania, Litoral, Médanos, incluso Nube, ese vapor nucleado que según nos asegura Octavio, “imita los gestos de seres familiares”, para, como buen road, finalmente Llegar a Ítaca, como titula el último poema, donde:

“la sonrisa de Ulises dice todo lo que puede decirse sobre este instante: es la sonrisa del que ignora que la surte del amor depende de un ovillo de hilo”.

El amor, el gran anhelo, el gran destino del ser terrenal, es, asegura el poeta, suerte, y el que la tiene que la cuide, porque es sumamente frágil.

Lima, 5 de julio del 2011

Vinces y la poesía de los tempranos 80, por Enrique Prochazka








Buenas noches. Pido disculpas por no estar de cuerpo presente en esta celebración de la palabra, en este caso, de la palabra elegante y medida de Octavio Vinces, poeta. Pero somos un país tercamente oral, somos una obvia hecatombe de voces superpuestas, y entonces esa oralidad cóncava y sustanciosa (adjetivo que suele decirse de las sopas) permite que mis palabras ya no sean las mías, sean -a continuación- de ustedes.  



La lectura de La Distancia, de Octavio Vinces, me invitó a pensar acerca de esa terquedad -la inveterada tozudez de lo oral, del logos- y acerca de la misteriosa conjunción de dos personajes, que son el poeta y su público. Cada uno de ellos un enigma previo. Permítanme divagar un poco antes de entrar en esta divagante materia.



Al inicio de los años ochenta yo tonteaba con la necesidad de un heterónimo para escribir la poesía exuberante y dilapidada que se suele escribir cuando se ronda los veinte años.



Con la colaboración (a veces inconsciente) de poetas ochenteros como Gonzáles o Mazzotti, entreverados por el siempre complejo Limache y ventilados por Faverón, hemos disfrazado de muchas maneras diferentes la historia del nacimiento de ese poeta estrellado que fue Daniel Smisek. Esa historia no interesa hoy. La cosa es que este poco imaginario Smisek no sólo escribía poemas sino que también dictaba clases y subía cerros y en general transitaba por la vida de una manera espectacular y sangrienta, por una vida intensísima que era el verbo, era la carne y era eternamente, pues, logos. Esa continuidad, esa persistencia en la alocución, esa terquedad en la lectura y enunciación de versos lo (o me) llevaron a las palabras de un poeta belga poco conocido, Eric Clemens. Clemens era el padre de una interesante alumna de intercambio, por lo que no fue difícil dar con sus líneas. Descubrí con cierta desazón que escribía igualito que Smisek, al punto en que compartían versos. Durante décadas he llevado conmigo este verso de Eric Clemens que aparece calcado (plagiado, se dice ahora) en un poema de Smisek:



Perseguir el éxtasis sin metáforas



Perseguir el éxtasis. Sin metáforas. Quizá no era un gran verso, pero siempre me pareció que los alcances, y sobre todo las ambiciones de ese verso encerraban todo un programa teológico-estético-filosófico. Que Clemens había recorrido hábilmente toda la extensión de su lengua -de su herramienta- para encontrar una pequeña novedad, una novedad significante: para echar luz sobre un misterio.



Me interesan las coincidencias, las resemblanzas, incluso las parodias. Al profundizar en la lectura de los poemas de Octavio, atascado todavía en Clemens, deformé cierto comentario que le hace el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, que lo llama “nostálgico sin melodramas”. Lo leí así:



Alcanzar la nostalgia sin melodramas



Alcanzar la nostalgia. Sin melodramas. Inevitablemente me ha parecido que los alcances y ambiciones de esa frase comportan todo un programa teológico-estético-poético, pero (con todo respeto) que en este caso que el que había recorrido toda la extensión de su lenguaje, de su herramienta, no era el acertadísimo Paz Soldán sino el poeta, Vinces. Y que como Clemens Vinces había resuelto un misterio, había echado su luz sobre cierta tenaz oscuridad, había abierto la puerta hacia esta pequeña novedad -su nostalgia sin melodramas- y nos había invitado a pasar. He tenido oportunidad de comentar con Octavio que con esta invitación él ha conjurado también estos enigmas: él, terco poeta, y nosotros, el terco público que, en plena cacofonía del Twitter o del pasmo espiritual del Facebook, insiste en atender a la poesía. Por el hecho, simple y a la vez misterioso, de que hay gente que, en efecto, aún se reúne con el mero ánimo de atender al discurso de la palabra.



Hace poco estuve en una lectura de poesía con el Bombardero, poeta y novelista escabroso, trasmutado o trasvestido hasta la dignidad, en padre de familia. Éramos tantos poetas como público: tres tercos de cada lado. Son pocos, pero son, según dijo otro terco.



Octavio es un hombre de amplia cultura y muy viajado; esa es otra terquedad de nuestra identidad colectiva. Él es uno de esos americanos del sur que a punta de alejarnos y acercarnos tejemos un camino etéreo por lo que unos llaman la patria grande, y otros sienten como una subamérica. Quizá porque a pesar de lo que el mismo Vinces llama el torpe lirismo de una de sus voces, el muchacho judío Ariel,



El mar es una necesidad en la vida de los hombres como yo, hijos de la inmigración



Y porque frente a la inmigración yo mismo no soy hijo -sino nieto y padre- con los versos de Vinces alcanzo, finalmente, el mar: el mar que está después de todos los regresos, al mar de la Odisea que cierra el poemario.



Octavio, el poeta, habla desde la madurez. Cuando uno madura ya no necesita el éxtasis sin metáforas. Hay una educada cautela en esta nostalgia, pues, sin melodrama. No esquiva la adjetivación, pero la administra con prudencia: sus perros románticos, su jungla pagana son seña de que el poeta ya no está en los ochentas, pero sabe bien de qué se trataban.



Anoté, para la contratapa del libro, que la textura del mundo poético de Vinces era el pasado. Que la mudanza de ese tiempo que fue presente a este presente cuando es pasado es una fuga, un escape que hiere… Pero también es ocasionalmente un hiato, una pausa donde se ofrece reposo. Astutamente, ya ha visto Paz Soldán que en esta poesía hay una “travesía de registros”, “desde el tono coloquial y algo retórico de los primeros poemas al lenguaje despojado de los últimos”. Creo que en ese desleimiento final está lo más acertado del libro de Octavio.



Volver, aceptar, reparar. Tercamente, hacerse uno mismo de una vida, mostrarlo, decirlo, tercamente. Porque todavía hay quienes, del otro lado, tercamente escuchan y sienten la enorme complexión de la palabra.





Muchas gracias.



Enrique Prochazka

Palabras de presentación de La distancia, por Mónica Beleván


Antes de entrar en materia quisiera dejar dicho lo muy grato que me es formar parte de este grupo tan especial de ponentes: creo que la mejor mesa de la que se me haya invitado a formar parte durante esta ultima estadía, puede que demasiado larga, en Lima.

Por lo general le rehúyo a este tipo de eventos: los encuentro cortesanos y afectados, y el bautizo literario me parece extrañamente vestigial en el marco de un milieu literario tan supuestamente de avanzada como el nuestro. Como amante de los libros que me considero, creo que a la mayoría habría que tratarlos con la misma cortesía que a los grandes barcos: descerrajándoles una botella encima y lanzándolos al mar. En verdad, son few and far in between los libros que merecen presentarse en sociedad, y me temo que el de Octavio sea uno de ellos.

La merecida cantidad de ponentes obliga a la brevedad, por lo que iré directamente al grano.

El libro está dividido en tres partes estilísticamente distintas pero temáticamente afines: “Vientos de Belgrano”, “La invención de Ungaretti” y “Viajes e impresiones”. La disposición de las partes está entre sus virtudes, pues la distancia -que es, después de todo, el título del mismo- se pauta de modos distintos no solo entre el autor y sus tiempos, sino entre los textos y el lector.

Son planos que se intersecan, por lo menos en lo que a mí respecta, con una agilidad inusitada: ayuda, sin duda, el que tantos de los escenarios de los que habla Octavio me sean familiares en la acepción más bruja de la palabra. A veces, dependiendo no sé bien si del momento de la vida o de la hora, puede darse una osmosis mágica entre el yo cambiante y su fluctuar pasado, como la que se da entre una fruta que irá irremediablemente a caer del árbol y el tallo que la sostiene, para soltarla. La constante y la caída son el tránsito.

Partimos así de un Buenos Aires fantasmatico, del que Walter Benjamin seguramente habría disfrutado más que el pobre Ariel -con su nombre tragicómico de impronta shakesperiana- cuya extranjería ínsita e inevitable errancia son el mascarón de pro[s]a del poema, casi cuento, “Los amigos del barrio”.

El mar es un personaje recurrente, hasta diría que antagónico, que orbita y atraviesa al multiverso del poeta. Su presencia contrapuntística, reverberante, refleja es el resultado de una educación por la experiencia: un mar así de transparente -y que de estas aguas mansas nos cuide Dios- difícilmente puede concebirse sin haberlo visto antes. Podría ser griego, como parece revelarlo el último poema homérico, pero es también Caribe.  

Lo caribeño no es, contrariamente a lo que se dice, estrictamente tropical: si trazamos un arco que vaya desde el Sur de los Estados Unidos hasta las Guyanas, pasando por la América Central y por el salpicado de islas que acentúan a este espacio cartográfico como notas sobre un pentagrama, habremos dado con las coordenadas de nuestro autentico Mediterráneo oculto.  Alejo Carpentier lo supo cuando la Odisea secreta que es El siglo de las luces tuvo por protagonista al rufián, al emigrado, al arribista, al talentoso Víctor Hughes. Lo supo Mutis al crear a Maqroll, cuyo nombre no remite, y con total legalidad, a parte alguna. Y lo sabe Vinces. La constante, como ya lo hemos dicho, es un tránsito entre dos marcas de agua, el salto de un pez volador.

Y por supuesto, aunque velada y mutable, está la isla, emplazada en una Ítaca que, siendo la puerta de la casa, es también su cancerbero. Tenemos a la Ítaca mítica de Homero, de la que ya hemos hablado. Esta la Ítaca hiperbórea del campus de Cornell. Me arriesgaré incluso a decir que el tono casi coloquial del poemario tiene algo también del prosódico staccato interrogatorio de la Ítaca de Joyce.

El espacio –preferiría decir que intermediario a imaginario- que es la Itaca de Vinces tiene sus propias particularidades: un solo rey y pretendiente -cuyo vínculo especial con Atenea, hay que notarlo, se refleja en el antepenúltimo poema- a quien espera un perro desdoblado en varios y entre 108 y 136 avatares de una única Penélope adaptable a las circunstancias y los escenarios. 

No quiero terminar sin antes dejar dicho que este es uno de los pocos poemarios diurnos que he leído recientemente. Octavio Vinces debe rondar hoy la edad en la que, según los griegos, el hombre alcanzaba su acmé, y esa madurez se traduce en los versos límpidos y el carácter preeminentemente narrativo de este libro.

La distancia es un libro libre: libre de los ademanes y aspavientos típicos de autores menos preparados, y dejemos claro de una vez que la preparación a la que me refiero tiene poco que ver con la académica, y todo con el grado de autogobierno y de paciencia casi acechante que permiten la eventual sintonía entre el cómo y el cuándo. A diferencia de los celebres apuntes de invierno sobre impresiones de verano que nos legara mi ruso preferido, Dostoievski, La distancia plasma el registro anímico de un mediodía capaz de ir, en cuestión de segundos, de lo huracanado a lo prelapsario.

Muchas gracias.

miércoles, agosto 27, 2008

El sueño pesado


Avenida Horacio Urteaga 972, distrito de Jesús María, Lima, agosto de 2026. La mano de Paul extendida me alcanza una vieja fotografía cuya existencia ignoraba o he olvidado por completo. Sé, sin embargo, que en mis primeros años esa misma imagen se me dibujaba difusa y cálida, como el consuelo que sólo es capaz de brindar lo que nos es plácido y a la vez necesario. Llevaba siempre gafas y el peinado recogido con ese moño enorme, así que no me costaba nada reconocerla. En realidad era el único ser que reconocía: pese a no poder identificar el rol que cumplía, olía su presencia, añoraba su permanencia, pero además intuía mi necesidad. Tampoco podía saber que las contrastantes tonalidades que la conformaban y la envolvían se llamaban colores, o que los ruidos amables acompañando su presencia eran las palabras que me dirigía a mí, con la coloración incomparable de su amor.
Recuerdo un pasaje de La extraña, la novela de Sandor Marai, que por alguna razón me conmovió intensamente. Un par de horas más tarde buscaré el libro en una librería próxima al hotel: “Se sentía exultante, por fin volvía a ver el mundo en que hasta entonces había vivido distraídamente, al que sólo había utilizado y al que consideraba sucio, manido y desgastado, sin haberle prestado la menor atención; y entonces recordó que en una ocasión ya lo había visto así, con esa frescura paradisíaca, mucho tiempo atrás, tal vez en la primera infancia, al sentarse en la cuna y mirar la lámpara o la mano que se agitaba ante sus ojos…”
Paul no puede no sonreír, asume que mostrarme el retrato de mi madre joven me produce una infinita nostalgia, interpreta de esa manera mi habitual actitud silenciosa. Quiero decirle algo, lo que sea, quiero disimular mi fastidio. No se me ocurre nada diferente a esto:
—Era en verdad un bebé cabezón…
Se tomará unos segundos —serán infinitos— para procesar ese comentario que pareciera banalizar la existencia de la fotografía. No se atreverá, sin embargo, a reclamarme por la indiferencia que siempre me ha achacado en secreto. Yo, mientras tanto, vuelvo a evocarla, los aspectos tangibles eclipsando las sombras que por necesidad se presentan en una vida en común. Sus labios dibujaban mi nombre en el aire como nadie ha podido hacerlo luego, aunque tal vez en eso Fernanda la haya imitado mejor que nadie. Y en medio de esta evocación experimento la certeza de que nunca ha dejado de hacerme falta, a pesar de que la suerte ha sido más bien benévola con mis debilidades de adulto.
Los ojos de Paul se humedecen. Me pongo de pie, sólo para dar media vuelta y volver a ver la unidad vecinal desde la ventana de la biblioteca. Intentaré pensar en otras cosas.

martes, agosto 19, 2008

El sueño pesado


Biblioteca Uris, campus de la Universidad de Cornell, Ithaca, Estado de Nueva York, febrero de 2004. “¿Pero por qué tuve qué regresar?”, se preguntaría a sí mismo una vez instalado, cuando ya comenzaba a tomar distancia de la ruptura y los recuerdos que eran muchos volvían a dibujarse nítidos en su mente. College Avenue era un espacio material ajeno al devenir del tiempo, un tablado permanente por el que discurrían diversos actores siempre interpretando los mismos roles. Escenario de vidas concentrándose, intercambiándose, compartiendo por temporadas que iban de uno a cuatro años. Sin duda la gente no era la misma, pero de alguna manera sí era la misma. Tarde o temprano tendría que pasar por la casa-edificio donde Vega y él habían tenido su primer hogar de casados; quiso hacerlo de manera absolutamente consciente y voluntaria, no ser presa de un arranque intempestivo de nostalgia o del devenir de un río de inconsciencia en medio de, por ejemplo, alguna borrachera no planificada. Por eso recorrió una mañana las tres cuadras de distancia que había desde el punto más cercano del campus, abrió la puerta de madera y vidrio y vio que en el buzón donde antes estaban los nombres de ellos dos, aparecía ahora el de un tal Paramjeet S. Sammi. Creyó percibir cierto olor a curry, recordaba a unos clientes del estudio, dos jóvenes que comenzaban a hacer dinero en el caos del Perú con la importación de motocicletas usadas del Japón y que le habían invitado a cenar más de una vez la comida de su tierra que ellos mismos preparaban en la casa que alquilaban en San Borja; la profusión de polvos, aceites y menjurjes había sido algo novedoso para el; recordaba además que Vega había disfrutado con especial entusiasmo de aquellos encuentros, su natural simpatía la llevaba a mostrarse amistosa y notoriamente libre y dispuesta a dejarse agasajar por quien sea. Se decidió por fin entonces a subir las escaleras —cortas y estrechas, como las recordaba, conducían al pequeño lobby que compartían los tres apartamentos del segundo piso—, sabía que a pesar de que no hubiera nadie en la casa lo más probable era que las puertas no tuvieran ningún tipo de seguro o llave. Giró el pomo del apartamento que buscaba. Efectivamente no encontró a nadie. El ambiente lucía ordenado, limpio, incluso con cierto arreglo o buena disposición de lo que creía reconocer como los mismos muebles y accesorios; sobre el escritorio divisó unos transcripts con el nombre que aparecía en el buzón y la indicación University of London, The Royal Veterinary College. Definitivamente no olía a curry.
Cuando abandonó aquel lugar y caminaba de vuelta hacia el Collegetown Bagels donde debía encontrarse por enésima vez con Cristina —era por ese entonces su única amiga, o la única que lo soportaba y que él soportaba, todavía no vivía con Scott, ese gringo sinólogo y buena gente—, se repetía a sí mismo que su acto había sido absolutamente irresponsable e infantil. No hay conducta más desesperada que la de un hombre atrapado en la tempestad del desamor, se decía sabiendo que estaba resultando torpemente shakespereano.
“¿Qué hay del proyecto de escribir una novela?”, le preguntaría Cristina minutos después, el café calentísimo enfriándose sobre la mesa (era familiar ese empeño de estar al aire libre cuando la relativa tibieza el otoño ya comenzaba a perderse de vista), el cigarrillo descendiendo diagonalmente desde la comisura de sus labios como la ramita que mordisqueaba un Tom Sawyer alelado. “¿Te has olvidado de tu proyecto? Mejor comenzar cuanto antes, macho”. No pocas veces había pensado que su verdadera vocación era la literaria, desde adolescente había juntado una colección de libros bastante amplia, disfrutaba de la prosa tanto como de la poesía, y naturalmente había comenzado a cultivar esta última. En el centro de estudios su fama de poeta se consolidaba, las veladas frecuentes entre los alumnos le tenían como protagonista pues siempre terminaba leyendo alguno que otro poema de corte involuntariamente surrealista; las influencias de Moro, Westphalen, Eielson, figuras centrales de sus lecturas adolescentes. La poesía como instrumento de la santidad, cualquier trabajo o actividad humana —la abogacía, la banca, la milicia incluidas y preferentemente que el arte o la literatura— como medio para alcanzar la santidad. Siempre recordará con amargura el momento en que creyó encontrar en unos poemas de Eielson unos versos que sin duda constituían lectura prohibida —la virgen María y su fecundación como figura poética: la fertilidad, Gea, Pachamama, lugar común de toda mitología que se respete—, motivo más que suficiente para que aquel poemario entrara en el Index que se dejó de publicar pero que el Fundador proclamaba que iba a mantener para ellos, sus hijos queridos, a la par que señalaba hacia el cielo con el dedo correspondiente en actitud cómica o de desafío o simplemente metafórica, y entonces con sus propias manos lo rompió y lo arrojó a la basura. Y ahora sentía que tal acto lo excluía, per sé, de todo posible canon. Su idea de hacerse escritor sería vana entonces, lo que le había dicho a Cristina nada más que una patraña, un pretexto o una justificación para explicar su evasión de la realidad que le correspondía. Aún así versificaba algunas cosas que nadie nunca leía.
“Puede ser que la comience ahora, o tal vez sea el próximo año”. Cristina sonreía ante semejante despliegue de ingenuidad. Sabía que algo más tenía que pasar por la mente de Marco, no era normal que casi no se refiriese a Vega/Mariana, que apenas la hubiese mencionado la primera vez que se vieron hacía ya más de dos semanas. Le preguntó entonces qué había estado haciendo, por qué había venido caminando desde la dirección contraria a la que usualmente correspondería. Cuando Marco le contó que había ingresado sin autorización al apartamento de un estudiante de la India o de Pakistán o de Trinidad o de Surinam —o más probablemente británico de tercera o cuarta generación, la ausencia de curry era demasiado notoria—, sólo con la intención de medir sus propias fuerzas enfrentando la lejanía de Vega en un ambiente donde ambos fueron felices, Cristina se sintió tan conmovida como para tomar su mano y llevarla a la altura de sus labios y darle un beso. Marco no se inmutaba, echó todo el peso de su cuerpo sobre el espaldar de su silla y cruzó sus brazos sobre el pecho. “En verdad la extraño”, fue lo único que agregó y entonces Cristina entendería que sus preguntas podrían salir sobrando y que más bien era preciso que respetase sus silencios; creyó descubrir que en verdad siempre había sentido más afinidad por Marco que por Mariana, y pensó que tal vez tomar una copa para luego marcharse a su apartamento en Aurora Street y dormir juntos podía ser una alternativa reconfortante para ambos, pero a la vez sabía que no era capaz de tener la iniciativa en un tema como ése, en el fondo no dejaba de ser una españolita algo conservadora.
Al cabo de unos minutos ella le informaba que necesitaban pasar (así lo dijo, en plural) por el campus store para retirar unos libros que había encargado, y Marco se puso de pie como un autómata. Mientras marchaban sobre el puente de piedra que une Collegetown con el east campus, él pudo observar nuevamente los bosques por los que había caminado tantas veces tomando la mano de Vega: para ese entonces ambos cursaban el LL.M. program en aquel edificio de piedra a pocos pasos de distancia y tenían en mente que en un plazo como el transcurrido —cinco años ya— la vida tendría que ser esencialmente distinta pero siempre mejor para ellos. El tiempo hilo conductor de lo vital, río por el que discurren las cosas en su evolución natural y necesaria. Tal certeza de juventud podía ser una esperanza —había que justificar el esfuerzo, la distancia, el año fuera del mercado laboral—, pero también una equivocación fatal o una falta de perspectiva. Veía desde el puente los árboles sobre los que más de una vez ella se habría apoyado —él mismo le había tomado algunas fotografías de temporada invernal, el sacón enorme, el gorro de lana—, y creyó entender que la progresiva madurez implicaba mudarse para entender que las cosas que en años previos se habían presentado como verdades irrefutables se desdibujaban dejando en evidencia una candidez capaz de llenarnos de frustración y de vergüenza, como si en verdad el tiempo únicamente transcurriese, para transformarnos en el envejecimiento, en la medida en que cometemos el error de alejarnos del lugar donde fuimos felices. Y sin duda Vega y él lo habían sido en aquel pueblo anodino como nunca pudieron volver a serlo. Una vez en Lima ambos buscaron buenos trabajos y acomodar sus horarios de profesores de la facultad de derecho en los espacios que quedaban disponibles. Vega era la discípula predilecta de un profesor de teoría del acto jurídico, inteligentísimo y amanerado: “Eres guapa, elegante, brillante. Eres una mujer casi perfecta, lo que nunca he entendido es cómo diablos te pudiste fijar en semejante huevón, criatura…” El tipo era grandilocuente y desmedido, poseedor de un sentido del humor hiriente aunque quizá poco malintencionado; en el fondo era un sentimental, al menos eso le explicaba Vega quien era sumamente condescendiente y comprensiva con él, como no lo era quizá con nadie más. Marco por su parte comenzaba a odiarlo mientras preparaba las sesiones de su seminario sobre law and economics —materia novedosa, curso en el que se inscribían pocos— desde su oficina en el estudio de abogados, desamarrando con sutil y estudiada ligereza el nudo de su corbata, dejando de lado por unos minutos la siempre creciente lista de asuntos pendientes. Eso era crecer, eso era envejecer de alguna manera.
Cristina a su lado parecía una estatua griega con bufanda; era altísima, algo graciosa, no bonita precisamente, sus piernas transmitían una paradójica rigidez que contrastaba con esa estatura exagerada para el patrón ibérico, o más bien característica de la generación del yogur, los estereotipos humanos también cambian, aunque más lentamente. Marco sintió una honda gratitud hacia su presencia pues sabía que sin ella los días serían mucho peores; al menos la separación se desdibujada con esa presencia amiga que a veces podía proporcionar la sensación de que en cualquier momento Vega vendría a unírseles. Sin embargo tal consuelo no era aplicable a las noches que parecían tragárselo y en las que él comenzaba a apelar al whisky o al cognac. Definitivamente detestaba tener que dormir solo, los seis años de matrimonio habían creado una costumbre que era propia a su existencia como sus riñones o la comodidad de sus zapatos Florsheim. Reparó entonces en Cristina y fue como si de pronto la supiera alegre y agradable y soltera; pero él se sabía inepto para tener iniciativa alguna con ella, sus miedos a no poder desempeñarse adecuadamente en la cama persistían, para eso también le habría sido indispensable Vega.
Era el inicio del spring quarter y dentro del campus store una pequeña muchedumbre forcejeaba entre el escaso espacio con total civismo y urbanidad. Cristina preguntó a una empleada que atendía en el counter principal si ya habían llegado las publicaciones del Instituto Cervantes. Un muchacho rubio y delgado se le acercó entonces para decirle “hola”. Ella respondió al saludo con bastante efusividad, besos en ambas mejillas, un abrazo algo prolongado. “Es un amigo del Architecture School”. El muchacho le sonrió a Marco con aspecto amistoso y nerd. Hablaba un español perfecto de claro acento cubano. “Luis Fernández, de Little Habana, hijo del patriarca de los laundromats Gustavo Fernández Font, nunca le permitieron hablar en inglés en casa”. La información que le proporcionaría Cristina se le iba a antojar excesiva y superflua al mismo tiempo. Luis Fernández volvió a hablar señalando a un joven de unos treinta y pocos años que por lo visto también sabía español: “Scott Taylor, profesor de chino y cultura china en el School of Arts"

El sueño pesado


Cabinas de Internet de la avenida Garzón, distrito de Jesús María, Lima, mayo de 2008. “Curioso Impertinente”, me llamaba la abuela, el apodo lo había copiado de Cervantes, decía, y yo le creía, pues creía en ella y además nunca había leído a Cervantes, ni creo que vaya a leerlo. Tenía razón la abuela, la curiosidad siempre ha sido mi talón de Aquiles, la causa de muchos malentendidos y problemas, con amigos y con vecinos y con gente que ni siquiera he conocido. El hecho es que Internet es un espacio ideal para alguien como yo, porque uno termina sabiendo cosas de otras personas que estas personas seguramente no estarían dispuestas a revelar, pero así es uno y así es esta época de información desaforada. Me he hecho de una cuenta de Facebook, y me entretengo buscando personas conocidas, o personas conocidas de personas conocidas, con la intención de incluirlos en mi network. Claro que todos tienen que aprobarte, y muchas veces no lo hacen, pero eso importa poco, quienes menos piensas que lo harán terminan incluyéndote. Es así este juego.
Hace unos días estaba en una de esas, matando el tiempo en busca de personas conocidas, y buscando que el sol que gasté en una hora de Internet se consumiese. Se me ocurrió colocar los dos apellidos de las hijas de mi primo Pablo: De la Flor Ramírez. Aparecieron dos de ellas. Verónica, la menor, había puesto en el recuadro destinado a la imagen del usuario, la de un bebé recién nacido. Era una criatura horrible, igualita a Pablo.
Pero lo que me tiene más asombrado en estos días es lo que está pasando en la cuenta de Alfredo Cueto, un tipo que era compañero del colegio, uno de esos que te aceptan sin pensárselo mucho. Pues bien, el tipo se murió y sus amigos han comenzado a colocarle mensajes públicos donde se despiden de él o le dicen cosas tan absurdas como “Nos vemos en el cielo”, y huevadas de ese estilo. Me erizo de pensar que algo así pudiera pasar conmigo. Estoy pensando seriamente en dejar el Facebook.

miércoles, agosto 13, 2008

Puntos de Sutura, de Oscar Marcano


"It is a wise father that knows his own child", escribió Shakespeare en El mercader de Venecia: "sabio es el padre capaz de reconocer a su propio hijo". O también "nada hay más difícil para un padre que conocer a su verdadero hijo", en la traducción más bien "libre" de Marcelino Menéndez y Pelayo.

En Puntos de sutura, la novela de Oscar Marcano, un padre intenta conversar francamente con su hijo, ayudado por la intimidad que suele brindar la visión del mar. Pero no logrará despertar su interés ni su simpatía. Alfonso Gabbani es un perdedor al borde de la destrucción, un hombre que ha jugado sus cartas, sin mayores convicciones, dentro de un ambiente autocomplaciente y casi carente de sentido crítico. Por esas razones, y por haberlo abandonado cuando era un niño en aras de unos sueños irrealizables, es incapaz de conocer a Antenore, su propio hijo.

"Antes de suicidarse, mi padre me trajo a esta playa." La frase con que Antenore iniciará la narración de la novela, años después de aquel encuentro entrabado, resulta de una contundencia difícil de superar. A partir de ésta, Oscar Marcano delineará con singular maestría y sobrio lirismo las historias que terminan por alejar a dos generaciones. La del padre, que vivió apegada a ilusos sueños de grandeza y a la certeza de que el genio no requería de constancia y que la buena fortuna siempre estaría dispuesta a venir en su ayuda. Y la del hijo, que tendrá que vérselas con la cruda realidad de un país cuya riqueza petrolera no le ha salvado del desastre, de la división y de un vacío conceptual en el que lo relevante se olvida o simplemente se deja de lado.

Puntos de sutura es la magistral crónica de una decadencia creativa y personal, que no dejará de provocar daños colaterales. Una novela esencial escrita por quien, en justicia, tendrá que ser considerado como uno de las figuras más interesantes de la literatura latinoamericana actual.


miércoles, agosto 06, 2008

Sólo 6 grados


Hace un par de días leí en El Pais.com una noticia que no dejó de sorprenderme: el Messenger ha demostrado la teoría de los seis grados. Efectivamente, el “estudio de Microsoft, recogido este lunes por la prensa de Estados Unidos, corrobora que dos individuos cualesquiera están conectados entre sí por no más de 6,6 grados de separación, es decir, que son necesarios siete o menos intermediarios para relacionarlos”.

Esto quiere decir que los miembros de la raza humana están más cerca uno del otro de lo que parece. No existiría entonces una separación realmente significativa entre, por ejemplo, un campesino del trapecio andino y Donald Trump, entre un vendedor de artesanías en una estación del Metro de Caracas y Amy Winehouse, entre Woody Allen y Osama Bin Laden, o entre yo mismo y Haruki Murakami.

Tal vez algunos pretendan ver con optimismo esta situación en un mundo signado por las enormes diferencias culturales y económicas. No me creo capaz de compartir ese tipo de entusiasmo.

La tecnología ha creado la posibilidad de un mundo donde las diferencias se muestran de un modo impúdico. No es que antes haya sido distinto, pero lo sintomático de nuestro tiempo es que todos nos vemos. Hoy en día cualquier habitante de las regiones más pobres del planeta es capaz de ver, en directo o con una virtualidad que se asemeja demasiado a la vida real, el espectáculo de los personajes idolatrados por los medios audiovisuales. Difícil no desear la suerte del otro, no envidiarla, o al menos resentir la mala suerte propia. Por otra parte, las democracias occidentales han hecho de la libertad de expresión una de las premisas fundamentales sobre la que también se desarrollan, caóticas e irrefrenables, las distintas vertientes del show-biz. Mientras esto sucede, desde distintas posiciones otros seres humanos observan, interpretan, sacan sus conclusiones, e incluso optan por inmolarse, como se ha visto con pavor a lo largo de esta década.

El mito de la torre de Babel relata que los hombres estaban físicamente cerca mientras pretendían construir aquel descomunal monumento a la soberbia. Y esa cercanía no fue óbice para que la imposibilidad de comprenderse les impulsara a la mutua destrucción. Tal vez la tecnología sea un Babel que acerca a los hombres de diversos orígenes, a la par que subraya sus enormes diferencias. Necesariamente habrá algunos que querrán aniquilar a otros. Esto parece algo difícil de ser soslayado cuando las distancias verdaderas se presentan como insuperables.

El largo rumor del río Cherwell: Tu rostro mañana: 3 Veneno y sombra y adiós, de Javier Marías, en Carátula


El largo rumor del río Cherwell: Tu rostro mañana: 3 Veneno y sombra y adiós, de Javier Marías, en Carátula

domingo, julio 27, 2008

La búsqueda del héroe


Borges afirmaba que los escritores habían olvidado que uno de sus deberes era la épica, pero que Hollywood había salvado el género a través del western. La obra de John Ford es seguramente la prueba más contundente de la veracidad de la afirmación borgiana.

Ethan Edwards, el personaje de John Wayne en The Searchers (conocida en Hispanoamérica como Más corazón que odio y en España como Centauros del desierto, las distribuidoras de filmes siempre haciéndose responsables de este tipo de esperpentos) puede bien representar el arquetipo del héroe épico, dueño de una inteligencia y una fortaleza extraordinarias que, junto a una capacidad singular para el sacrificio, le habilitan para llevar a cabo las acciones heroicas más destacadas, pero no le salvan ni de sus pasiones ni de sus perversiones personales. Ethan Edwards se nos presenta como un energúmeno vengativo, misógino y racista, cuyos antecedentes legales nunca llegan a ser totalmente transparentes. Quizá lo paradójico de esto sea que precisamente estas perversiones parecen ser el motor que impulsa al héroe a la consecución de la hazaña.

Harold Bloom enseña en la introducción de El canon occidental (libro tan polémico como imprescindible), que un texto canónico no tiene por qué encarnar las virtudes morales que comprenden los valores normativos ni los principios democráticos de Occidente. Quizá la literatura épica, como ningún otro género, sepa sacarle partido a esa aparente amoralidad. La Ilíada, por ejemplo, exalta la incomparable gloria de una victoria armada, en la que no han faltado odio, ardides y golpes bajos.

Postular un género épico que esté dentro de los límites de lo que hoy conocemos como lo "políticamente correcto", parece entonces una contradicción insalvable. ¿Será por eso que ya no se estrenan buenos westerns en las salas de cine?

martes, julio 22, 2008

Los incomprendidos


Cada vez que Carlos iba de vacaciones a Lima y llegaba a la desvencijada casa de Jesús María, invariablemente pedía un poco de dinero a alguno de los adultos presentes —a su abuelo o sus tíos, sus padres sólo tenían dólares—, y bajaba corriendo por las escaleras —cada año con más rapidez y seguridad— para cruzar la calle en dirección a la bodega de Kenji. Una vez adentro, nunca saludaba a nadie. Se limitaba a comprar una botella de Inca Kola, que succionaba en el acto, con una mezcla de alivio e inequívoco deleite.

Los años pasaron, Carlos se fue haciendo cada día más grande e inteligente. Se mudó con sus padres de Queens a un bonito suburbio de New Jersey, donde comenzó a asistir al High School. Para ese entonces los abuelos ya habían muerto y las visitas a Lima dejaron de producirse. Carlos obtenía excelentes calificaciones, se graduó con honores y fue aceptado como freshman por Princeton.

Como suele suceder con los muchachos demasiado inclinados al estudio, Carlos no se caracterizaba por su facilidad de trato con las chicas. Su temperamento tímido e introvertido le impedía comportarse con soltura, articular la voz con naturalidad, encontrar las palabras adecuadas. Sin embargo, al comenzar el segundo semestre del primer año en el College, conoció casualmente a Paulette, que tomaba la misma clase de literatura rusa. Paulette era hija de una pareja de vietnamitas instalados en Boston. Se trataba de una muchacha menuda, sonriente y de cuerpo ágil y compacto. Carlos gustó de ella, y ella gustó de Carlos. Pese a su juventud, era una mujer de armas tomar, y se empeñó en conquistar a Carlos por todos los medios. Varias veces le propuso que tomaran juntos un café. Luego lo incorporó, casi por la fuerza, a su grupo de estudio. Después comenzó a invitarle a cenar a su casa. La comida vietnamita, picante y con toques dulces, resultó del agrado de Carlos.

Para las vacaciones de verano, Carlos y Paulette decidieron viajar juntos a Perú para conocer Machu Picchu. Tan sólo iban a pasar un par de días en Lima, donde se quedarían en la casa de la tía de Carlos, en La Molina.

En el primer almuerzo que tuvieron junto a la familia de Carlos, éste descubrió con feliz sorpresa la presencia de una botella de Inca Kola sobre la mesa. No se le ocurrió mejor idea que hacérsela probar a Paulette.

—Tasty, isn’t it? —le preguntó a su novia, con aire satisfecho, cuando él ya había acabado golosamente con su vaso.

—You crazy? —le respondió Paulette—. Looks like pee and tastes like gum!


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Cuando caminaban todas las mañanas hacia el instituto, Juan y Ramón solían distraerse contemplando los paisajes que se divisaban desde el Paseo Marítimo. A Coruña le parecía a Juan una inmensa vidriera hecha por arquitectos de otro mundo. Ramón, en cambio, sólo tenía ojos para el mar y las embarcaciones que lo surcaban. Desde niños habían sido amigos inseparables, y con el correr del tiempo la amistad se convirtió en una especie de vocabulario mutuo que les permitía una comunicación exclusiva. Quizá por eso Ramón se tomó como una pequeña traición la noticia de que Juan se marchaba a Venezuela. Su padre y su hermano mayor habían partido a aquel país, hacía un par de años. Y ahora era su turno. Y el de su madre y su hermana pequeña.

—Nunca dejaré de escribirte —le prometió Juan a Ramón.

Sus primeros recuerdos en el nuevo país estuvieron ligados al calor y el mar. Su padre había escogido una ciudad del oriente del país para instalar un taller mecánico. Juan comenzó de aprendiz, y con el paso del tiempo y la muerte de su padre, terminó como socio de su hermano mayor.

Desde el comienzo de su estadía, Juan había cumplido con su promesa adolescente.

La familia de Ramón tampoco la tenía muy fácil en esos tiempos. Por eso, cuando concluyó el instituto decidió mudarse a Barcelona. Tal vez las cartas de su amigo Juan, en las que éste le relataba que vivía en una ciudad muy bonita del oriente venezolano que tenía el mismo nombre de la capital catalana, tuvieron algo que ver en su decisión. Pero Ramón rápidamente olvidó ese detalle y no tardó en concluir que había escogido el lugar ideal para vivir. Para él la belleza de una ciudad era condición necesaria para conocerla, mucho más para instalarse en ella.

Pasaron muchos años, Juan se casó y se hizo de una considerable fortuna personal. El intercambio epistolar, sin embargo, no se interrumpió nunca. La invención del correo electrónico no logró alterar ni su periodicidad, ni su habitual longitud. Ramón y Juan gustaban de ser generosos en los detalles.

Por fin llegó el momento en que Ramón iba a visitar a Juan. Apenas en ese momento se percataron de que habían transcurrido más de treinta años desde la última vez que se vieron, cuando ambos vivían todavía en A Coruña.

El recibimiento de Ramón fue apoteósico. Juan lo llevó, junto con toda su familia, a almorzar al club gallego. Luego lo paseó por casi toda Barcelona, mostrándole sus calles irregulares, sus irreverentes centros comerciales, su gente campechana, y, por supuesto, su mar sensual y Caribe.

Ya había anochecido cuando llegaron a la descomunal casa-quinta donde Juan vivía junto con su familia. Ramón decidió tomar una ducha. Cuando salió nuevamente a la sala de estar, encontró que Juan acababa de destapar una botella de Alvariño. Los amigos bebieron con alegría. Fue preciso destapar una segunda botella. En algún momento Juan iba a preguntarle:

—¿Qué tal te ha parecido todo?

Ramón estaba un poco ebrio. Le hizo gracia la pregunta de su viejo amigo. Fue entonces que le tomó del brazo, para preguntarle al oído:

—¿En verdad a esta mierda la llamáis Barcelona?


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Sofía pasa todas las tardes por la misma vitrina de la avenida Alvear, donde se exponen algunas de las corbatas más finas y hermosas que pueden encontrarse en Buenos Aires. En pocos días será el cumpleaños de Pedro, su marido: un joven profesor universitario, inteligente y austero, cuyas preocupaciones principales son el calentamiento global, el hambre y la pobreza del mundo. Sofía piensa que le encantaría sacar su tarjeta de crédito, comprar un par de esas corbatas y regalárselas a su marido. Pero piensa por unos segundos y desiste en su propósito. Teme quedar como una mujer estúpida y frívola. Además Pedro no usa corbatas tan finas. Se siente triste y un poco frustrada.

Pedro ha visto la misma vitrina varias veces, camino a la oficina de Sofía. Alguna vez se ha animado a entrar en esa tienda exclusiva, para disfrutar contemplando las camisas a rayas o a cuadros, las sedosas telas de los trajes tan bien cortados. Dentro de ese negocio el nombre Hermenegildo suena aristocrático y musical al mismo tiempo. Le encantaría que alguna vez a su elegante esposa, que trabaja en una empresa trasnacional y gana bastante bien, se le ocurriera regalarle alguna de esas prendas tan hermosas. Pero jamás se atrevería a sugerírselo. Pedro a veces piensa que Sofía es una mujer poco detallista.


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Carlos, Juan y Sofía tienen en común su calidad de personajes incomprendidos. Mientras que Paulette, Ramón y Pedro ignoran que carecen de la capacidad de comprender. Todo apunta a pensar que las pequeñas distancias entre estos personajes serán, lamentablemente, insalvables.

lunes, julio 21, 2008

Una película collage


Segmentar el territorio de una ciudad puede convertirse en un ejercicio estimulante, cuando sirve como pretexto para que diferentes artistas expresen su creatividad y sus ideas desde espacios que intentan asimilarse a compartimentos estanco, pero que en realidad nunca llegarán a serlo. Los resultados serán siempre diversos, eso es evidente, aunque la existencia de un espacio más grande y común proporcionará a los espacios reducidos una atmósfera irrenunciable, una comunidad de referentes, la conciencia del subconjunto que no puede evadirse de los nexos que le atan al conjunto mayor.

Lo anterior se hace aun más notorio cuando nos encontramos frente a una ciudad cuya personalidad resulta avasalladora, por universal e infinita. Pocas pueden darse ese lujo: Nueva York, Londres, tal vez en menor medida Berlín y, por supuesto, Paris.

Las pequeñas y diversas historias que se presentan bajo el título común de Paris, je t'aime, corren alocadamente sobre la pantalla, una tras de la otra, proporcionando una extraña sensación de unidad que sólo se comprende por la presencia de una mirada, casi siempre extranjera, sobre una ciudad sobrecargada de iconos y motivos inspiradores, que le son tan propios como irrenunciables. El cementerio, el Metro, el parque, la inmensa torre de acero, podrían proporcionar, cada uno por separado, una visión completa de la ciudad para un observador foráneo. Tal vez las diversas historias de Paris, je t'aime puedan ser entendidas de un modo más específico por los habitantes de sus barrios. Pero eso es algo intrascendente de cara a la apreciación del filme como una obra de arte colectiva y excelentemente articulada. Una Paris vista e interpretada por extranjeros siempre comunicará la nostalgia de aquello que nos es lejano y, sin embargo, nos creemos con derecho a asumir como propio.

35 años de Artaud

Tal vez la mayoría de fans, e incluso de groupies, de Soda Stereo ignoran que el origen del solo de guitarra que acompaña la versión unplugged de Té para tres, proviene de Cementerio Club, el segundo surco sobre el vinilo de Artaud, el legendario LP que Luis Alberto Spinetta, todavía con los restos de la banda Pescado Rabioso, editó en 1973. Artaud es un disco esencial en la historia del rock argentino. Una combinación de las mejores influencias musicales que la época proporcionaba (la guitarra de Hendrix, los acordes bluseros y progresivos de Yes y Genesis, el misticismo de Dylan), con la poética del surrealismo que Spinetta intentó plasmar, como un alumno aplicado, en cada una de sus letras. La validez de esta fórmula puede ser discutible desde una perspectiva, digamos, ortodoxa, pero el resultado final incluye temas tan indispensables como Todas las hojas son del viento —un poético y sabio decálogo sobre la paternidad—, La sed verdadera, Por y Las habladurías del mundo. Un manojo de influencias para el mejor rock en español que iba a ser desarrollado en los años posteriores, como el propio disco acústico de Soda Stereo lo atestigua.

domingo, julio 20, 2008

Un único desierto, de Enrique Prochazka


La existencia de Enrique Prochazka prueba que la condición de extranjero no es necesariamente accidental, y que uno puede serlo aun permaneciendo en la ciudad que lo vio nacer y crecer. Prochazka escribe, con bastante lucidez y no menos realismo, que "Lima es un conjunto de ciudades enemigas que se disputan un único desierto". Y es precisamente en ese conjunto de ciudades donde el autor ha iniciado su andadura, premunido de una profunda curiosidad intelectual y contando con un background compuesto de las historias, los pensamientos y la comprensión de diversas cosmovisiones, que dicha curiosidad le ha proporcionado. La Lima de Prochazka deja de ser la que se origina y circunda la casa paterna de Magdalena, cercana al Oceáno Pacífico. El autor ha sido capaz de traspasar las fronteras internas e invisibles de la ciudad para experimentar la sorpresa del viajero. Pero también para contrastar esta experiencia con los archivos de una cultura excepcional. No es de extrañar entonces que el relato más salvajemente limeño de Un único desierto, aquél en el que se hace evidente esa disputa entre "ciudades enemigas", tenga por título Cáucaso.

Prochazka llega a la literatura a través de la filosofía, la astrofísica, la geografía y las demás ciencias naturales. Es un erudito que emprende la aventura de narrar tal vez como un medio de drenar sus inquietudes y tender puentes entre sus diversos intereses. Creo que Prochazka, en realidad, no escribe para nadie que no sea él mismo, y que al permitir que otros lo lean realiza una especie de acto de benevolencia. Como también lo hace al dialogar con otros. Su estado natural es el del lector siempre ávido, el del caminante solitario de calles citadinas y grises, y, por supuesto, el del andinista tenaz y arriesgado. Como Borges, parece tratarse de un erudito distante y caprichoso, y no de un maestro accesible. No imagino a ningún principiante sensato llevándole sus escritos. Él -solamente él- tendrá que escoger con quien se junta, qué lee, con quién conversa.

La publicación de una nueva edición, aumentada que no corregida, de Un único desierto, el primer libro de relatos de Enrique Prochazka, es sin duda un acontecimiento editorial que no podrá pasar desapercibido. Acaso también un llamado de alerta para quienes aún pretenden que la literatura sea entendida como una especie de manifestación folklórica emparentada a una sociedad específica.