sábado, septiembre 30, 2006

Música del alma


Son más de las 12 de la noche. He colocado mi viejo CD de La Grasa de las Capitales en la computadora. Mi mente vuela al día en que mi padre tuvo un gesto de cariño hacia mí y decidió regalármelo. Recuerdo a Ale, el muchacho uruguayo encargado de la tienda Giros de Valencia, tocando un bajo imaginario mientras los acordes de Perro andaluz retumbaban dentro del local.

Definitivamente hay música que se guarda en el alma. Música para soñar y sentir que continuamos vivos.

martes, septiembre 12, 2006

El apogeo de los puntos de vista

Hace más o menos un par de años que Santiago Roncagliolo me advirtió de la existencia de John Cheever, y me recomendó leerlo. En ese entonces todavía vivía en Caracas y Walter Rodríguez —mi entrañable amigo de la librería Lectura— me facilitó sendos ejemplares de los Diarios y La geometría del amor.

Coloqué ambos volúmenes en la biblioteca del apartamento que en ese entonces alquilaba en Los Palos Grandes, pero el tiempo pasaba y no me animaba a iniciar la lectura de ninguno de ellos. Roberto Bolaño, siempre lúcido e inigualable, reveló alguna vez que acumulaba libros sin ninguna esperanza cierta de leerlos, y más bien como quien colecciona cromos; es decir, por el simple placer que implica su posesión. Un placer meramente visual, a lo sumo táctil.

Hace unos meses, sin embargo, mi amigo David Ballardo, de la librería El Virrey, me pidió prestados los Diarios. Por supuesto, que se los facilité. El desgarramiento que debería producir el desprenderse de un libro sólo es superable cuando su destinatario es el lector indicado.

En varios de nuestros encuentros posteriores, David se prodigó en elogios hacia los Diarios. Tal vez por eso hace un par de sábados me animé por fin a hojear La geometría del amor. A estas alturas ya he concluido varios de sus relatos, siempre de la mano de las reveladoras notas de Rodrigo Fresán.

Desde mi lectura de Adiós, hermano mío, el primer cuento de la compilación, pude darme cuenta de que David y Santiago estaban en lo cierto.

Los miembros de una familia burguesa de Boston (los Pommeroy) pasan unas cortas vacaciones en la casa de recreo materna, edificada sobre una isla de las heladas costas de Massachussets. Desde el principio la tensión de los miembros de la familia se centra en Lawrence, el rebelde hermano menor con quien todos se reencontrarán luego de una larga temporada. Como era de esperarse, éste terminará arruinando las vacaciones familiares con su conducta desaprensiva e hiriente. Sin embargo, el relato permite entrever que ciertas características personales e intelectuales —las mismas que configuran una personalidad lúcida e interesante— no son ajenas a Lawrence. Libre pensador, ex alumno de Yale y Columbia, políticamente comprometido, el rebelde hermano menor busca decididamente deslindarse del matriarcado que, bajo la batuta de una viuda superficial y egoísta, conforman los Pommeroy. Pero estos rasgos —paradójicamente o no— pasan desapercibidos para el resto de una familia concentrada en la superficialidad y la autocomplacencia.

Sin duda lo más interesante y singular de la trama es que ésta sea narrada desde la perspectiva tangencial y exclusiva de uno de los hermanos de Lawrence (“me alegro de recordar que soy un Pommeroy”, es una de sus primeras declaraciones), un personaje que se antoja bastante débil de carácter, benévolo hasta el exceso, estúpidamente superficial en ocasiones.

Me parece que este mismo patrón se repite en otros relatos de La geometría del amor: en el del ama de casa que espía las miserias ajenas a través de un enorme aparato de radio, o en el del hombre que intenta sobrellevar su enésima crisis matrimonial mientras es espiado por uno de sus vecinos, o en el del sujeto que se refugia en artificiosos cálculos geométricos para desdibujar el creciente desamor de su esposa.

No había comentado esto con nadie —y quizá por eso mismo me animo a hacerlo en aquí—: Cheever se me ha revelado como un maestro en el arte de desplegar el alegato que se desprende de un exclusivo punto de vista. Pero ahí no termina todo. Sin que el narrador necesite enunciarlo de manera expresa, el lector avisado estará en posibilidad de adivinar la existencia de un punto de vista contrario, quizá más sólido y contundente, incluso capaz de desmentir el que aparece como principal.

Subjetividades expresas que invitan a concluir en la existencia de subjetividades soterradas. Narradores que terminan aplastados por la perspectiva de aquellos que son objeto de sus calificaciones y sus críticas. El apogeo de los puntos de vista, en resumidas cuentas.

lunes, septiembre 11, 2006

Una fecha desagradable

Hace 12 años mi madre moría en una ciudad improbable, mientras yo tomaba su mano y hablaba en sus oídos palabras que seguramente ya no podía entender.

21 años atrás, ella había sufrido la desaparición de una de sus mejores amigas por obra del general asesino que bombardeó el palacio de La Moneda e instauró una dictadura que aún hoy algunos se atreven a defender, y hasta a poner de ejemplo.

7 años más tarde, mientras bebía un café en una panadería de Las Mercedes, mis ojos verían la transmisión en vivo de un Boeing estrellándose contra el perfil espigado de la segunda torre.

Soy consciente de que las cosas negativas pueden presentarse cualquier día. Pero eso hoy me da lo mismo.
Tengo ganas de quedarme en casa, de permanecer acostado en la cama y arropado de pies a cabeza.

lunes, septiembre 04, 2006

Ciudades de Dios


En uno de los momentos culminantes del filme Ciudad de Dios (Fernando Miralles, 2002), Ze Pequeno, el malhechor y traficante de drogas más temible de la favela carioca bautizada con ese nombre en los años 60, reclama airadamente a Bené, su socio y único amigo, el no haberle permitido castigar con la muerte a un bandido que había asesinado a una mujer embarazada. “El que mata en la favela debe morir como ejemplo, sabes que esa es la ley”, escupe con tono casi moralista, a lo que Bené simplemente responde: “Necesitas una novia, Ze”.

Ciertamente Bené es el personaje más equívoco de la película. Aliado y cómplice principal de Ze Pequeno, compinche suyo desde la niñez —es decir, desde la época en que Cabeleira, su hermano mayor y miembro de la banda de delincuentes conocida como Trio Ternura, no había sido muerto a balazos por la policía, y Ze Pequeno respondía aún al nombre de Dadinho—, es, al mismo tiempo, un hippie soterrado, un cultor del amor y de la paz que decide abandonar el crimen para irse con su chica a una granja a criar animales y fumar marihuana.

Pero antes de llegar a poner en marcha su plan romántico, Bené muere abaleado por el mismo bandido que, días atrás, había salvado de las garras de Ze Pequeno. La advertencia de este último parece resonar en los oídos de todos: “Cría una culebra y te morderá”.

La muerte de Bené es el detonante de la guerra entre las facciones de Ze Pequeno y Sandro Cenoura, el otro gran traficante de drogas de la favela. Al final de la guerra todos son brutalmente asesinados, incluyendo a Mane Garinha, un buen ciudadano que había sido empujado al mundo de la violencia más terrible a causa de su necesidad de vengarse de Ze Pequeno, quien había violado a su novia, matado a su hermano y destrozado su vivienda.

En algunas escenas Buscapé, un muchacho pacífico de la favela que sueña con convertirse en fotógrafo y que es el narrador y personaje principal de la película, explica que Ze Pequeno es, simplemente, un ser obsesionado con su trabajo y su objetivo de dominar el tráfico de drogas en la favela. “Si su negocio hubiera sido legal, Ze Pequeno habría sido hombre del año”, afirma con una ironía destacable.

Que semejantes monstruos sean los habitantes de una localidad bautizada con el título del clásico agustiniano, hace pensar en posibles analogías. Instituciones santas, nombres resonantes, prestigios envidiables, son también el escondrijo de seres inefables. La personalidad de Ze Pequeno —arrolladora, definidamente encaminada a sus fines, apegada a un método en consecuencia: la personalidad de un visionario o un predestinado que jamás reconoció a superior alguno y que actúo siempre según su propio criterio— evoca la de otros tantos, tal vez más finos, más elegantes y sofisticados, pero, en el fondo, igualmente abominables. Como también lo hace la de Bené, siempre rebosante de simpatía y de doble moral. Sandro Cenoura representa a la competencia, esa entidad maligna que no debería existir y cuyos intereses —o negocios o afectos o seguidores o fieles— provocan copiosas salivaciones en bocas ajenas. Y también están los Mané Garinha, los tipos buenos que se dejan arrastrar —carecen de toda alternativa, qué remedio— a los círculos más viciosos de la vida.

Lo único cierto es que todos morirán, que de una u otra forma serán aniquilados. Y que vendrán otros a tomar sus posiciones y su territorio, como la banda de Los enanos, que termina apoderándose de los negocios de Ze Pequeno y Sandro Cenoura.

Buscapé, a su manera, es un ser afortunado. No puede huir, pero al menos trasciende fungiendo de cronista más o menos independiente de la debacle. Una especie de Hobbes carioca. Homo homini lupus: Cuánta razón pareces haber tenido, sir Tommy.

domingo, agosto 20, 2006

La merienda


La madre de su novia tenía cara de no matar una mosca, pero a pesar de eso —o precisamente por eso— él decidió ser cauteloso. Se esforzó para que su pulso no temblase al tomar la cucharilla del azúcar, y pudo ver con satisfacción que ningún granito cayó fuera de la taza. Usualmente tomaba el té con dos cucharillas, pero prefirió no arriesgarse de nuevo. Al reparar en el cuchillo en forma de espátula, recordó las frecuentes visitas a la casa de su abuela, cuando todavía era un niño. La mantequilla estaba aún intacta y pensó que, por nada del mundo, debía ser el primero en deformar aquel poliedro perfectamente amarillo.

El comedor estaba instalado en una pieza no muy grande. La iluminación era más que aceptable. Observaba el rostro sonriente de su novia, sus zarcillos de perlitas, su cabello liso y brillante. El té estaba hirviendo y él, que sentía una profunda repulsión por los líquidos calientes, se quemó la lengua. Felizmente el hermano de la muchacha hundió el cuchillo en la mantequilla, lo cual le produjo cierto alivio.

En una época no muy lejana había sido un ser ajeno a ese tipo de escrúpulos. Nació y creció en una ciudad atravesada por autopistas y sembrada de edificios colosales. Nadie allí se había percatado de su existencia. Pero, por alguna razón que no viene a cuenta, tuvo que mudarse al pueblo donde ahora vivía, y entonces comenzó a percibir que cierta tendencia a la ofuscación parecía serle congénita: sentía pánico al cruzar las calles libres de tráfico, la tranquilidad de los días le atormentaba, la lentitud generalizada de los ciudadanos le provocaba mareos. Experimentó la sensación de vértigo por primera vez en su vida, cuando descubrió una fotografía suya en la página social del diario local.

Entre la tensión enorme y las ganas de probar la mantequilla, optó por intervenir en una conversación inexistente. Cuando el reloj del comedor campaneó anunciando que eran las seis de la tarde, la madre se levantó de la mesa. No supo por qué, pero intuyó que había desaprobado el examen.

martes, agosto 01, 2006

El antiblog

Soy enteramente consciente de la intermitencia con que voy alimentando este blog, lo cual no es otra cosa que el reflejo de mi ser voluble y desidioso. Unas elecciones presidenciales con peligro de Apocalipsis y un mundial de fútbol insufriblemente glamoroso —ambos con sus correspondientes antesalas y secuelas— han sido los perfectos pretextos para su accidentado desarrollo. Algunos de mis mejores amigos me han deslizado comentarios respecto de mi poca persistencia, a veces con alarma, otras con humor, aunque invariablemente con una buena disposición que se agradece. Que alguien se preocupe por indagar por el blog de uno es conmovedor, habiendo tantos colgados en la web. Una amiga —quizá la más brillante de todos los que tengo— me sugirió que no sería mala idea la de crear un blog que se denomine "El antiblog". Es muy tarde ya para renombrar éste, aunque me encantaría que ella pusiera en práctica su propuesta. Yo simplemente prometo —de vanas promesas hechas a la volada están plagadas nuestras comunicaciones habituales; en realidad ya nadie se las cree— alimentar el mío con más frecuencia.

RAE: Javier Marías, elegido académico en la primera votación




El escritor Javier Marías, "uno de los grandes novelistas españoles contemporáneos", ha sido elegido esta noche académico de la Lengua, en primera votación y por amplísima mayoría, lo que demuestra el elevado grado de consenso que había suscitado su candidatura.
Marías (Madrid, 1951), ocupará la vacante de Fernando Lázaro Carreter en la Real Academia Española y su candidatura fue propuesta por Arturo Pérez-Reverte, Gregorio Salvador y Claudio Guillén.
Salir elegido en primera votación es muy difícil, porque se necesita el apoyo de dos tercios del total de académicos en posesión de su plaza, que actualmente son 42.
A la sesión de esta noche han asistido 31 académicos y seis votaron por correo. En esa primera ronda Marías necesitaba un mínimo de 28 votos y logró 29.
El secretario de la Academia, Guillermo Rojo, visiblemente satisfecho, ha afirmado que "es rarísimo" conseguir un consenso tan amplio como el logrado por el novelista, "aunque se sea candidato único", y ha destacado la importancia de la obra de Marías, traducida a 34 idiomas.
El escritor Javier Marías ha dicho que es "un honor" para él haber sido elegido miembro de una institución "ilustrada, civilizada, laica, culta e independiente como es la Academia de la Lengua, con tres siglos de antigüedad".

MEMORANDUM INFORMATIVO-ESPECULATIVO: JUAN RULFO®



Noticia de último minuto: Los herederos del escritor mexicano Juan Rulfo® han logrado registrar su nombre como marca comercial, tal como habían anunciado semanas atrás. Estos mismos herederos habían hecho público su deseo de retirar el nombre del escritor del Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo®, que se entrega en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara®, porque desde su punto de vista “no se estaba haciendo un buen uso del mismo”.
Comienzan las especulaciones. Es aún prematuro, empero, para concluir si el prestigioso certamen literario tenga o no que modificar su denominación. A partir de ahora tal vez los editores deban cuidarse de poner Juan Rulfo® (o Juan Rulfo™, para las traducciones al inglés) en las cubiertas de Pedro Páramo® o El llano en llamas®. Mientras tanto la tremenda bronca entre la familia y los organizadores de la FIL de Guadalajara® sigue en pie. Está cabrón, como diría alguno de los personajes de Diablo Guardián® de Xavier Velasco® o de Amores Perros® de Alejandro González Iñárritu®.
Al margen de cualquier aproximación lúdica, chismosa o tremendista, me he puesto a pensar (¡A veces se me ocurren unas cosas!...) que tal vez estemos siendo testigos inconscientes de una paradoja en plena gestación.
Intentaré explicarme:
1. Los trabajos literarios, al igual que toda la amplia variedad de trabajos creativos, son protegidos internacionalmente por la legislación sobre derecho de autor o copyright. De acuerdo con ésta, una vez muerto un autor sus sucesores son titulares del derecho de exclusividad sobre su obra por un término de 50 años (es de suponerse que los abogados de Dan Brown® y Paulo Coelho® les hayan advertido que si quieren dejar asegurados a sus descendientes, deberán cuidarse de hacer excelentes inversiones financieras o inmobiliarias. No sólo porque corren el riesgo de que sus libros pasen al olvido, sino porque aún manteniendo su popularidad, en alguna fecha pasarán inexorablemente al dominio público y entonces el sueño habrá concluido: ¡adiós a la fiesta de los derechos de autor y las regalías!).
2. La protección de las marcas, en cambio, permite su renovación periódica, de modo que cumpliendo con un simple trámite los titulares mantienen sus derechos exclusivos. La denominación Coca-Cola® fue utilizada por primera vez en 1886, el mismo año en que se publicó El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde®. Pero mientras el uso legítimo de esa marca sigue correspondiendo en exclusiva a los fabricantes de aquel brebaje negro y meloso, que poco o mucho tendrá que ver con su antecesor de 1886, la novela de Stevenson® puede ser utilizada libremente por cualquiera que desee, digamos, rodar una película de dudosa factura.
3. ¿Qué pasaría si los herederos de otros escritores intentaran imitar a los de Juan Rulfo®? ¿Será tarea fácil comercializar las obras de un escritor sin mencionar su nombre? En el caso de El Código Da Vinci® pudiera ser. Pero se me antoja que no en el del Ulises®, o de En busca del tiempo perdido®, o del Libro del desasosiego®. Cuando un escritor adquiere la condición de celebridad pareciera imposible divorciar su obra de su sombra tutelar. Pudiera ser entonces algo no del todo descabellado que a través de la propiedad de una marca registrada, los herederos de un autor conserven cierto control sobre su obra por un término indefinido.
4. Es cierto que en ocasiones los derechos de exclusividad reconocidos por el copyright han justificado pequeñeces mentales y egoísmos absurdos —María Kodama®, la viuda y ex secretaria de Jorge Luis Borges®, es para muchos una especie de bruja o perro de presa inefable; los sucesores de Ramón del Valle-Inclán® fueron, durante muchos años, el principal obstáculo para la edición de sus Obras Completas—. Todo esto puede afectar las expectativas de los lectores y entorpecer odiosamente la labor de los editores, qué duda cabe. Sin embargo estos ejemplos, por más negativos que sean, carecen de relevancia alguna frente al supremo derecho de todo ser humano de legar a sus descendientes los bienes que adquirió legítimamente en vida, más aún cuando éstos fueron creados por él mismo.
5. Por momentos pareciera que en la lógica que informa al copyright, subyace una desvalorización de las creaciones del intelecto con relación a otras categorías de bienes: un mortal adquiere un predio, y éste puede pasar a sus descendientes, de generación en generación, mientras que un pintor o un escritor está privado de esta posibilidad respecto de la obra que él mismo ha creado. La tan mentada inmaterialidad de las obras intelectuales no justifica esta discriminación; de hecho podemos sustituir el predio de nuestro ejemplo por acciones de bolsa o bonos soberanos, sin afectar a ningún heredero. Tampoco parece aceptable el típico argumento law and economics® en el sentido de que los derechos de autor son un incentivo para el desarrollo de la creatividad, y que, por ende, se reconoce a los creadores y a sus herederos la exclusividad de ciertos derechos sobre la obra por un periodo de tiempo determinado, finalizado el cual ésta pasa al dominio público. ¿Y entonces por qué los bancos y las fábricas no pasan al dominio público luego de un periodo de tiempo posterior a su organización o creación? ¿Es que acaso no se quiere incentivar el desarrollo de la banca y la industria?
Me parece que hay mucho de absurdo, de discriminatorio, de helado pragmatismo en la manera en que se han organizado estas cosas. Nunca ha dejado de resultarme grotescas y desmesuradas aquellas noticias que anuncian que Bill Gates® o un jeque árabe o un banquero japonés ha adquirido por un precio descomunal algún óleo o manuscrito creado en medio del tormento espiritual y la pobreza material de su autor. Frente a semejante panorama, quizá convenga a los herederos de Juan Rulfo® registrar el rostro de su célebre antepasado como marca comercial. Podrían hacer buen dinero si algún día se pusieran de moda las camisetas estampadas con caras de viejetes risueños.

NOTA DEL EDITOR: Ante las dudas que este caótico ensayo plantea, se ha considerado conveniente incluir, de conformidad con las leyes y tratados internacionales vigentes sobre la materia, el rótulo ® junto a aquellas denominaciones que, según nuestra razonable entender, pudieran ser objeto de derechos por parte de terceros.

domingo, julio 30, 2006

¿Sería Paul Auster tan buen escritor si no fuese tan fotogénico?



"¿Tú crees que Paul Auster podría ser tan buen escritor si no fuese tan fotogénico?" Fue la primera cuestión (supongo que espontánea) que planteó mi amiga Batirtze cuando, según lo planificado, nos encontramos en la librería Noctua para luego irnos a tomar un café en el Arábiga. Tenía en sus manos un ejemplar de Experimentos con la verdad, editado por Anagrama, y habría podido decirse que contemplaba con añoranza la fotografía impresa en su solapa. No era una tonta cualquiera lanzando preguntas etéreas o intentando hacerse la interesante. Acababa de ser admitida al doctorado de filosofía en Austin, y sabía que no necesitaba hacer grandes esfuerzos para salirse del molde de lo común. Por esos días se preparaba para marcharse de Los Palos Grandes.
"No lo sé", me aventuré a responderle fingiendo desinterés: "además hasta ahora siempre he tenido el mismo inconveniente con sus libros: he sido incapaz de soltarlos, me han absorbido al punto que cualquier otra lectura me ha resultado prescindible, al igual que ir al cine o al supermercado, o llevar mi ropa a la lavandería".
Quizá incluí en mi breve explicación al supermercado y la lavandería, debido a que el primer libro de Auster que leí fue Leviathan, durante la época en que era becario en Cornell. El hecho de que Batirtze estuviese ad portas de volver a ser estudiante hizo que, casi sin quererlo, me remontara a aquella época.
Salimos del local luego que ella pagó el libro.
Alrededor de dos años más tarde, pasé por El Virrey para encontrarme con Carla, una amiga a quien había dejado de ver por muchos años y que, por una increíble coincidencia, no sólo estudiaba en el mismo programa de doctorado, sino que además se había hecho íntima de Batirtze. Como había llegado con unos minutos de anticipación, me dispuse a recorrer con la vista el interior de la librería con la intención de localizar a David o a Walter. Pero mi teléfono celular comenzó a timbrar. Era Carla, explicándome que había ido directamente al Delicass pues estaba hambrienta y prefería visitar la librería después de la cena.
El cambio de planes no me molestó en lo más mínimo.
De vuelta a la calle me sorprendí al reconocer en un peatón cualquiera el rostro de un antiguo compañero de Cornell, un joven boliviano que, hasta donde había tenido noticia, se había quedado trabajando en una firma de abogados de Nueva York. Él también me reconoció. Nos saludamos con afecto, hablamos rápidamente de lo que cada uno hacía (como era de esperarse, él estaba en Miguel Dasso por cuestiones de trabajo) e intercambiamos tarjetas.
Debo confesar que, desde el primer momento, había quedado maravillado por el magistral tratamiento que Paul Auster brinda a la casualidad, atribuyéndole la capacidad de revelarnos, de manera radical e inesperada, el sentido más profundo de nuestra existencia. De un encuentro como el mío con Marcelo —mi colega boliviano—, tal vez podría él sacar toda una novela.
Cuando finalicé de recorrer los escasos metros que me separaban del Delicass por fin encontré a Carla, quien ocupaba una de las mesas exteriores. Me recibió con su típica sonrisa, amplia y luminosa. Tomé asiento enfrente de ella, y antes de que comenzáramos nuestra charla —ella y yo podemos conversar, literalmente, de cualquier cosa: afortunadamente carece de esa pose de intelectual excluyente y a la vez agobiante que caracteriza a tantos académicos, Batirtze incluida— pude darme cuenta de que había colocado sobre la mesa un ejemplar de Experimentos con la verdad.
"Es un escritor estupendo", me explicó al percibir mi evidente asombro: "el libro es de Batirtze, ella me lo prestó. Mira su fotografía . Es guapo, ¿no?".
Vienen a mi mente estos recuerdos cuando ya he leído los dos primeros capítulos de The Brooklyn Follies y soy consciente de que no podré despegarme de ella hasta finalizarla. ¿Será producto de la casualidad que uno siempre termine atrapado por las novelas de Paul Auster?

El visitante inesperado


Una noche húmeda de agosto, mientras Ana y las niñas se concentraban en una de sus sempiternas partidas de monopolio, alguien tocó el timbre.
Consecuentemente me tocó a mí abrir la puerta.
—Hola Juan. Soy Alfonso, tu padre —se anunció el visitante inesperado con una voz cavernosa y ajena a todo remembranza de mis años pasados. No podía dejar de identificarse de esa manera. Explícitamente. Yo era un niño muy pequeño cuando una mañana le anunció a mamá que saldría a comprar el pan. Nunca regresó a casa. Hacía más de treinta años de eso.
Mi concepto de tiempo se revolvía como una masa de abstracciones sin sentido. Nuestro parecido físico me resultaba incuestionable (quizá porque durante muchos años oí decir que yo era la viva imagen de mi padre fugitivo. Luego crecí. O los que me lo decían se fueron alejando o muriendo). Me sentí entonces como contemplando mi imagen reflejada en un espejo futuro. El mismo rostro ovalado, la nariz prominente, los ojos negros y miopes. Pero también la ausencia casi total de cabello, la piel marchita, el cuerpo encorvado, las manos ennegrecidas e invadidas de arrugas.
—¿Quién es? —gritó Ana desde el comedor.
—Nadie —respondí como un autómata programado en la búsqueda de la discreción y el disimulo. Inmediatamente comprendí que estaba haciendo el idiota, como en años no tan pasados.
El visitante inesperado se mantenía en silencio.
—¿Cómo que nadie?
Quien acababa de hacer esa pregunta aparentemente impertinente era Sandrita, nuestra hija pequeña. Debido a la influencia de sus dos hermanas mayores solía comportarse de una manera mucho más adulta que ellas a su edad. Ana y yo la concebimos al inicio de nuestro segundo matrimonio.
—Sí, ¿cómo que nadie?
Ahora Paula, la mayor, repetía la pregunta. Tenía trece años y recordaba perfectamente el divorcio y los casi dos años en que vivimos separados. Es un decir, en realidad las visitaba casi a diario. A las niñas y a la madre. Ana y yo éramos muy inmaduros, nos habíamos casado cuando aún éramos un par de críos.
Las preguntas y la insistencia con que eran formuladas eran comprensibles. Vivíamos en una urbanización privada al sureste de la ciudad. Difícilmente alguien se hubiera atrevido a llegar hasta ella caminando. Tendría, en todo caso, que haberse identificado en la vigilancia. Pero además era plenamente consciente de que había mucho de justificable en los celos que mis cuatro mujeres desplegaban hacia mí. Tuve una absurda etapa de playboy en que las hice sufrir demasiado.
No se me ocurrió otra cosa que tirar la puerta en la cara del visitante inesperado.
—¿Quién era? —me preguntó por fin Laurita, nuestra segunda hija, siempre vivaz y con enormes ojos, cuando me vio regresar a la sala de estar. Es una actriz, una imitadora nata. Sabía que intentaba intimidarme con el tono supuestamente serio de su voz.
—Nadie —respondí.
—¡¿Cómo que nadie?! —repitió Ana, ya un tanto fuera de sí— ¿Acaso nos vas a decir que era un fantasma?
Pensé en contestarle que sí, pero intuía que ésa sería una decisión errónea.
—Quise decir que nadie fuera de lo común —expliqué por fin—. Tan sólo papá de vuelta de la panadería.

Barcelona para Sociópatas- Guía de la Ciudad, de Armando Luigi Castañeda (algunos fragmentos)

Aquí comienza la última versión de la novela.
El capítulo anterior, el primero, lo escribí hace varios años. Era un e-mail para los amigos de Sudacalandia, convertido en cuento de concursos, acabado en inicio de novela.
Explicar cómo la novela llegó hasta este punto no viene a cuento ahora, lo dejo para el final.
En teoría, ésta es una novela de suspense. Como el misterio era un poco mierda me lo cargué. Y es que en vez de centrarme en el argumento, como se supone que hay que hacer, me ponía a desvariar sobre la experiencia de migrar, porque era el tema que, en esa época, me ocupaba.
Sin ton ni son me veía hablando del aburrimiento de los primeros días, cuando llegamos, con el piso vacío, sin conocer a nadie, y sin pasta para salir. De haberlo sabido, hubiera pagado un container para traer embutidos a familiares, amigos, objetos personales, malandros, autobuses, carajitos de los que tiran piedras en la autopista, mosquitos, calor, lluvias tropicales, aguardiente El Recreo, perros callejeros, etc., y me habría fastidiado como allá, ni más ni menos, exactamente igual.
En Sudacalandia pasaba el día cascándomela y leyendo. Por eso tenía una biblioteca bien surtida. Pero no pude traérmela y se la vendí a un amigo por mil dólares, con los mil (a dólar la unidad, precio de mercado) clásicos invalorables de la literatura universal (comprados de segunda mano, amarillos, olvidados, y sucios, envejecidos en el negocio de un tipo que sufría analfabetismo), y mi colección completa de ediciones especiales de Playboy, publicadas entre octubre de 1987 y noviembre de 1998.
Sin libros ni revistas me quedé ocioso y tuve que cambiar de hábitos: compré un ordenador barato y me dediqué a escribir y a coleccionar imágenes de actrices y modelos desnudas sacadas de internet.

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Música
Aunque no lo parezca, la única sala de conciertos de Barcelona es el Auditori, que está hundido en un edificio con fachada de Ministerio de Fomento, venido a menos, arquitectónicamente, desde su inauguración.
Como todavía no habíamos conocido a Clara no teníamos forma de conseguir entradas gratis para el Auditori, y como Antonia no quería pagar para entrar a ningún sitio, tuvimos que conformarnos con ir al Conservatorio del Bruc, donde había conciertos cada jueves, entrada libre.
Presentaban un arreglo del Cuarteto para el fin de los tiempos, de Messiaen.
El público era todo de gent gran, vejetes.
Primero pensé de puta madre, así me ahorro oír a los bebés berreando, al gracioso que grita «¡Métele la teta!», a los carajitos jugando en el pasillo, y todos los demás azotes de las salas de concierto sudacas.
Pero me equivoqué.
El pianista no había terminado de empezar cuando la mitad del auditorio estaba hablando y la otra mitad mandando a callar a la mitad primera. A nadie le interesaba el Cuarteto ni el fin de los tiempos ni nada, sólo hablar y, sobre todo, mandar a callar. Revisé el programa, buscando cambios del tipo Concierto para piano preparado y dientes postizos o alguna otra mierda experimental de estas. Pero el programa decía Cuarteto para el fin de los tiempos, nada más, y yo sabía de qué iba, era uno de los ochocientos CDs que me traje de Sudacalandia, y no tenía nada que ver con vejetes hablando.
Habíamos caminado más de diez calles desde Castillejos 252 hasta el conservatorio del Bruc para oír al piano, no a los vejetes. Me giré y le puse mi cara de «te voy a dar un vergajazo» al vejete que le hablaba a la espalda de mi silla. No le importó mi cara, siguió hablando.
Me incliné para adelante pero seguía escuchando la voz que explicaba dónde le dolían las hemorroides y el método digital usado por su mujer para poner el tema en su sitio.
Volví a girarme, a poner cara de «ahora sí te voy a dar tu vergajazo» y a ser tratado como un cara de culo.
El ancianito estaba seguro de que no lo tocaría.

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Aturdido por apariciones como ésta el protagonista de la novela de suspense (que soy yo) no tuvo más opción que preguntarle a un amigo psiquiatra qué carajo podía hacer para no ver sospechosos por todas partes. Pero el amigo psiquiatra (Slavko Zupcic, Sucio, en español) pensó que mi paranoia era chiste, ejercicio literario, o algo así. Y es que Slavko, además de psiquiatra, es escritor, y juntos formábamos, en V., la escuela literaria de V., que agrupaba a los narradores menores de treinta años más prestigiosos del país (nosotros dos, indiscutiblemente). La escuela de V. se caracterizaba, sobre todo, por la profunda y sincera búsqueda y reflexión escatológica, en el buen sentido de la palabra. Slavko llegó, por ejemplo, a publicar en el principal diario del país un cuento en el que narraba las reflexiones del muñón de la pata de un perro cojo obligado a sodomizar cada noche al amo del perro. Alta escatología.
Slavko no sólo se negó a tratar mi paranoia (la del protagonista de la novela de suspense, que era yo), sino que además me hizo invitarlo a tomar cervezas, para pagarle el no sé qué.
En una mesa de un bareto, en Gracia, estábamos comentando el concierto de Messiaen cuando, no sé cómo, saltó a la conversación el antiguo profesor de acordeón de Antonia:
-Ese maestro Casas es un personaje interesante, es un viejito enano y flaco, de aquí de Cataluña, que tiene toda la vida allá -dije yo, mirando a Clara.
-Se fue por lo de la guerra -Antonia.
-Compone unas cosas stravinskeanas no tan malas... creo que tiene mucho futuro, pero el problema es que ya se va a morir -yo.
-¡Cónchale, no digas eso! -Antonia.
-Joder, pero es que se está acabando, ya casi no camina y huele mal. ¿Qué edad tiene? -yo.
-¿Tú sabes que ese carajo cuando llegó allá era albañil, y comenzó a dar clases de música por una apuesta que ganó en un bar? -Slavko.
-¿Cómo es eso? -Antonia.
-Apostó que podía tocar Para Elisa con la nalgas y ganó -Slavko.
-¡Qué mentira! -Antonia.
-Eso no se puede, mojonero -yo.
-¡A pues, te lo juro poeta, el tipo tocó Para Elisa con las nalgas! -Slavko.
-¿Y tú de dónde sacas eso, quién te lo dijo? -yo.
-Mi tía, Petrica Saldivia -Slavko.
-¡Ah, la que toca la Patética con las tetas? -yo.
-Claro, esa misma, la que tocaba el principio de la Patética con una teta -Slavko.

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Me fui detrás de la pareja y entré a las callejuelas medievales del Barrio Gótico por entre las tiendas de estética miamera que venden ropa china a precios europeos; leí los carteles orinados que anuncian «Sentimiento Muerto en el Palau Sant Jordi»; aprecié las manchas imborrables del vómito turista; desoí los anuncios de «Se solicita camarero/a», sueldo sudaca en un restaurante con dos estrellas Michelín; sonreí con los negocios de tatuajes y piercings antiglobalizadores, made in U.S.A.; recibí las gotitas de agua sucia que caían desde los balcones ruinosos de los edificios dieciochescos; me cuestioné los teléfonos públicos con llamadas internacionales pero con los auriculares rotos; sentí hartazgo de los forn de pa con productos típicamente catalanes a precios típicamente suecos; me adelanté a las patrullas de la Guardia Urbana que te pisan el culo para que no esté a disposición de los inmigrantes ilegales, uno de ellos vestido mimo naranja, parodiando graciosamente la forma de caminar de los viandantes en la Plaza del Pi, hasta que se detuvo una patrulla y el mimo naranja se escurrió entre la turba con su falta de papeles, dejando muerto al lugar donde, en el 91, me bebía cada día media botella de vino sentado tranquilamente en una mesa, leyendo, escribiendo, mirando, la Plaza del Pi, convertida en caricatura de un Montmatre ya caricatura de por sí.

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Dice la novela de suspense (ésa que ahora es un thriller, con el hombre piercing como protagonista) que después de ver el cadáver del abogado me fui vomitado, aunque limpio, a Castillejos 252, donde Antonia me estaba esperando cabreadísima por las llamadas que hizo el abogado del desahucio antes de ser cadáver, según este libro, y ¿por qué cambiaste la computadora? ¡¿Qué?! La computadora, ¿por qué la cambiaste?
Claro, es eso, en realidad.

En la mañana, antes de salir, sospechando por el hostigamiento de los últimos días que Antonia estaba a punto de sufrir otro de sus episodios cíclicos de furia, separé en el ordenador mi área de trabajo para que no encontrara la excusa de su crisis en los navegadores de internet o en esta novela. La última vez dijo que iba a romper esta mierda (la computadora), y lo ejemplificó dándole una patada.
Yo me asusté, no tanto por el ordenador, sino por las fotos que había bajado de internet y, también, por esta novela, que es una mierda como el ordenador, pero una mierda que he estado evacuando durante unas cuantas horas. Todavía no tenía la grabadora de CDs y no había hecho respaldos de nada. Me pasaba el día bajando fotos y escribiendo, y desmadrar la computadora hubiera sido como quitarme varios meses de vida, a patadas.

Para separar mi área en el ordenador creé un nuevo usuario y escribí la contraseña cacadepajarito. Pensaba que Antonia no podría descubrirla, aunque en V. consiguió adivinar la entrada al área secreta de mi agenda electrónica, la clave numérica de mis maletines, la llave del armario donde guardaba mi colección de revistas Playboy, y el sitio donde escondía las fotos de mis antiguas novias desnudas... de todos modos, estoy casi seguro de que a Antonia no se le ocurrirá pensar que la contraseña en el ordenador es cacadepajarito, que la primera letra es «c» de caca y la última «o» de pajarito.

La idea de separar mi área en el ordenador funcionó: Antonia siguió estallando cíclicamente, pero tuvo que usar excusas tan sorprendentes que me dejó convencerla para ir a un psiquiatra y estrenar el seguro privado que contraté obligado por los trámites de mi nacionalización.
La psiquiatra, que tenía su consultorio en Sarriá, un barrio de la zona alta de la ciudad, me preguntó cómo me sentía. Bien. Si extrañaba a mi familia. No, desde los diecisiete años ya tenía ganas de venirme a vivir a Europa. Y entonces ¿tú qué haces aquí? Es que hemos tenido problemas, y pensamos que era mejor hablar con un psiquiatra antes de que fuera peor. Y ¿por qué son los problemas? Pregúntale a ella.
Le preguntó.
Salieron las páginas de internet, las infidelidades de cuando éramos novios, etc... La psiquiatra le recetó a Antonia unas pastillitas y le dijo que tuviera paciencia, que la experiencia de migrar siempre es difícil... «¡Pero si las crisis ya le daban en V., coño!», estuve a punto de gritar, pero preferí no abrir la boca.
A mí la psiquiatra no me recetó nada; supongo que mi cabeza es la puta hostia.

Reencuentro con el Dr. Diablo (A propósito de Barcelona para Sociópatas- Guía de la Ciudad, de Armando Luigi Castañeda)


Cuando éramos algo más jóvenes, Armando Luigi solía espetar a la cara de los demás que tenía el proyecto de convertirse en escritor. Para ese entonces siempre llevaba consigo un pequeño cuaderno de hojas ajadas donde a ratos esbozaba, a mano y con bolígrafo negro, los futuros textos de Mujer desnuda mirando a un enano negro arrodillado, su primer y celebrado libro de cuentos. Era tal vez esa conducta un mecanismo de defensa contra los arteros ataques al intelecto y el buen gusto que estaba obligado a sobrellevar en su condición de estudiante de derecho de la universidad pública de V. La posesión fiel de ese cuaderno, que día a día iba llenándose con textos que hacían de lo absurdo y lo desmitificador una postura estética, así como su actitud personal un tanto macarra y desentendida del mundo, convirtieron a Luigi en una especie de personaje de culto en la sala de pasantes de una firma internacional de abogados de cuyo nombre no quiero acordarme. También tenía su ubicación en esa sala de pasantes otro aprendiz de abogado, que era además un eximio pianista, compositor anónimo y erudito bibliográfico; un personaje verdaderamente novelesco que, como si se tratase de un émulo caribeño de Kant, nunca salía (ni saldrá, apostaría a ello) de los límites geográficos de V.
Tal vez por mi innata e incorregible torpeza para el merengue y otros bailes de características similares, mi existencia había transcurrido por los cauces del aburrimiento más superlativo a partir de mi llegada a V. Tal condición cambió radicalmente desde que me instalé en aquella sala de pasantes y las largas pláticas con Luigi y nuestro común amigo músico (no voy a mencionar su nombre, fue el único de los tres que permaneció e hizo carrera en aquella firma y sospecho que una revelación de este tipo podría alterar su burguesa tranquilidad de pater familias) se hicieron una diaria necesidad. El contacto frecuente con este par de colegas fue, sin duda, uno de los factores que me animó a escribir narrativa, y no únicamente versos como lo venía haciendo. Escribí varias cosas que aún conservo, algunas incluso las he publicado en este blog, otras fueron materia prima para otros proyectos.
Tanto Luigi como yo nos habíamos marchado de V. más o menos por la misma época, aunque con destinos bastante diferentes. Hace pocas semanas, sin embargo, una amiga en común, también ex alumna de la universidad pública de V., me facilitó su dirección electrónica. En alguna de nuestras primeras charlas de Messenger, Luigi me confesó que no se considera un escritor, sino alguien que escribe. Como soy consciente de que se trata de un tío nada adicto a los clichés, me quedé pensando en esa distinción que seguramente encerraba alguna idea inteligente. Me percaté de que un economista no tenía que ser alguien que economiza, como tampoco un abogado alguien que aboga ni un ingeniero alguien con ingenio. Las corporaciones educativas, y su arbitraria legitimidad para otorgar títulos con reconocimiento social, no sólo han sido capaces de desvirtuar el esquema maestro-aprendiz al que tanto debe nuestra cultura, sino también de trastocar el sentido original de las palabras. ¿Será posible un escritor que no escriba? Quizá algún taller literario o alguna facultad de creative writing de universidad gringa tenga la solución para este enigma.
El hecho de que Luigi no haya optado por las poses ni las frivolidades asumidas por tantos que pretenden vivir de la escritura, no ha impedido que siga escribiendo, y de qué manera. Barcelona para Sociópatas- Guía de la Ciudad, su última novela aún inédita, es, en mi modesta, subjetiva y desautorizada opinión, literatura en estado puro. Sin ningún tipo de pudor Luigi mezcla los diversos géneros, extrapola la crónica con el cuento, se interna por los caminos del verso como preámbulo al hondo mar del ensayo. Todo esto además con el trasfondo de un humor que nunca decae, pero que tampoco opaca el sentido más profundo de la narración. Siempre he pensado que el humor en la narrativa es, por manido o por vilipendiado, un elemento cuya utilización comporta enormes riesgos. Sea como espectador o como creador, uno tiende a caer en la tentación de los lugares comunes; no es casual que tendamos a reirnos de los mismos gags o a repetir los mismos chistes (quien no lo crea que revise la filmoteca de Chaplin o de Buster Keaton, o por último que vea unas cuantas entregas de El Chavo del Ocho). Esto quizá explique por qué más de un autor "divertido" termina imitándose a sí mismo y haciendo la parodia del escritor vigente y en actividad, y quién sabe si hasta ganándose el Premio Planeta.
Barcelona para Sociópatas- Guía de la Ciudad tiene un inicio que atrapa: una pareja de Sudacalandia —Armando, abogado con ínfulas de escritor, y Antonia, violoncelista— aterrizan en Barcelona, sin otro patrimonio que las remesas de una beca incierta y ocho mil dólares en la faltriquera. Se deciden a alquilar el menos malo de los pisos posibles, e inician su andadura al interior de una sociedad catalana a la que Armando no deja de observar con una mezcla de extrañeza y desconfianza. En su condición de buen salvaje, con varios títulos universitarios, conocimiento de idiomas y un amor desmedido por Bach, Armando despliega una visión de la vida en la que su complejo de superioridad encuentra eco y proyección en una singular capacidad para ironizar y hacer el idiota: "En Sudacalandia existe la fantasía de que toda España, excepto Barcelona, es una tierra de bárbaros, pero cuando uno vive aquí se da cuenta de que hay mucha más actividad cultural en las capitales sudacas, sobre todo, si consideramos los atracos, asesinatos, accidentes de tráfico, palizas y peleas callejeras, hurtos y arrebatones como manifestaciones naturales del teatro de calle local". Las evocaciones autobiográficas —efectivamente Luigi vive en Barcelona y está casado con Antonia, que a su vez toca el violoncelo— que pudieran parecer tan evidentes, son presentadas aquí como elementos de una imaginación prolífica. Éste, me parece, es uno de los puntos fuertes de la novela. Personajes como el Hombre-Piercing, un yonqui proveniente de V. a quien Armando reencuentra en alguna calle durante una caminata, o Slavko Zupcic, el talentoso escritor de V. e íntimo amigo de Armando, son de una irrealidad absoluta, lo cual no impide que en el contexto de la narración lleguen a ser creíbles. Rememoro algunas facetas de la vida de Luigi que yo conocí directamente y que podrían ser excelente materia prima para más de una novela. Las mismas publicaciones de su primer libro de cuentos y de La crisis de la modernidad, su primera novela, fueron acontecimientos inusitados. Recuerdo el espontáneo comentario de uno de los abogados más notables del despacho, cuando tuvo entre sus manos un ejemplar de Mujer desnuda mirando a un enano negro arrodillado: "¿Y desde cuándo se gasta tanto real en editar estas vainas?". Se trataba de un sujeto simplón e insípido que, hasta donde tengo noticia, sigue haciendo buen dinero con el negocio del derecho a pesar de los vaivenes políticos y económicos de Sudacalandia, o tal vez debido a ellos. Seguidamente miró el rostro impávido de Armando por unos segundos antes de decir, con una benevolencia digna de mejor causa: "Así que lo lograste, ya eres todo un escritor, Dr. Diablo".
Una noche cualquiera —si mal no recuerdo sobre el final de los actos culturales que el despacho había organizado por el día de la secretaria— Luigi y yo terminamos absolutamente borrachos e ingiriendo unas hamburguesas callejeras en alguno de los quioscos instalados enfrente de Casa V., a la sazón el más distinguido restaurante de la ciudad. Años después, desde mi ubicación en la barra de Le Coq d'Or de Las Mercedes, donde Adriano González León y yo nos bebíamos unos whiskies y comíamos paté (o me lo comía yo, el maestro es uno de esos bebedores veteranos que jamás ingieren alimentos sólidos cuando toman alcohol), pude observar detenidamente la escena de un carrito de perros calientes siendo asaltado por un mar de jóvenes con resaca. De inmediato me remonté a aquella noche lejana. Me sorprendí a mí mismo evocando con nostalgia un hecho sucedido en V., cosa que hasta ese momento hubiese creído improbable. Recordé que aquella noche Luigi y yo incluso proyectamos escribir una novela conjunta, y que nuestro entusiasmo mutuo llegaría a sobrevivir por algunos días. Éramos jóvenes e ignorábamos que los proyectos de borrachos suelen terminar en el olvido. Hoy en día, sin embargo, por razones diversas ambos hemos abandonado el alcohol, ese acompañante fiel y alborotado de nuestros años juveniles. Quizá sea tiempo entonces para retomar el proyecto, o en todo caso para reformularlo. El balón está en la cancha de ambos, como en los partidos de fútbol simultáneos que suelen desarrollarse durante los recreos escolares.


El novelista Javier Marías, candidato a la Academia de la Lengua


Javier Marías, uno de los escritores españoles más reconocidos internacionalmente y cuya obra ha merecido numerosos premios, ha sido presentado como candidato para cubrir la vacante dejada en la Real Academia Española por el filólogo Fernando Lázaro Carreter, fallecido en marzo de 2004.
La candidatura de Marías, autor de novelas como Todas las almas, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí o Tu rostro mañana que han merecido el elogio de la crítica más rigurosa, ha sido presentada por los académicos Gregorio Salvador, Arturo Pérez-Reverte y Claudio Guillén, informaron a Efe fuentes próximas a la Academia.
Aún es pronto para saber si el novelista, cuya obra está traducida a unos treinta idiomas, será el único aspirante al sillón R, ocupado hasta su muerte por quien fue director de la RAE. El plazo de presentación de candidaturas finaliza el próximo 18 de junio y podría haber otras propuestas.
La elección del nuevo académico tendrá lugar el 29 de junio, en la sesión plenaria habitual de los jueves.
La posible incorporación de Javier Marías (Madrid, 1951) a la Academia de la Lengua se produce cuando el escritor está embarcado en la redacción de la tercera parte de Tu rostro mañana, uno de los proyectos literarios más ambiciosos de los últimos años. La primera entrega de esta novela, Fiebre y lanza, apareció en octubre de 2002, y la segunda, titulada Baile y sueño, se publicó en noviembre de 2004.
Hijo del filósofo y académico Julián Marías, fallecido el pasado mes de diciembre, Javier Marías publicó su primera novela, Los dominios del lobo, a los diecinueve años, bajo los auspicios de Juan Benet.
Tras esta obra, vendrían otras como Travesía del horizonte (1972), El monarca del tiempo (1979), El siglo (1983) y El hombre sentimental, galardonada en 1986 con el Herralde de novela y en 2000 con el Premio Internazionale Ennio Flaiano.
En 1989 publicó Todas las almas, que mereció el Premio Ciudad de Barcelona y fue finalista al Premio Médicis a la mejor novela extranjera editada en Francia.
Su consagración como novelista llegó con Corazón tan blanco, calificada de "absoluta obra maestra" por el prestigioso crítico alemán Marcel Reich-Ranicki, que en más de una ocasión ha pedido públicamente para Marías el Nobel. Este libro ganó el Premio de la Crítica en 1993 y fue seleccionado para el premio Aristeion 1993 de literatura europea. En el 97 mereció el Premio Internacional de Literatura IMPAC.
Su siguiente novela, Mañana en la batalla piensa en mí, le valió el Premio Fastenrath de la Real Academia Española en 1995; un año más tarde, el Rómulo Gallegos (concedido por primera vez a un español), y el Premio Fémina otorgado en Francia a la mejor novela extranjera. Esta obra ha sido galardonada, además, con el Premio Internacional Mondello Cittá di Palermo.
Autor de numerosos libros de cuentos y de artículos, Marías cultiva también la traducción, faceta en la cual destaca su versión de Thomas Hardy El brazo marchito, y la de La vida y las opiniones del caballero Tristán Shandy, de Sterne, que fue galardonada en 1979 con el Premio Nacional de Traducción Fray Luis de León.
Su novela Todas las almas fue llevada al cine por Gracia Querejeta bajo el título de El último viaje de Robert Rylands; una "adaptación libérrima" que no gustó al escritor y que lo llevó a presentar una demanda civil contra la productora por incumplimiento de contrato. Los tribunales dieron finalmente la razón al novelista.
Su pasión por los libros le condujo en 2000 a crear la editorial Reino de Redonda, en la que publica algunos de los títulos de sus autores favoritos.
Terra Actualidad – EFE, 2 de junio de 2006

sábado, julio 29, 2006

Pensamientos sueltos, desordenados y un tanto obsesivos en torno a Capote


Volver a vivir en Lima, luego de casi catorce años de ausencia, me ha servido para verificar, in situ, cómo algunas realidades permanecen inalteradas, no obstante el paso del tiempo, e incluso la tan mentada "modernización", concepto que confieso no entender del todo pero que sospecho debe de estar emparentado con la decadencia de una modernidad que siempre nos tocó de refilón. Sobre esto podría escribirse folios y más folios, lo cual no es mi intención, al menos en este momento; se requeriría de mucha paciencia y de una cuidadosa reflexión para guardarse de caer en el lugar común de la pataleta y la majadería, cosa que suele ser poco elegante, e incluso, en ciertas ocasiones, un tanto bochornosa. Simplemente comenzaba con estas palabras a manera de preámbulo de un hecho notorio y triste e incómodo: en esta ciudad la oferta cultural sigue siendo —por imprevisible y azarosa— una cuestión absolutamente irregular. Tuve que rogarle a Walter Rodríguez, el dueño de la librería Lectura de Caracas, que me enviase un ejemplar de 2666 cuando esta obra esencial brillaba por su ausencia en los estantes de las librerías de Lima, y no llegaba y no llegaba (aclaración: el verbo rogar es una exageración voluntaria; Walter es un auténtico librero y un amigo entrañable y, sobre todo, un hombre bondadoso). Poco parecía importar que Roberto Bolaño hubiese muerto recientemente y que ya se hubiese convertido en una leyenda y un símbolo. Con la segunda parte de Tu rostro mañana (Baile y Sueño), de Javier Marías, la cosa fue aún más lúgubre: no pude obtenerla sino con ocasión de un viaje a Buenos Aires —de eso hace casi un año—, cuando ya tenía varios meses de lanzada y todo el mundo comentaba sus notables virtudes. Por cierto, hasta el día de hoy la sucursal en el Perú del grupo editorial que la publicó no se ha dado la molestia de traerla ni comercializarla, como tampoco lo ha hecho con algunas otras novelas contemporáneas de excelente factura (pienso, por ejemplo, en Un tranvía en SP de Unai Elorriaga o La forza del destino de Julieta Campos), editadas por otras sucursales del mismo sello que, por lo visto, también se ocupan de la buena literatura y no únicamente de Cattone o Gisella Valcarcel. Con casi dos años de residencia en Lima y siendo testigo de este panorama, he llegado incluso a pensar que en realidad fue un halago la justificación que me expuso la castiza y mentecata ejecutiva de ese mismo grupo para no comercializar Las fugas paralelas en Perú: "Tu novela no tiene mercado". ¿Y por qué sí lo tuvo en Ciudad de México o en Caracas o en San Salvador?, habría cabido preguntarle, pero eso ya era demasiado pedir a alguien que confesaba, sin pudor alguno, que su ídolo literario era Pérez Reverte (a propósito, nótese que escribo "castiza y mentecata", no "castiza y, en consecuencia, mentecata", que nadie diga que soy injusto o que generalizo).
La verdad es que me ha salido larga la introducción. Y hasta quizá un tanto majadera, como me lo temía. No importa, alguna ventaja debe de tener administrar un blog. En todo caso sirve adecuadamente a mi deseo de contextualizar mi estupor ante el hecho de que el filme Capote, de Beckett Miller, no haya sido estrenado en las salas de cine limeñas. ¿Algún día lo será? A estas alturas lo dudo sinceramente, y creo que con bastante razón. Fue por eso que no encontré otra alternativa que recurrir a los medios nada legítimos que la mayoría de habitantes de esta ciudad emplea, lo cual no me enorgullece y más bien me causa cierta depresión, aunque no tan profunda, tampoco exageremos. El caso era que yo tenía que ver ese filme, y la súbita aparición de un vendedor ambulante frente a un semáforo aleatorio tenía que ser una tentación demasiado poderosa. "Había olvidado que eras escritor", exclamó con algo de malicia un ex compañero de universidad cuando traté de justificarme; algo comprensible viniendo de él: es profesor de derecho, lo cual explica que esté marcadamente mediatizado por efecto de sus estudios profundos y formalistas, al tiempo que se permite ser un tanto vanidoso y tonto. Vicios de un gremio que se engaña a sí mismo y asume que su disciplina es creativa e intelectual, e incluso científica (aquí sí soy consciente de que generalizo; lo hago de manera absolutamente voluntaria). Ante sus insistentes ironías tuve que replicarle que sabía que no iba a morirme si no la veía, como de hecho nadie se muere por no de leer a Thomas Mann o a Proust o a Pessoa, o por no comer trufas ni beber agua Perrier. Hay cosas que alimentan físicamente y otras que lo hacen de formas diversas. Finalmente estuvo de acuerdo conmigo, pues algo de inteligencia y sensibilidad conserva a pesar de los años de ejercicio profesional. Toda esta larga charla en el Messenger, tamaña pérdida de tiempo.
Que Truman Capote era gay, manipulador y egoísta (no "gay y, en consecuencia, manipulador y egoísta", que ningún amigo, colega o conocido se me vaya a ofender) es algo que queda claramente definido desde el inicio del filme. Esta es quizá una virtud de la dirección; la historia es, de por sí, tan terrible que resultaría ocioso matizarla. Hay mucho de insoportable patetismo en la actitud general de ese escritor melómano y obsesivo, pero sin duda lo que se sale de todo límite es la manipulación artera de que hace objeto a un par de seres humanos acorralados por sus propios actos. Quizá aquí radique la intrínseca crueldad de la relación que Truman Capote desarrolla con Perry Smith, uno de los feroces y taimados asesinos de los Clutter, una próspera familia de Holcomb, un pequeño pueblo "en las elevadas llanuras trigueras de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman ‹‹allá››". El filme expone una conducta que de manera directa atenta contra de nuestras ideas de lo bueno o lo correcto: hacer de todo ser humano un fin y nunca un medio; actuar de modo que nuestra conducta pueda ser elevada a principio universal. Los imperativos kantianos son de una simplicidad total y, acaso por eso mismo, se revelan como la mejor síntesis de los principios éticos de nuestra tradición judeocristiana. A la luz de estas ideas quizá no haya acción más deleznable que aquélla que se ejerce en contra de quien carece de la más mínima facultad de elección. Que tal era la situación de Smith y su compañero Dick Hickcock parece graficado en lo que en algún momento expuso el alcaide de la prisión: Perry Smith debía ser mantenido con vida a toda costa, a pesar de que se había negado a probar bocado, pues el derecho de acabar con su vida le correspondía al pueblo, y no a él mismo. En su circunstancia extrema este infeliz no tiene otra opción que confiar en ese ser extravagante que aparece de la nada y se ofrece a conseguirle un abogado, al tiempo que le envuelve con una serie de promesas vanas y peregrinas como la de escribir un libro donde iba a narrar la verdad de su caso: "El mundo pensará que eres un monstruo y yo no quiero eso". La leyenda conecta este episodio con la posterior decadencia personal y literaria de Truman Capote, quien muere años después solitario, alcohólico y privado del don de la escritura. Sabido es que su verdadero interés era conocer en detalle la historia de los asesinatos que quería narrar en su tan ansiada novela-de-no-ficción, y que con ese fin se esfuerza en alargar el juicio, para luego caer en un profundo estado de depresión al ver que el tiempo pasaba y Smith y Hickcock no eran ejecutados, lo cual se le antojaba como una condición indispensable para poder concluirla y publicarla.
La oscuridad de esta historia no ha podido, sin embargo, opacar una verdad: la actuación de Truman Capote —plena de manipulación, de engaño, de un egoísmo esencial— tuvo como colofón la publicación de A sangre fría, una novela que no solamente reformuló el género, sino que además se convirtió en una de las más importantes y mejor logradas de nuestro tiempo. Lo anterior puede sonar chocante y despiadado, tal vez porque existe la tendencia de identificar la grandeza de una obra con la existencia de una vida virtuosa. Tamaña falacia. Las historias del arte y de la literatura están colmadas de grandes creadores de dudosa calidad personal: seres mezquinos, contradictorios, traidores, amantes del dinero y aduladores de los tiranos. Pero éste no es únicamente un fenómeno del pasado. Es cierto que la decencia no abunda en estos tiempos, pero en ciertos círculos parece ser un insulto o un demérito. He conocido honrosas excepciones; no necesito nombrarlas; a ellas he dispensado mi agradecimiento y, en algunos casos, mi amistad personal. Pero siempre son muchos más los que me han producido aversión y pesadumbre y una tremenda necesidad de taparme la nariz. Ahí están, sin importar la ciudad donde vivan, en los lugares habituales; pululan en cafés, librerías, pinacotecas, presentaciones, y también en embajadas, organismos públicos y casas de gobierno. A pesar de que los nombres y los rostros cambien, siempre son iguales, si no los mismos. Aman la adulación, el reconocimiento y el respeto. Son desconfiados por naturaleza, inseguros, no se soportan ni ellos mismos. Se atacan entre sí con virulenta expresividad, inventan absurdas polémicas en las que sus complejos y frustraciones se esconden bajo conceptos tan etéreos como la revolución o el origen geográfico. Son, en conclusión, unos tipos bastante poco recomendables. Por eso he llegado a la conclusión de que lo más inteligente es conocer su trabajo y no conocerlos a ellos. No hay razón para negarlo, además sería inútil e injusto: a veces se encuentra uno con cosas realmente buenas, incluso admirables, creadas por estos tipejos. Pero por eso mismo lo mejor es no traspasar la esfera de su obra, verla como un objeto independiente y autónomo. De lo contrario uno se arriesga a no interesarse más en ella y a terminar perdiéndose de algo que quizá valga la pena.

El asesinato de la razón



La mentalidad renacentista, caracterizada por su visión sintética y unitaria del universo, intentó descubrir racionalmente las verdades de la creación a través del estudio directo y sin intermediarios de la Sagrada Escritura y los textos de autores de la antigüedad pagana. Fue así que pretendió, entre otras cosas, hallar la clave del misterio de la Santísima Trinidad en las enseñanzas de Hermes Trimegisto, un taumaturgo egipcio erróneamente considerado contemporáneo de Moisés, e investigar las concordancias entre cristianismo, derecho romano y filosofía neoplatónica.
Esta amplitud de criterio derivada de un afán permanente por descubrir la verdad y una fe ilimitada en las posibilidades de conocimiento del ser humano, se encuentra bastante alejada de la mentalidad actual. Tanto el oriente como el occidente se contraen hacia sí mismos, rechazando como malo o al menos poco conveniente, todo aquello que apriorísticamente lea resulta extraño. Signo de nuestro tiempo es la miopía cultural, la estrechez de miras: la vocación por la irracionalidad, en pocas palabras. No es gratuito el renacer de los nacionalismos. Tampoco lo es la progresiva atomización de Europa luego de la caída del socialismo. La muerte de las ideologías no sólo significa el fracaso del Marxismo y su modelo económico, como ingenuamente pensaron algunos liberales entusiastas, sino además la debacle del Estado, institución política por excelencia y producto de la razón humana que como tal, perece frente a la arremetida de sentimientos largamente reprimidos. Las sociedades libertadas optan por la organización de tipo familiar, étnico o religioso donde son comunes la cultura y la sensibilidad, renunciando así a aquella entelequia gestada por los renacentistas y dada a luz por los filósofos de la ilustración. Y esto sucede a pesar de las ventajas evidentes que en teoría, las organizaciones estatales podrían ofrecerles.
¿Qué significa pues esta contradicción, este retroceso? Dar respuesta a esta pregunta sin duda resultaría una tarea desmesurada. No obstante, la casi certeza de que el fracaso de la racionalidad acarreará necesariamente el fracaso de una modernidad ciegamente apoyada por ella, nos hace reflexionar en algún sentido.
Quizá la clave de este resquebrajamiento irremediable esté en los cimientos mismos del edificio de la Modernidad. En su afán por liberarse de axiomas y leyes naturales, los hombres de la primera modernidad reaccionan apoyándose en una característica privativa de los seres humanos y capaz de transformarles en dominadores de la realidad. Vale decir, en la razón. La realidad entonces va a ser totalmente formulada en términos racionales, y a través de esos mismos términos transformada. Desde aquel momento la historia de occidente aparece marcada por una singular dialéctica entre una racionalidad que busca imponerse, y una irracionalidad que reacciona: Humanismo frente a Escolástica, Renacimiento frente a Barroco, República frente a Monarquía, Liberalismo frente a Mercantilismo, no serían más que expresiones concretas de una misma regla general.
Lo extremoso de la fe en la razón que se manifiesta en el choque de la teoría con la realidad empírica de la sociedad humana, explicaría esta lucha, esta dialéctica. La anarquía que vivió Francia durante los primeros años de la revolución es un ejemplo bastante ilustrativo de la insuficiencia de la teoría frente a la riqueza de matices que la práctica suele manifestar. Es que el hombre, en definitiva, no es el creador de la realidad y por lo tanto, no se encuentra absoluta y totalmente capacitado para conocer en su cabal complejidad el funcionamiento de la naturaleza de la sociedad. Resulta entonces un error y una manifestación excesiva de fe, pretenderlo capaz de formular con la sola utilización de su razón, un modelo social o político que prevea, de un modo irreprochable y rigurosamente científico, todas las reacciones posibles de sus semejantes.
Por otro lado, los prejuicios que la irracionalidad conlleva no son más que una consecuencia de aquel error inicial. El adjetivo irracional no debe ser necesariamente expresión de un significado peyorativo: los sentimientos, las emociones, las pasiones son aspectos del ser humano que no pueden ser explicados en un lenguaje racional y que, sin embargo, han sido y serán factores decisivos en el devenir de los pueblos. Sin ellos no podríamos, entre otras cosas, explicarnos cabalmente el sentido del feudalismo, institución política basada en la fidelidad y antecedente medieval del mismo estado moderno.
En este sentido, la vocación actual por la irracionalidad no sería más que la última gran reacción frente a la imposición del modelo racionalista de la modernidad.
Corresponderá en consecuencia al Estado y a la democracia de una supuesta era post-moderna, reacomodar sus instituciones de tal modo que esos aspectos irrenunciables del ser humano a que hiciéramos mención, tengan cabida y expresión. El asesinato de la razón no significa otra cosa, entonces, que la manifestación de esa búsqueda de la felicidad siempre presente en los hombres y las sociedades. Búsqueda que por lo demás, no siempre es concordante en el cálculo racional meramente utilitario. La gran tarea de un Estado que se resiste a ser una institución anacrónica, será la de dar acogida a unos sentimientos humanos largamente olvidados. Quizá así pueda acercarse a ese equilibrio justo ya esbozado por Aristóteles.
(Publicado en el diario El Universal de Caracas el 2 de octubre de 1994)