
Las nubes albergan el letargo de los amores efímeros,
libros inacabados,
consuelos ilusorios para tiempos de sequía.
Uno les habla a ellas,
y las palabras atraviesan su distancia y su altura,
la solidez y la longevidad gaseosa,
sin hallar respuesta.
Las nubes toman la forma de rostros familiares,
rasgos queridos,
gestos en que nos encontramos.
Uno las observa y las reconoce,
permaneciendo ignorante
de sus contradicciones más íntimas.