jueves, octubre 12, 2006

El Nóbel en liquidación

En una enorme tienda por departamento de Caracas existe una sección de librería y papelería donde se liquidan, a precio de gallina flaca, los saldos de aquellas ediciones por las que habían apostado las distribuidoras editoriales, y (digámoslo así, como algunos de sus inefables empleados suelen decirlo) no funcionaron en el mercado. Ahí adquirí, entre otros, un ejemplar de Los años inútiles, de Jorge Eduardo Benavides, algunos libros de Paul Theroux y una interesante antología de nuevos narradores norteamericanos.
No solía visitar aquella tienda con el fin de ver o comprar libros —para eso tenía las agradables librerías de Montse, Walter, Daniel o Javier—, aunque normalmente terminaba haciéndolo. Quizá esto suene a lugar común misógino y desafortunado, pero en verdad no lo es: acompañar a mi esposa cuando va de tiendas merece siempre algún tipo de recompensa. Fue en una de esas ocasiones en que me animé a tomar un ejemplar de El libro negro, de Orhan Pamuk.
Hoy que Pamuk comienza a disfrutar de las mieles del Nóbel y sus libros serán, con toda seguridad, protagonistas principales de los anaqueles, tengo aquel ejemplar de carátula roja (por cierto bastante evocativa de la bandera turca) sobre mi escritorio, a un costado de la computadora. Supongo que el otorgamiento del premio será una buena razón para iniciar su lectura.
Como en el juego de la ruleta, la trascendencia, la fama o la notoriedad de un autor dependen a veces de situaciones coyunturales o aleatorias. Más allá de la calidad literaria de Pamuk —de la cual, honestamente, no estoy en condiciones de opinar—, esta anécdota pareciera querer recordarme esa realidad.

martes, octubre 10, 2006

La furia y el bombo

“Soy como España en los mundiales, en los momentos cumbres me derrumbo”, se autocompadecía uno de los personajes de una serie cómica de Antena 3 (¿o acaso de TVE?), luego de no haber podido desempeñarse de manera eficiente con su novia, quien recostada al otro lado de la cama, simplemente lo observaba con una extraña mezcla de resignación y esperanza.

Como en los problemas de impotencia masculina, el fútbol español se derrumba por un laberinto en el que parece imposible distinguir la causa del efecto. Hoy fue la debacle de la selección juvenil (desde que son adolescentes los italianos destilan oficio y experiencia, debe de ser una cuestión genética). Ayer las derrotas ante Suecia e Irlanda del Norte. Anteayer la eliminación mundialista frente a los franceses, con golazo de Zinedine Zidane incluído pese a las pancartas ibéricas que le declaraban jubilado de manera anticipada.

¿Qué es lo que está pasando realmente? Quien lo sepa con certeza debería ser nombrado seleccionador español. Quizá demasiado extranjero en la liga y poca promoción de "canteranos". O tal vez la novedad de las selecciones autonómicas. O acaso la falta de huevos y el exceso de glamour. España siempre ha sido una selección perdedora, eso es una verdad histórica. Pero en años anteriores al menos evidenciaba entrega, corazón, cierta virilidad que se manifestaba de un modo desordenado, inorgánico, individualista. Aquello que se denominaba “Furia”. Hoy en día poco queda de eso. En verdad es una lastima, los españoles siempre han sido de los grandes animadores en las citas futboleras. Además traían consigo el valor agregado de Manolo, el del Bombo, ese optimista a la fuerza que inagotablemente animaba a su selección, aunque ésta no despegase. Un personaje lleno de colorido y simpatía que, al igual que la novia insatisfecha, presenciaba las derrotas de su equipo con una mezcla de resignación y esperanza.

La esperanza es lo último que se pierde, sobre todo en el fútbol. Ojalá que la selección española mayor —con Luis Aragonés o sin él— clasifique para la Eurocopa. Que lo haga por Manolo.

El Booker 2006



La escritora Kiran Desai (nacida en la India en 1971) ha ganado el 'Man Booker', el premio literario más prestigioso del Reino Unido, por su novela The Inheritance of Loss, un relato sobre la vida de un juez que ve alterada su apacible jubilación en el Himalaya.
De acuerdo con el website del premio, Kiran Desai es actualmente estudiante de la facultad de Creative Writing de la Universidad de Columbia, en Nueva York.
Un detalle curioso: su madre, que también es escritora, ha sido candidata en tres oportunidades al Booker, aunque nunca lo ha logrado.
Criada y educada en Inglaterra y los Estados Unidos, Kiran Desai es otro ejemplo de un autor proveniente de una cultura periférica, que se coloca en un lugar destacado de la literatura anglosajona contemporánea.
Precisamente ayer me preguntaba si no era el mestizaje un factor que explicaba la vitalidad y el vigor de esa literatura. La irrupción de Kiran Desai quizá sea una evidencia más de que la respuesta tiene que ser afirmativa.

lunes, octubre 09, 2006

¡Ah, Penélope!


Este fin de semana me fui a la playa. El sábado vi Volver en mi laptop. Para el día de hoy lunes, la he visto ya al menos tres veces más. Pienso que éste puede ser el mejor filme de Almodóvar, lo cual es bastante decir, el manchego ha dirigido varias películas estupendas. Sin embargo, hay un elemento especial que hace que Volver sea una obra incomparable: Penélope Cruz ha pasado ya varios años en Hollywood y eso se nota. No sólo luce de maravilla en su papel de Raimunda, ese personaje tan castellano como sensual y femenino, sino que además lo interpreta con una naturalidad y un oficio que no son usuales en las pelis españolas. Sé que muchos estarán en desacuerdo conmigo, pero a mí me da la impresión de que muchos actores del cine español suelen evocar al oficio del teatro en demasía: esos movimientos acartonados, esas voces impostadas...

Penélope sencillamente se devora la película. ¿Su momento cumbre?: Sin duda la interpretación de Volver de Carlos Gardel a ritmo de flamenco, una escena de las que suelen pasar a la historia del cine (por cierto, la voz es de la cantaora Estrella Morente).

Quizá haya algo —yo diría más bien que mucho— de subjetividad en esta apreciación mía. Quedé deslumbrado con ella desde aquel viejo video de La fuerza del destino, el temita pegajoso de Mecano. En Jamón Jamón, de Bigas Luna, terminó de hechizarme.

Pero ahora hay algo diferente: la chica creció, recorrió el mundo, con el paso de los años su belleza tomó cuerpo como un gran reserva tinto de la Ribera del Duero.

Ah Penélope, estás tan irresistiblemente madura, guapa y femenina que resulta lógico que los principales personajes masculinos de Volver estén muertos o sean unos hijos de puta absolutamente prescindibles.

Las mejores novelas “británicas”

Puente Aéreo, el excelente y siempre bien informado blog de Gustavo Faverón, informa que el periódico londinense The Guardian ha realizado una encuesta con el fin de determinar cuáles son las mejores novelas británicas del periodo 1980-2005. La primera de la lista ha sido Disgrace, de J.M. Coetzee, cuya versión española fue lanzada por Mondadori con el título de Desgracia. Si mal no recuerdo, hace un tiempo Mario Vargas Llosa subrayó lo poco afortunado de tal elección editorial, pues una traducción más fidedigna sería “Caer en desgracia”, que es precisamente lo que le sucede a su protagonista, un catedrático de Ciudad del Cabo que, debido a serios problemas de orden ético, es purgado de la universidad donde había trabajado por años, y emprende un viaje al interior de Sudáfrica en busca de su única hija, quien había optado por el destierro voluntario. Disgrace o Desgracia es una novela llena de significados y sutilezas, cuya relativamente corta extensión no fue un obstáculo para profundizar en los laberintos de la violencia y la tragedia personal.

Hay algo que, pienso, vale la pena destacar de la selección. Si bien es cierto estamos ante un concepto bastante amplio de lo “británico” (la selección incluye a Irlanda y los países del Commonwealth), no lo es menos que varios autores provenientes de culturas extranjeras o periféricas (no sólo de ex colonias, sino de otros países que nunca estuvieron bajo el dominio británico) resultan hoy en día esenciales para la literatura anglosajona. Nombro a algunos: Kazuo Ishiguro, Salman Rushdie, Buchi Emecheta, Hanif Kureishi, VS Naipaul, Vikram Seth, Derek Walcott, y el mismo J.M. Coetzee.

Me pregunto entonces —casi por una especie de condicionamiento reflejo— si la “contaminación” que, en el sentido metafórico, implica todo mestizaje no es uno de los motivos principales que explican el vigor y la vitalidad de la actual literatura anglosajona.

martes, octubre 03, 2006

Los dulces recuerdos


Leo en la edición digital de El País que Anita Ekberg, a sus 75 años, ha declarado a un diario sueco que ha visto tantas veces La dolce vita, que si tuviera que hacerlo una vez más "vomitaría". Al parecer tampoco guarda buenos recuerdos de la célebre escena en la Fontana di Trevi: "Allí estuve esperando con un vestido de noche en el agua congelada; hacía un frío del carajo. Cuando acabó la escena, no sentía las piernas y tuvieron que sacarme en brazos".

Por fortuna nuestra época cuenta con la memoria inconmensurable que le proporcionan los medios audiovisuales. Cuando al igual que Marcelo Mastroiani, aquel otro hermoso protagonista del filme y la escena, la Ekberg haya dejado este mundo y no esté entre nosotros —o en su lujosa residencia italiana, para ser más exactos—, las generaciones venideras podrán seguir deleitándose con esa figura irresistiblemente sugestiva y húmeda.

Su malestar y su vejez serán entonces nada más que un eco diluyéndose en la lejanía.

lunes, octubre 02, 2006

El pájaro que da cuerda al mundo

Es realmente extraño que me anime a escribir mi nombre en los libros que han llegado a ser de mi propiedad. De hecho mi biblioteca está conformada, en su inmensa mayoría, por ejemplares de apariencia virginal, con páginas intactas y carátulas relucientes. Libros casi nuevos a pesar de los años, como si no hubiesen sido destinados a la bestial manipulación que para muchos implica la lectura. Conozco infinidad de personas que, en cambio, acostumbran destrozar carátulas, quebrar lomos, ajar páginas, y hasta realizar anotaciones marginales con bolígrafos de distintos colores. Cuando era más joven tal actitud me parecía una profanación y una afrenta. La sufrí especialmente durante mi etapa de estudiante de derecho en Cornell, donde los textos de clase solían ser tomos hermosamente encuadernados y hechos con un papel y una impresión superiores. Hoy en día, que algo he madurado —eso espero al menos—, tan sólo me limito a calificar a esa conducta como una muestra más de la brutal desaprensión y el incomprensible sentido de lo efímero que caracterizan a nuestro tiempo.

Si alguna vez escribo mi nombre en la primera página de un libro, lo hago de un modo inconsciente. Es decir sin razón ni motivo aparentes. Toda regla tiene su excepción, y en este caso se trata de una absolutamente arbitraria. Pero quisiera pensar que, al menos en algunos casos, esto es prueba de mi evidente identificación con lo leído, del reconocimiento de su calidad y sus enseñanzas para alguien que pretende hacer de la escritura un coto cerrado y un punto de fuga. Si este pensamiento tiene algo de verdad, tal sería el caso de la novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami, un volumen de longitud considerable donde anoté mi nombre con pluma fuente y tinta líquida.

Hace unos días
Edmundo Paz Soldán colgó un post sobre Haruki Murakami. El post es inteligente e informado, como suele suceder con las cosas que escribe Edmundo. En él cita dos excelentes novelas que yo también he leído: Sputnik, mi amor y Tokio Blues. Debo decir que ambas me gustaron, me resultaron interesantes, profundas y entretenidas. Sin embargo coloco a Crónica del pájaro que da cuerda al mundo en otra dimensión. Una superior. O desconocida.

Tooru Okada, el protagonista de la novela, es un abogado en el paro que, a partir de una llamada telefónica, desciende por un laberinto en el que se mezclan la ilusión y la pesadilla. Varios de los personajes de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (May Kasahara, Creta Kanoo, Malta Kanoo, Nutmeg y Cinnamon) son de una irrealidad tan evidente, que parece una riesgosa osadía haberlos colocado dentro de una novela ambientada en el tiempo presente. Estos personajes se desenvuelven en el Japón contemporáneo, al lado de políticos corruptos y miembros de la yakuza, la temible mafia japonesa. Además está el personaje del teniente Mamiya, un antiguo combatiente de las tropas de ocupación de la Manchuria y ex inquilino de un campo de concentración soviético, que es evocativo de un capítulo de la historia de la post guerra poco conocido en Occidente. Con esta mezcla de personajes fantásticos y contemporaneidad, lo singular no es que la novela sea atrayente, interesante y entretenida. Sino que además sea profundamente coherente y creíble.

Me digo a mí mismo que el Manga (漫画), es decir la historieta japonesa impresa o animada, es parte esencial de la educación sentimental de mi generación. En mi caso particular, tambien lo fue el aprendizaje del idioma japonés. Imposible olvidar a esos personajes increiblemente hermosos -y siempre de ojos enormes-, protagonistas de aventuras ambientadas en la segunda guerra mundial o la Europa medieval o en un futuro explosivo y violento.

Pienso que cada nuevo libro que saque Murakami generará en mí el deseo inequívoco de leerlo. Hace poco mi hermano estuvo de vacaciones en Lima y me trajo un ejemplar de Kafka on the Shore. Pronto lo empezaré.

(Decido tomarme un respiro. Retiro mis dedos del teclado del laptop y abandono la biblioteca. Busco un vaso con agua. Por alguna razón que desconozco, me dirijo a mi habitación y comienzo a hurgar en el armario donde guardo una colección de videos. Tengo algunas películas japonesas, casi todas de Kurosawa. Encuentro unos viejos videos de Astroboy, de Meteoro, de Mazinger Zeta; no me acordaba que todavía los tengo. Al cabo de unos cuantos segundos me sorprendo al descubrir mi nombre, escrito con bolígrafo azul, sobre la superficie de las viejas cajas de cartón que los contienen).

sábado, septiembre 30, 2006

Música del alma


Son más de las 12 de la noche. He colocado mi viejo CD de La Grasa de las Capitales en la computadora. Mi mente vuela al día en que mi padre tuvo un gesto de cariño hacia mí y decidió regalármelo. Recuerdo a Ale, el muchacho uruguayo encargado de la tienda Giros de Valencia, tocando un bajo imaginario mientras los acordes de Perro andaluz retumbaban dentro del local.

Definitivamente hay música que se guarda en el alma. Música para soñar y sentir que continuamos vivos.

martes, septiembre 12, 2006

El apogeo de los puntos de vista

Hace más o menos un par de años que Santiago Roncagliolo me advirtió de la existencia de John Cheever, y me recomendó leerlo. En ese entonces todavía vivía en Caracas y Walter Rodríguez —mi entrañable amigo de la librería Lectura— me facilitó sendos ejemplares de los Diarios y La geometría del amor.

Coloqué ambos volúmenes en la biblioteca del apartamento que en ese entonces alquilaba en Los Palos Grandes, pero el tiempo pasaba y no me animaba a iniciar la lectura de ninguno de ellos. Roberto Bolaño, siempre lúcido e inigualable, reveló alguna vez que acumulaba libros sin ninguna esperanza cierta de leerlos, y más bien como quien colecciona cromos; es decir, por el simple placer que implica su posesión. Un placer meramente visual, a lo sumo táctil.

Hace unos meses, sin embargo, mi amigo David Ballardo, de la librería El Virrey, me pidió prestados los Diarios. Por supuesto, que se los facilité. El desgarramiento que debería producir el desprenderse de un libro sólo es superable cuando su destinatario es el lector indicado.

En varios de nuestros encuentros posteriores, David se prodigó en elogios hacia los Diarios. Tal vez por eso hace un par de sábados me animé por fin a hojear La geometría del amor. A estas alturas ya he concluido varios de sus relatos, siempre de la mano de las reveladoras notas de Rodrigo Fresán.

Desde mi lectura de Adiós, hermano mío, el primer cuento de la compilación, pude darme cuenta de que David y Santiago estaban en lo cierto.

Los miembros de una familia burguesa de Boston (los Pommeroy) pasan unas cortas vacaciones en la casa de recreo materna, edificada sobre una isla de las heladas costas de Massachussets. Desde el principio la tensión de los miembros de la familia se centra en Lawrence, el rebelde hermano menor con quien todos se reencontrarán luego de una larga temporada. Como era de esperarse, éste terminará arruinando las vacaciones familiares con su conducta desaprensiva e hiriente. Sin embargo, el relato permite entrever que ciertas características personales e intelectuales —las mismas que configuran una personalidad lúcida e interesante— no son ajenas a Lawrence. Libre pensador, ex alumno de Yale y Columbia, políticamente comprometido, el rebelde hermano menor busca decididamente deslindarse del matriarcado que, bajo la batuta de una viuda superficial y egoísta, conforman los Pommeroy. Pero estos rasgos —paradójicamente o no— pasan desapercibidos para el resto de una familia concentrada en la superficialidad y la autocomplacencia.

Sin duda lo más interesante y singular de la trama es que ésta sea narrada desde la perspectiva tangencial y exclusiva de uno de los hermanos de Lawrence (“me alegro de recordar que soy un Pommeroy”, es una de sus primeras declaraciones), un personaje que se antoja bastante débil de carácter, benévolo hasta el exceso, estúpidamente superficial en ocasiones.

Me parece que este mismo patrón se repite en otros relatos de La geometría del amor: en el del ama de casa que espía las miserias ajenas a través de un enorme aparato de radio, o en el del hombre que intenta sobrellevar su enésima crisis matrimonial mientras es espiado por uno de sus vecinos, o en el del sujeto que se refugia en artificiosos cálculos geométricos para desdibujar el creciente desamor de su esposa.

No había comentado esto con nadie —y quizá por eso mismo me animo a hacerlo en aquí—: Cheever se me ha revelado como un maestro en el arte de desplegar el alegato que se desprende de un exclusivo punto de vista. Pero ahí no termina todo. Sin que el narrador necesite enunciarlo de manera expresa, el lector avisado estará en posibilidad de adivinar la existencia de un punto de vista contrario, quizá más sólido y contundente, incluso capaz de desmentir el que aparece como principal.

Subjetividades expresas que invitan a concluir en la existencia de subjetividades soterradas. Narradores que terminan aplastados por la perspectiva de aquellos que son objeto de sus calificaciones y sus críticas. El apogeo de los puntos de vista, en resumidas cuentas.

lunes, septiembre 11, 2006

Una fecha desagradable

Hace 12 años mi madre moría en una ciudad improbable, mientras yo tomaba su mano y hablaba en sus oídos palabras que seguramente ya no podía entender.

21 años atrás, ella había sufrido la desaparición de una de sus mejores amigas por obra del general asesino que bombardeó el palacio de La Moneda e instauró una dictadura que aún hoy algunos se atreven a defender, y hasta a poner de ejemplo.

7 años más tarde, mientras bebía un café en una panadería de Las Mercedes, mis ojos verían la transmisión en vivo de un Boeing estrellándose contra el perfil espigado de la segunda torre.

Soy consciente de que las cosas negativas pueden presentarse cualquier día. Pero eso hoy me da lo mismo.
Tengo ganas de quedarme en casa, de permanecer acostado en la cama y arropado de pies a cabeza.

lunes, septiembre 04, 2006

Ciudades de Dios


En uno de los momentos culminantes del filme Ciudad de Dios (Fernando Miralles, 2002), Ze Pequeno, el malhechor y traficante de drogas más temible de la favela carioca bautizada con ese nombre en los años 60, reclama airadamente a Bené, su socio y único amigo, el no haberle permitido castigar con la muerte a un bandido que había asesinado a una mujer embarazada. “El que mata en la favela debe morir como ejemplo, sabes que esa es la ley”, escupe con tono casi moralista, a lo que Bené simplemente responde: “Necesitas una novia, Ze”.

Ciertamente Bené es el personaje más equívoco de la película. Aliado y cómplice principal de Ze Pequeno, compinche suyo desde la niñez —es decir, desde la época en que Cabeleira, su hermano mayor y miembro de la banda de delincuentes conocida como Trio Ternura, no había sido muerto a balazos por la policía, y Ze Pequeno respondía aún al nombre de Dadinho—, es, al mismo tiempo, un hippie soterrado, un cultor del amor y de la paz que decide abandonar el crimen para irse con su chica a una granja a criar animales y fumar marihuana.

Pero antes de llegar a poner en marcha su plan romántico, Bené muere abaleado por el mismo bandido que, días atrás, había salvado de las garras de Ze Pequeno. La advertencia de este último parece resonar en los oídos de todos: “Cría una culebra y te morderá”.

La muerte de Bené es el detonante de la guerra entre las facciones de Ze Pequeno y Sandro Cenoura, el otro gran traficante de drogas de la favela. Al final de la guerra todos son brutalmente asesinados, incluyendo a Mane Garinha, un buen ciudadano que había sido empujado al mundo de la violencia más terrible a causa de su necesidad de vengarse de Ze Pequeno, quien había violado a su novia, matado a su hermano y destrozado su vivienda.

En algunas escenas Buscapé, un muchacho pacífico de la favela que sueña con convertirse en fotógrafo y que es el narrador y personaje principal de la película, explica que Ze Pequeno es, simplemente, un ser obsesionado con su trabajo y su objetivo de dominar el tráfico de drogas en la favela. “Si su negocio hubiera sido legal, Ze Pequeno habría sido hombre del año”, afirma con una ironía destacable.

Que semejantes monstruos sean los habitantes de una localidad bautizada con el título del clásico agustiniano, hace pensar en posibles analogías. Instituciones santas, nombres resonantes, prestigios envidiables, son también el escondrijo de seres inefables. La personalidad de Ze Pequeno —arrolladora, definidamente encaminada a sus fines, apegada a un método en consecuencia: la personalidad de un visionario o un predestinado que jamás reconoció a superior alguno y que actúo siempre según su propio criterio— evoca la de otros tantos, tal vez más finos, más elegantes y sofisticados, pero, en el fondo, igualmente abominables. Como también lo hace la de Bené, siempre rebosante de simpatía y de doble moral. Sandro Cenoura representa a la competencia, esa entidad maligna que no debería existir y cuyos intereses —o negocios o afectos o seguidores o fieles— provocan copiosas salivaciones en bocas ajenas. Y también están los Mané Garinha, los tipos buenos que se dejan arrastrar —carecen de toda alternativa, qué remedio— a los círculos más viciosos de la vida.

Lo único cierto es que todos morirán, que de una u otra forma serán aniquilados. Y que vendrán otros a tomar sus posiciones y su territorio, como la banda de Los enanos, que termina apoderándose de los negocios de Ze Pequeno y Sandro Cenoura.

Buscapé, a su manera, es un ser afortunado. No puede huir, pero al menos trasciende fungiendo de cronista más o menos independiente de la debacle. Una especie de Hobbes carioca. Homo homini lupus: Cuánta razón pareces haber tenido, sir Tommy.

domingo, agosto 20, 2006

La merienda


La madre de su novia tenía cara de no matar una mosca, pero a pesar de eso —o precisamente por eso— él decidió ser cauteloso. Se esforzó para que su pulso no temblase al tomar la cucharilla del azúcar, y pudo ver con satisfacción que ningún granito cayó fuera de la taza. Usualmente tomaba el té con dos cucharillas, pero prefirió no arriesgarse de nuevo. Al reparar en el cuchillo en forma de espátula, recordó las frecuentes visitas a la casa de su abuela, cuando todavía era un niño. La mantequilla estaba aún intacta y pensó que, por nada del mundo, debía ser el primero en deformar aquel poliedro perfectamente amarillo.

El comedor estaba instalado en una pieza no muy grande. La iluminación era más que aceptable. Observaba el rostro sonriente de su novia, sus zarcillos de perlitas, su cabello liso y brillante. El té estaba hirviendo y él, que sentía una profunda repulsión por los líquidos calientes, se quemó la lengua. Felizmente el hermano de la muchacha hundió el cuchillo en la mantequilla, lo cual le produjo cierto alivio.

En una época no muy lejana había sido un ser ajeno a ese tipo de escrúpulos. Nació y creció en una ciudad atravesada por autopistas y sembrada de edificios colosales. Nadie allí se había percatado de su existencia. Pero, por alguna razón que no viene a cuenta, tuvo que mudarse al pueblo donde ahora vivía, y entonces comenzó a percibir que cierta tendencia a la ofuscación parecía serle congénita: sentía pánico al cruzar las calles libres de tráfico, la tranquilidad de los días le atormentaba, la lentitud generalizada de los ciudadanos le provocaba mareos. Experimentó la sensación de vértigo por primera vez en su vida, cuando descubrió una fotografía suya en la página social del diario local.

Entre la tensión enorme y las ganas de probar la mantequilla, optó por intervenir en una conversación inexistente. Cuando el reloj del comedor campaneó anunciando que eran las seis de la tarde, la madre se levantó de la mesa. No supo por qué, pero intuyó que había desaprobado el examen.

martes, agosto 01, 2006

El antiblog

Soy enteramente consciente de la intermitencia con que voy alimentando este blog, lo cual no es otra cosa que el reflejo de mi ser voluble y desidioso. Unas elecciones presidenciales con peligro de Apocalipsis y un mundial de fútbol insufriblemente glamoroso —ambos con sus correspondientes antesalas y secuelas— han sido los perfectos pretextos para su accidentado desarrollo. Algunos de mis mejores amigos me han deslizado comentarios respecto de mi poca persistencia, a veces con alarma, otras con humor, aunque invariablemente con una buena disposición que se agradece. Que alguien se preocupe por indagar por el blog de uno es conmovedor, habiendo tantos colgados en la web. Una amiga —quizá la más brillante de todos los que tengo— me sugirió que no sería mala idea la de crear un blog que se denomine "El antiblog". Es muy tarde ya para renombrar éste, aunque me encantaría que ella pusiera en práctica su propuesta. Yo simplemente prometo —de vanas promesas hechas a la volada están plagadas nuestras comunicaciones habituales; en realidad ya nadie se las cree— alimentar el mío con más frecuencia.

RAE: Javier Marías, elegido académico en la primera votación




El escritor Javier Marías, "uno de los grandes novelistas españoles contemporáneos", ha sido elegido esta noche académico de la Lengua, en primera votación y por amplísima mayoría, lo que demuestra el elevado grado de consenso que había suscitado su candidatura.
Marías (Madrid, 1951), ocupará la vacante de Fernando Lázaro Carreter en la Real Academia Española y su candidatura fue propuesta por Arturo Pérez-Reverte, Gregorio Salvador y Claudio Guillén.
Salir elegido en primera votación es muy difícil, porque se necesita el apoyo de dos tercios del total de académicos en posesión de su plaza, que actualmente son 42.
A la sesión de esta noche han asistido 31 académicos y seis votaron por correo. En esa primera ronda Marías necesitaba un mínimo de 28 votos y logró 29.
El secretario de la Academia, Guillermo Rojo, visiblemente satisfecho, ha afirmado que "es rarísimo" conseguir un consenso tan amplio como el logrado por el novelista, "aunque se sea candidato único", y ha destacado la importancia de la obra de Marías, traducida a 34 idiomas.
El escritor Javier Marías ha dicho que es "un honor" para él haber sido elegido miembro de una institución "ilustrada, civilizada, laica, culta e independiente como es la Academia de la Lengua, con tres siglos de antigüedad".

MEMORANDUM INFORMATIVO-ESPECULATIVO: JUAN RULFO®



Noticia de último minuto: Los herederos del escritor mexicano Juan Rulfo® han logrado registrar su nombre como marca comercial, tal como habían anunciado semanas atrás. Estos mismos herederos habían hecho público su deseo de retirar el nombre del escritor del Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo®, que se entrega en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara®, porque desde su punto de vista “no se estaba haciendo un buen uso del mismo”.
Comienzan las especulaciones. Es aún prematuro, empero, para concluir si el prestigioso certamen literario tenga o no que modificar su denominación. A partir de ahora tal vez los editores deban cuidarse de poner Juan Rulfo® (o Juan Rulfo™, para las traducciones al inglés) en las cubiertas de Pedro Páramo® o El llano en llamas®. Mientras tanto la tremenda bronca entre la familia y los organizadores de la FIL de Guadalajara® sigue en pie. Está cabrón, como diría alguno de los personajes de Diablo Guardián® de Xavier Velasco® o de Amores Perros® de Alejandro González Iñárritu®.
Al margen de cualquier aproximación lúdica, chismosa o tremendista, me he puesto a pensar (¡A veces se me ocurren unas cosas!...) que tal vez estemos siendo testigos inconscientes de una paradoja en plena gestación.
Intentaré explicarme:
1. Los trabajos literarios, al igual que toda la amplia variedad de trabajos creativos, son protegidos internacionalmente por la legislación sobre derecho de autor o copyright. De acuerdo con ésta, una vez muerto un autor sus sucesores son titulares del derecho de exclusividad sobre su obra por un término de 50 años (es de suponerse que los abogados de Dan Brown® y Paulo Coelho® les hayan advertido que si quieren dejar asegurados a sus descendientes, deberán cuidarse de hacer excelentes inversiones financieras o inmobiliarias. No sólo porque corren el riesgo de que sus libros pasen al olvido, sino porque aún manteniendo su popularidad, en alguna fecha pasarán inexorablemente al dominio público y entonces el sueño habrá concluido: ¡adiós a la fiesta de los derechos de autor y las regalías!).
2. La protección de las marcas, en cambio, permite su renovación periódica, de modo que cumpliendo con un simple trámite los titulares mantienen sus derechos exclusivos. La denominación Coca-Cola® fue utilizada por primera vez en 1886, el mismo año en que se publicó El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde®. Pero mientras el uso legítimo de esa marca sigue correspondiendo en exclusiva a los fabricantes de aquel brebaje negro y meloso, que poco o mucho tendrá que ver con su antecesor de 1886, la novela de Stevenson® puede ser utilizada libremente por cualquiera que desee, digamos, rodar una película de dudosa factura.
3. ¿Qué pasaría si los herederos de otros escritores intentaran imitar a los de Juan Rulfo®? ¿Será tarea fácil comercializar las obras de un escritor sin mencionar su nombre? En el caso de El Código Da Vinci® pudiera ser. Pero se me antoja que no en el del Ulises®, o de En busca del tiempo perdido®, o del Libro del desasosiego®. Cuando un escritor adquiere la condición de celebridad pareciera imposible divorciar su obra de su sombra tutelar. Pudiera ser entonces algo no del todo descabellado que a través de la propiedad de una marca registrada, los herederos de un autor conserven cierto control sobre su obra por un término indefinido.
4. Es cierto que en ocasiones los derechos de exclusividad reconocidos por el copyright han justificado pequeñeces mentales y egoísmos absurdos —María Kodama®, la viuda y ex secretaria de Jorge Luis Borges®, es para muchos una especie de bruja o perro de presa inefable; los sucesores de Ramón del Valle-Inclán® fueron, durante muchos años, el principal obstáculo para la edición de sus Obras Completas—. Todo esto puede afectar las expectativas de los lectores y entorpecer odiosamente la labor de los editores, qué duda cabe. Sin embargo estos ejemplos, por más negativos que sean, carecen de relevancia alguna frente al supremo derecho de todo ser humano de legar a sus descendientes los bienes que adquirió legítimamente en vida, más aún cuando éstos fueron creados por él mismo.
5. Por momentos pareciera que en la lógica que informa al copyright, subyace una desvalorización de las creaciones del intelecto con relación a otras categorías de bienes: un mortal adquiere un predio, y éste puede pasar a sus descendientes, de generación en generación, mientras que un pintor o un escritor está privado de esta posibilidad respecto de la obra que él mismo ha creado. La tan mentada inmaterialidad de las obras intelectuales no justifica esta discriminación; de hecho podemos sustituir el predio de nuestro ejemplo por acciones de bolsa o bonos soberanos, sin afectar a ningún heredero. Tampoco parece aceptable el típico argumento law and economics® en el sentido de que los derechos de autor son un incentivo para el desarrollo de la creatividad, y que, por ende, se reconoce a los creadores y a sus herederos la exclusividad de ciertos derechos sobre la obra por un periodo de tiempo determinado, finalizado el cual ésta pasa al dominio público. ¿Y entonces por qué los bancos y las fábricas no pasan al dominio público luego de un periodo de tiempo posterior a su organización o creación? ¿Es que acaso no se quiere incentivar el desarrollo de la banca y la industria?
Me parece que hay mucho de absurdo, de discriminatorio, de helado pragmatismo en la manera en que se han organizado estas cosas. Nunca ha dejado de resultarme grotescas y desmesuradas aquellas noticias que anuncian que Bill Gates® o un jeque árabe o un banquero japonés ha adquirido por un precio descomunal algún óleo o manuscrito creado en medio del tormento espiritual y la pobreza material de su autor. Frente a semejante panorama, quizá convenga a los herederos de Juan Rulfo® registrar el rostro de su célebre antepasado como marca comercial. Podrían hacer buen dinero si algún día se pusieran de moda las camisetas estampadas con caras de viejetes risueños.

NOTA DEL EDITOR: Ante las dudas que este caótico ensayo plantea, se ha considerado conveniente incluir, de conformidad con las leyes y tratados internacionales vigentes sobre la materia, el rótulo ® junto a aquellas denominaciones que, según nuestra razonable entender, pudieran ser objeto de derechos por parte de terceros.