lunes, junio 02, 2008

El sueño pesado


Avenida Horacio Urteaga 972, distrito de Jesús María, Lima, agosto de 2026. La casa ha seguido envejeciendo al ritmo de las cosas que por años se han empeñado en quedarse. Puedo percibir claramente los aromas que despiden algunas de ellas, por lo que hago un esfuerzo para no remover mis recuerdos. Todos estos objetos, vetustos y aparentemente inconexos, forman parte de historias que he conocido u oído, y pienso que me volvería loco si intentara hacer memoria.
Así, con la mente casi en blanco, me dirijo a la biblioteca que siempre utilizábamos para nuestras reuniones de familia pequeña. De manera instintiva, y sin pronunciar palabra, me acabo de instalar en el escritorio de cedro nicaragüense en el que mi abuelo mataba el tiempo enseñándome a resolver operaciones algebraicas. Alguna vez formó parte de los activos del Ministerio de Fomento, donde él hizo carrera como funcionario público por algo más de treinta años.
En la pared blancuzca de enfrente, el infaltable retrato de Haya de la Torre me está observando con los mismos gestos exuberantes y culposos del Martín Lutero de Lucas Cranach.
Sentado en uno de los sillones laterales, Paul quiere darme la impresión de haber estado esperando por largo tiempo. Tal como me lo imaginaba, luce avejentado e infeliz. Ha dejado que su pelo lacio y canoso crezca libremente para atarlo con una cola de caballo, y ese detalle me hace percatarme de que aún sigue siendo un cultor de la estética de los ochenta. Sus piernas se entrecruzan con la sensualidad casta y hogareña que sabía exhibir la mujer que fue nuestra abuela. Intenta una especie de sonrisa insensible —casi una mueca sin destinatario, sus labios siempre tan finos como el pico de una golondrina—, y enciende un cigarrillo rubio que despide un desagradable olor a pasto quemado. Giro sobre mi asiento para asegurarme que las ventanas detrás de mí estén abiertas. Desde la segunda planta de la casa de los abuelos, doy un vistazo a la unidad vecinal de Angamos, ahora tan rancia y descolorida. Los jardines más o menos cuidados del pasado se han convertido en extensiones de tierra yerma que enmarcan cúmulos desarticulados de maleza. Me resulta un paisaje ingrato, incluso desagradable.
­—Por fin llegastes —comenta Paul involuntariamente lacónico. Me digo a mí mismo, con bastante alivio, que tal vez no será necesario ningún tipo de preámbulo o manifestación de simpatía. Hemos conversado por teléfono esta misma mañana y no han transcurrido muchas horas desde entonces
— ¿Qué tal estuvo el vuelo?—. La inmediata pregunta de mi primo contiene una manifestación indubitable de interés de su parte. Percibo la contradicción entre ésta y la resistencia al contacto que supondría saludarnos como corresponde después de tantos años de lejanía.
—Habíamos quedado a las cinco de la tarde y apenas son las cinco y diez. Encontré mucho más tráfico del que podía imaginarme —le digo a la defensiva, o queriendo buscar una justificación rápida. Al mismo tiempo intento suavizar cualquier atisbo de tono beligerante, respondiendo a su pregunta—: El vuelo no estuvo tan malo para ser uno de Avianca.
Paul no ha subido nunca a un avión. Me pregunto si alguna vez habrá salido de Lima. Presumo que su sentido del amor propio le impedirá hacerme saber que no ha captado el significado de mi comentario. Recuerdo a Cristina en el aeropuerto de El Dorado, preguntándole a un funcionario excesivamente celoso en la revisión de nuestro equipaje, que si en Colombia creían que alguien sería tan estúpido como para llevar a Mickey Mouse a Disneylandia.
—No entiendo su comentario, señora…—. Fue la incómoda respuesta que brindó el funcionario a mi sonriente ex esposa, impaciente y segura de sí misma.
—Lima ha crecido muchísimo, ya no es el pueblo grande que dejastes a principios de los noventa —me explica Paul con la pedagogía de quien sabe que siempre será el primo mayor—. Aunque cuando te vinistes a vivir aquí ya había crecido bastante.
Imagino el mar de vehículos japoneses con el timón cambiado, la brutalidad congénita de conductores embistiéndose unos contra otros. Era el espectáculo del que me tocaba ser testigo diario desde el automóvil que todas las mañanas me llevaba al centro de Lima. Para ese entonces mi vida se había convertido en una deuda enorme e inmanejable, había renunciado a mi proyecto de vivir de la literatura y llegado a la conclusión de que no me quedaba otra salida que volver a trabajar de abogado. Mi primera asignación en esa nueva etapa consistía en negociar la compra de las acciones de una compañía de seguros en Lima.
—Creo que no vi carros con el timón cambiado, eso es un gran avance —le comento.
Las calles que hoy tuve que recorrer parecían un enorme aparcamiento de vehículos chinos. Casi todas las ciudades que conozco están atestadas de vehículos chinos.
Esta vez Paul sonríe de un modo menos impersonal, como si la ironía de mi comentario fuese capaz de causarle gracia. Recuerdo que la ironía era un rasgo característico de nuestra familia.
—Mira lo que encontré hace poco entre las cosas del abuelo —me dice al entregarme una postal con la imagen amarillenta de la Sagrada Familia. Le doy vuelta para descubrir una caligrafía que, aunque lejana, sigue siéndome propia: “Tenías razón, Barcelona es peculiar y hermosa…” Muchos años atrás, durante uno de mis viajes de mochilero, se la envié a mi abuelo desde alguna estafeta o un estanco.
—¿Esto es lo que me querías entregar? —pregunto a Paul con visible fastidio. Si su respuesta fuese afirmativa, me sentiría en verdad decepcionado.
—Claro que no —se apresura en responderme.
Presiento entonces que Paul aprovechará la ocasión de tenerme a su lado, para dar vueltas sobre temas diversos, pero buscando en realidad hablarme sobre las decisiones que tomó a partir de la muerte de nuestro abuelo. Sabe que es difícil tocar esos temas. Sabe también que si me diese lo que he venido a buscar, podría perder esa oportunidad.
—¿Sabías que Ramiro sigue con su restaurante?
—Sí —le respondo resignado—. Mucha de la gente que viene a Lima lo visita, los comentarios son siempre muy positivos.
—Ah —pronuncia mi primo hermano al escuchar mi respuesta. Aún se refiere a Ramiro como si se tratase de alguien cercano, sólo por el hecho de ambos fueron compañeros en el colegio y en la selección nacional de waterpolo. Lo más probable es que Ramiro ni siquiera recuerde su nombre.
—Uno que se fue y parece que no regresó nunca más es Marquitos —comenta ahora. Su conversación me resulta nerviosa e inconexa.
—¿Marquitos? —pregunto incapaz de recordar— ¿Quién es Marquitos?
—¿No recuerdas a Marcos Martínez, el amigo de Javier? Era mayor que ustedes, pero iba al mismo colegio.
Viene a mi memoria el rostro rojizo de un adolescente con quien compartí varios momentos, en el patio del recreo o los jardines de la residencial San Felipe. Recordé entonces que también estudió derecho en la Católica, que se casó con una muchacha muy bonita de la residencial, y que fue a estudiar a los Estados Unidos.
—Ah —pronuncio, sin saber qué más decir. Pienso que tendré que tener mucha paciencia con Paul.

sábado, mayo 31, 2008

El sueño pesado


Bar Trole, passeig Lluis Companys, a pocos metros del parc de la Ciutadella, mayo de 1995. El estómago se me terminó de revolver, aquí en este mismo lugar, cuando reparé en dos viejos que se desayunaban con sendas jarras de cerveza. Eran menos de las siete de la mañana y acababa de descender del autocar que me había traído desde Madrid. Los largos trechos en vehículos de transporte público comenzaban a provocarme mareos, y ésa era una situación que me resultaba bastante extraña y en ocasiones embarazosa. No pedí el bocadillo de fuet que me había recomendado Javier, horas antes de embarcarme. Solamente una taza de café con leche.
No podría precisar cómo ni desde qué sector del bar apareció Atilio. Simplemente recuerdo que de pronto lo tenía enfrente de mí, preguntándome si tenía un cigarrillo.
Saqué uno de la cajetilla que llevaba en el bolsillo de la pechera de la camisa.
—¿Ducados? —me preguntó, cándido.
—No —le respondí—. Belmont. Cigarrillos venezolanos.
Atilio achicó los ojos extrañado, como si encontrarse con un venezolano en pleno centro de Barcelona fuese algo absolutamente atípico. Luego me enteraría de que se trataba de un tic provocado por cualquier situación inesperada. La vida de Atilio estaba llena de tics.
—Yo trabajé con un venezolano. Simón Gómez se llama. ¿Vos conocés a Simón?
Las posibilidades de que mi respuesta fuera positiva eran casi nulas. Me pareció que había demasiada ingenuidad en ese hombre de edad visiblemente madura. Acaso su acento argentino fue otro factor que me hizo desconfiar y ponerme alerta.
—No, no lo conozco. Hay millones de venezolanos. Yo no soy venezolano. O sí, lo soy. Pero no nací en Venezuela, sino en Perú.
—¿Peruano? ¿Conocés a Carlos López?
Tal vez en verdad se trataba de un ser de otro mundo. Para ese entonces yo tenía apenas veintiséis años, pero ya había conocido a varios seres de otro mundo.
—Tampoco.
—De Ruanda lo conozco.
No entendía mucho de lo que me hablaba. Di un sorbo a mi taza de café con leche antes de preguntarle, casi inconsciente:
—¿A quién?
—A Simón —me respondió—. Es fotógrafo. Trabajó conmigo en Ruanda. Yo soy reportero.
Su aspecto, efectivamente, podía ser el de un reportero de guerra. El cabello y la barba desordenados, la camisa por fuera, un chaleco con infinidad de bolsillos, las ganas desenfadadas de comunicarse. Sentí que me estaba diciendo la verdad. Me tranquilicé. Nunca iba a enterarme de quien era Carlos López, el peruano.
—¿Es tu primera vez en Barcelona?
—No —le mentí a medias—. Mi chica vive aquí —. Esta parte de mi respuesta era verdad, por eso digo que le mentí a medias.
—¿Y dónde te quedás?
—En Sanz —le mentí completamente.
—¿Sanz? ¿Conocés a Joan Segura?
Por alguna razón que no podría precisar, Atilio y yo no pudimos dejar de comunicarnos. Salimos del bar y nos internamos juntos por calles que yo desconocía totalmente. Rápidamente atravesamos el Barrio Gótico. No podía dejar de mirar la ciudad con curiosidad y con agrado, aunque pienso que lo más probable era que Atilio no hubiera reparado en mi evidente actitud de recién llegado. Lo veía demasiado concentrado en su propia conversación para haberlo hecho. En todo caso, sé que me proporcionó demasiada información para un trayecto tan corto: había nacido en Trenquelauquen, había estudiado la secundaria en el Nacional de Buenos Aires, había trabajado para Clarín, era divorciado y se ganaba la vida como reportero freelance. No le dije mucho de mí, ni siquiera que había vivido en Buenos Aires durante tres años. En un momento empezó a hablarme de Ruanda.
—Los hutus tienen ahora el poder, y masacran a los tutsis. El país es un río de sangre, algo verdaderamente espeluznante, la seguridad para la gente de la prensa es prácticamente inexistente, no sé de la suerte de muchos compañeros, Simón se perdió un día y nunca más apareció.
Quizá no dejaba de tener sentido que me preguntara por su colega venezolano.
Me habló de un hombre hutu que gerenciaba un hotel, y que salvó la vida a cientos de tutsis. Me aseguró que había pasado una temporada con él, y que lo había entrevistado para una revista italiana. Relató algunas historias de cuya veracidad dudé profundamente, y que creía haber olvidado, hasta que años después reaparecieron claramente en mi memoria cuando vi en el cine la película Hotel Rwanda, protagonizada por un negro de nombre Don Cheadle.
Reconocí La Rambla en cuanto llegamos, había visto demasiadas fotos en libros y guías turísticas. Cerca de nosotros pude ver la Boquería, sabía que unas cuadras más abajo me encontraría con el Liceu, mi punto de referencia para llegar al piso que Elfriede compartía con un par de amigas en la Xunta de Comerç.
—Hasta aquí llego yo —le anuncié a Atilio.
—Llamame por teléfono —me ordenó al entregarme una tarjeta personal con su nombre y un teléfono—. Llamame por teléfono, por favor —me repitió como queriendo corregir el tono.

jueves, febrero 21, 2008

Adriano


Me había propuesto que nos encontraramos la noche previa a la presentación de la novela, en Le Coq d’Or de Las Mercedes. No me conocía en persona. Nunca antes habíamos intercambiado palabra. Días atrás, María Ángeles me había comentado que se había mostrado muy complacido con la idea de ser el presentador. Su generosidad era un lugar común entre quienes le conocían y frecuentaban.

Sabía que iba a estar en la barra del restaurante. Rápidamente distinguí su inconfundible figura de gnomo canoso y erudito. La misma que había visto, más bien a lo lejos, la noche en que se le homenajeaba por los treinta y cinco años de su premio Biblioteca Breve.

Adriano, soy Octavio, le hice saber nada más acercármele.

¡Chico!, exclamó antes de darme un abrazo y pedir al tipo de la barra que me facilitara un vaso.

Cualquiera habría podrido advertir que ya estaba remecido por el alcohol. Nada comparable, sin embargo, con el estado en que ambos íbamos a culminar aquella velada. Entre trago y trago se extendió hablándome de la novela. Sus palabras eran las de un lector avezado, las de un maestro generoso. Me sentí complacido pensando en las cosas que podría decir en la presentación.

Qué título más bonito, me comentó.

Le confesé que los títulos de sus libros siempre me habían parecido sorprendentes. Siguió bebiendo de su vaso de whisky, tal vez buscando restar importancia a mis palabras.

La noche siguiente todo estaba pulcramente preparado. El local de El Buscón, las botellas de vino tinto, los músicos que habían ensayado el soundtrack de la novela. El único que faltaba era Adriano. Estaba inubicable. María Ángeles, tal vez innecesariamente desesperada, pudo encontrarlo en otro restaurante de Las Mercedes (creo que era el mismo en que murió hace unos días), y arrastrarlo hasta el lugar de los hechos.

Lo que llegó a balbucear cuando le alcanzaron el micrófono no tuvo la menor importancia. Estaba demasiado borracho para poder articular un par de frases coherentes. Despertó más de una carcajada. Puso la cómica. Arruinó la presentación. María Ángeles, con total justificación, echaba chispas.

Puedo jurar que no me importó en lo más mínimo. La verdadera presentación había sido hecha la noche anterior, entre interminables vasos de whisky y un fois gras que él no llegó a probar.

lunes, diciembre 10, 2007

¿De verdad volvió Soda?



Si mal no recuerdo en una entrevista publicada por la revista Pelo, sobre la segunda mitad de la década de los ochenta, Gustavo Cerati declaraba que no sería extraño que en algún momento Soda Stereo se decidiera a producir un trabajo equivalente a El Lado oscuro de la luna. Me acordé de esto ayer domingo, en medio del calor del concierto, cuando un generador de energía colapsó durante la ejecución de Texturas, el notable tema con que finaliza Dynamo, tal vez el disco más enigmático e indefinible de la banda. Afortunadamente el incidente se solventó, y el trío Cerati-Bossio-Alberti pudo continuar con una actuación de excepción, no sólo por su musicalidad y su puesta en escena, sino además por un repertorio que incluyó varios de sus mejores y también menos populares temas. Soda Stereo subrayó anoche lo complicado que puede resultar clasificar la música de quienes nunca se encasillaron en un estilo, ni cayeron en la tentación de repetir ninguna de las fórmulas que les habían hecho exitosos. Es verdad que el grupo puede ser entendido como el producto de la inagotable creatividad de Cerati, más que como una obra colectiva propiamente dicha. Pero por otro lado resulta difícil soslayar el aporte de un par de músicos que se salen del molde —Ficicchia-Alberti siempre más espectacular que Zeta Bossio, un bajista en todas las de la ley, incluso en su estudiada actitud low-profile—. Lo cierto es que observar a Soda Stereo interpretando Fue, Corazón delator, o En remolinos, pudo incluso hacer tolerable que el recital se cerrase con Vitaminas, de lejos el tema más reclamado y coreado por el público. Como en el caso de Pink Floyd, El lado oscuro de la luna ha dejado de ser el mero título de un disco para transformarse en una metáfora que retrata una peculiar actitud musical. Con el transcurrir de los años y la vigencia de su música, Soda Stereo ha dejado de ser una mera banda de rock, para convertirse en un hecho incomprensible. Una especie de antinatural fenómeno de masas.

lunes, diciembre 03, 2007

Referendum constitucional: ¿Final de fotografía?


No me creo esta historia. La propuesta de reforma constitucional de Chávez era un despropósito de tal magnitud, que su aprobación en un referéndum resultaba imposible. Claro está que el personaje tiene sus mañas. Sigue siendo un comunicador eximio. Pero sobre todo un improvisador rápido y chispeante (en la mejor tradición de los contrapunteos llaneros): "Final de película". La maquinaria del fraude electoral podía arreglarlo.

De aquí en adelante insistirá en presentarse como un demócrata, y más de uno, dentro una comunidad internacional plagada de incautos, le creerá. Pero la verdad es que el autoritarismo no cesará. Ni la corrupción. Ni ese desordenado intervencionismo que está haciendo ricos a unos cuantos correligionarios mercantilistas y lisonjeros. Lo cierto es que en la Venezuela de hoy, con un dolar paralelo tres veces más caro que el oficial, es más factible conseguir una cartera Louis Vuiton que un litro de leche, una botella de aceite de oliva griego que un cartón de huevos. ¿Ineptitud pura o caos necesario?

Mientras disfruta de sus renovados bríos de demócrata, Chávez no dejará de maquinar estratagemas para perpetuarse en el poder y expandir en la región su proyecto hegemónico. Algo inventarán él o sus corifeos del poder electoral o del tribunal supremo. Interpretaciones de las normas constitucionales y legales que pisoteen toda literalidad, por más evidente que sea. Ya lo anunció luego de "reconocer" la derrota: no renunciará a las reformas propuestas. Nuevamente es un “por ahora”, y hay que creerle. Es preciso reconocer que Chávez, a diferencia de otros caudillos de la región, siempre anuncia lo que va a hacer.

Esto invita a pensar que el BVA y el Santander serán “nacionalizados”. Claro que las nacionalizaciones de Chávez equivalen a una onerosa compra de acciones por parte del estado, un capricho que puede permitirse el tirano dada la descomunal renta petrolera. Los yanquis imperialistas de Verizon perdieron la CANTV, pero se marcharon de Venezuela pletóricos de felicidad con lo obtenido por la transferencia de sus acciones. Business are business, and Chávez is our friend. No hay razón para que lo mismo no suceda con los banqueros vascos y cántabros, que en este instante tal vez hasta estén cruzando los dedos, no vaya a ser que a don Juan Carlos se le ocurra pedirle disculpas al neo-demócrata ofendido.

Un año sin Bielinsky

Las películas de Fabián Bielinsky se deslindan marcadamente de las historias maniqueas que siguen inspirando buena parte del mejor cine. En ellas no existen personajes ubicados en bandos antagónicos. Por el contrario, todos pertenecen a un mismo bando: el de los malos, hablando en ese lenguaje coloquial tan ilustrativo y adecuado para los filmes de cowboys. Pero se trata de malos matizados, personajes que van desde los irredimibles absolutos (Marcos en Nueve reinas; Dietrich, Montero y Sosa en El aura), pasando por los algo bienintencionados (Valeria y Juan en Nueve reinas, Diana en El aura), hasta los soñadores o potencialmente dañinos (el taxidermista en El aura).

Pero además de eso, Bielinsky supo ser un maestro al momento de manejar lenguajes diversos. Y para demostralo le bastaron dos películas: Primero Nueve reinas, con su dinámica de cine negro, sus diálogos que sirven de hilo conductor entre las distintas escenas, sus chispazos de humor inteligente, y ese final inesperado al que no dudo en calificar como uno de los más memorables de la historia del cine (equiparable a los de Vértigo o El halcón maltés). Luego vino El aura, con su estética bergmaniana, su lentitud voluntaria, y una innegable maestría para mostrar, en un contexto realista de aquí-y-ahora, escenas que únicamente se suceden en las fantasías de sus protagonistas.

Ante la desaparición, siempre súbita y prematura, de un creador como Bielinsky, no puede uno dejar de añorar las obras que nunca realizará y que no podrá apreciar. Queda como consuelo la certeza de que el mejor cine no dejará de echar mano de este sorprendente legado.

domingo, noviembre 25, 2007

Un libro bastante extraño

Las razones por las que un libro atrapa a un lector son tan variadas que difícilmente podría esbozarse una teoría al respecto. No basta el lenguaje o el estilo, tampoco la temática o el argumento. Cierto es que cada texto tiene sus lectores, y lo que puede parecer apasionante a algunos puede resultar insoportable a otros. Creo, en ese sentido, que no estoy en condiciones de explicar qué hizo que Este libro te salvará la vida, la novela de A. M. Homes, ejerciera sobre mí una atracción tal que me impidió despegarme de ella hasta finalizar su lectura, lo cual sucedió hace unos minutos. No dudo que la historia de Richard Novak —“un hombre afortunado que ha realizado algunos de los deseos claves de la contemporaneidad”, como lo define la contratapa del libro— y su crisis existencial no sea lo suficientemente interesante y atractiva como punto de partida. O que el lenguaje lacónico y mesurado de A. M. Homes no sea capaz de generar un estilo narrativo que facilite las cosas al lector. Pero sospecho que hay algo más. Se trata de un libro tremendamente contemporáneo, que muestra sin pudor (A. M. Homes me sigue resultando notablemente impúdica; magnífica cualidad para cualquier escritor) algunos de los rasgos más inasibles de la sociedad americana. Por momentos la lectura me hizo evocar las caricaturas de Los Simpsons, con sus caracteres desmesuradamente estúpidos e individualistas, y sus ciudades pobladas por personajes diversos e incomprensibles. Pero la novela no se limita a ofrecer un panorama social en clave de humor. Hay una historia moral que subyace y emerge de manera trepidante: la del ganador contemporáneo que decide convertirse en una buena persona, y que comprende en un momento dado que su incapacidad para recuperar lo no vivido —sus relaciones familiares, la cercanía con su ex–esposa y su único hijo— no le impide preservar la vida por vivir.

Una novela sorprendente con título de libro de autoayuda. Un libro bastante extraño.

sábado, noviembre 24, 2007

Escenas de la presentación de un libro


Cuando se pasó a la etapa de intervenciones por parte del público, la presentación de La cuarta espada, el último libro de Santiago Roncagliolo, se convirtió en una vertiginosa sucesión de escenas cargadas de mala onda y crispación. La primera en tomar la palabra fue una joven congresista que intentó leer un discurso en el que se refería a las “ideologías trasnochadas” que inspiraron a Guzmán y la subversión de Sendero Luminoso. Casi de inmediato emergieron disonantes improperios en contra de la congresista, pero sobre todo de su partido. La joven había cometido un acto desatinado, y tuvo que parar de leer. Era evidente: la presentación en Lima de un libro sobre Abimael Guzmán escrito por un autor como Santiago, cuya carrera literaria está en pleno ascenso, tenía que congregar a gentes con pensamientos políticos diversos. Y eso, en el Perú de hoy, todavía equivale al peligro cierto de una confrontación cuasi pugilística, en el mejor de los casos. Se comenzó a experimentar un clima de tensión que hacía evocar, aunque fuera lejanamente, los últimos años ochenta y los primeros noventa. Siguieron otras intervenciones. Y más gritos y protestas. Una distinguida anciana con una disparatada hipótesis sobre el título del libro y su relación con el Apocalipsis de San Juan. Una muchacha que se refirió más de una vez a Guzmán como “Presidente Gonzalo”. Más preguntas y amenazas al partido de la congresista. Finalmente una evocación a la conocida pregunta con que Vargas Llosa inicia Conversación en La Catedral, “¿Cuándo se jodió el Perú? Santiago se limitó a responder: “A mí no me pregunten, cuando yo nací ya estaba jodido”. Un poco de humor que sin duda ayudó a aquietar el ambiente.

Horas más tarde, en un bar de Barranco, Santiago se mostró distendido y conversador. En algún momento me preguntó: "¿Y qué tal el regreso?". "Como el de Calamaro", respondí sin saber en verdad por qué. Me traje de vuelta a casa mi ejemplar de Pudor dedicado: “Para Octavio, esta historia que ya leíste en Internet, ahora en papel. Santiago”.

NOSTALGIA DE CARACAS - O de una ciudad-mirador sin mí


Cuenta un viejo y repetido chiste que un argentino está de pie en alguno de los miradores del Ávila –la plástica y verde cordillera que separa Caracas del litoral–, inmóvil como una estatua y contemplando el horizonte, cuando un curioso se anima a abordarlo para indagar qué es lo que está haciendo. Como suele suceder, la respuesta es ingenua y, a la vez, desmesurada: «Nada especial, sólo viendo a Caracas sin mí».
No dudo que la jocosidad de este episodio pueda ponerse en entredicho, aunque tal vez sirva para sacar a luz una sensación con frecuencia experimentada por quienes viven en Caracas (argentinos incluidos): la de ser protagonista central de algo en verdad divertido y emocionante. El sol del Caribe, que siempre entusiasma y alegra la vida, podría invocarse como explicación. Pero también el espíritu pluralista de una ciudad que da la bienvenida con facilidad extrema, y difícilmente cuestiona ningún aporte, y menos aún lo rechaza. Ciudad carente de prejuicios, que obvia cualquier indagación sobre los antecedentes –nadie pregunta en qué colegio o universidad estudiaste, o hijo o nieto de quién eres, a veces ni siquiera el apellido: un panorama a todas luces distinto de lo que es insoportablemente usual en tierras no tan lejanas–, y que se comporta como un niño que súbitamente se encuentra en el cuerpo de un adulto y emprende la aventura de la mayoría de edad con curiosidad y despreocupación. De ahí su vocación por la tolerancia, su notable capacidad de asimilación. En toda la ciudad los aportes foráneos son evidentes, pero al mismo tiempo se mimetizan sin mayor esfuerzo, formando un tejido dinámico y entremezclado que invita a sentirse a gusto y en casa. En Caracas no existen restaurantes españoles: los hay gallegos, asturianos, vascos o catalanes. Caminar una tarde por la zona de La Candelaria, es como aterrizar en una especie de síntesis de nacionalidades ibéricas surgida espontáneamente en pleno corazón del trópico. Luego de un almuerzo usualmente memorable es posible tomar el Metro –la manera más práctica de evitar un tráfico siempre caótico y descomunal– y llegar, por ejemplo, hasta Parque Central para recorrer gratuitamente el Museo de Arte Contemporáneo, con su singular muestra de Picasso y su colección permanente de Miró, Chagall, Calder. O quizá visitar alguna de las interesantes librerías de la ciudad, siempre amablemente atendidas. Cualquier jungla de cemento deja de ser tal cuando ofrece bálsamos amenos y variados. Ya entrada la noche, en Las Mercedes o en La Castellana, se puede tomar un trago, o simplemente dedicarse a contemplar mujeres hermosas de todos los tipos y edades. Las caraqueñas son bellas y alcanzables, seres terrenales que conversan, preguntan la hora y ríen amistosamente. No conviene ser muy petulante en Caracas. Ni tampoco demasiado depresivo o melancólico. La ciudad rechaza naturalmente a quienes se resisten a ser parte de su dinámica entusiasta y, no pocas veces, alocada.
Pero también existe una Caracas íntima, de amigos entrañables y relaciones perdurables, de historias profundas. Durante la segunda mitad de los años setenta, cuando era todavía un niño, conocí en ella a varios exiliados latinoamericanos provenientes de países sometidos a oprobiosas dictaduras. Pese a ser asimilados por la ciudad y las facilidades que les brindaba, estos personajes nunca dejaban de evocar con nostalgia sus propias tierras. Quizá sea esa misma nostalgia la que hoy en día experimentan muchos de los habitantes de Caracas –o caraqueños: se puede serlo independientemente del origen–, incluyendo a quienes no se han marchado de una ciudad que parece irremisiblemente condenada a dejar de lado su pluralismo y su tolerancia. Hoy más que nunca resulta natural que buena parte de la mejor literatura ambientada en Caracas tenga como rasgo común un cierto tono sombrío. Pienso por ejemplo en En la casa del pez que escupe el agua, la monumental novela de Francisco Herrera Luque, o en los ensayos de Mariano Picón Salas, y más recientemente en La enfermedad, la conmovedora novela de Alberto Barrera Tyszka. El arte siempre llamado a resaltar lo menos evidente, lo que no puede verse con ojos meramente terrenales.
De cualquier manera, la Caracas que siempre tengo presente no es necesariamente la de los textos literarios, tampoco la de las resistencias ciudadanas recientes, sino más bien la de la amistad y la vida cotidiana. Imposible no sentir nostalgia por el trópico cuando el cielo gris de Lima se convierte en una maldición permanente y la humedad no para de calar los huesos. Imposible no echar de menos a mi grupo de amigos caraqueños –variado, cosmopolita, abierto, plural– cuando en ocasiones me siento condenado a lidiar con seres empeñados en hacer valer unos simbolismos fútiles y atávicos, o que hacen de la susceptibilidad extrema su principal carta de presentación. En momentos como esos, suelo buscar refugio en la contemplación de una fotografía del Ávila que tengo en mi biblioteca. Y, por supuesto, no dejo de preguntarme cómo estará Caracas sin mí.

ETIQUETA NEGRA N° 54

miércoles, noviembre 21, 2007

lunes, noviembre 19, 2007

La conducta estereotípica



"La inclinación edípica impulsa al héroe a la búsqueda de la madre, cuando el actuar que conduce a la hazaña estuvo signado por la libertad más absoluta y despiadada. El mito de la Odisea es el del retorno inexorable al seno materno —encarnado en las metáforas de la esposa virginal y la patria isleña—, que se presenta una vez que la misión está cumplida y todos los medios, lícitos e ilícitos, fueron puestos en práctica. El poema homérico no pretende equipararse a un discurso moralizante, y ésa sea tal vez la razón por la que no ahorra en detalles. Añora entonces el hombre la imagen materna en el momento del logro pragmático, individual y supremo. Los gritos extasiados de los guerreros griegos al haber tomado Troya imploran, acaso de una forma onírica, a sus Ítacas particulares." [Jacques Echermann: Des images dans les rêves: Une relecture du docteur Freud. Gallimard, 1934 (traducción libre)].

Pienso que esta cita puede servir para entender el gesto del Loco Vargas luego de anotar el gol del empate ante Brasil —la camiseta roja con la leyenda FELIZ DÍA, MAMÁ—, y hasta convertir en justificable su ausencia ante Ecuador por acumulación de tarjetas amarillas.

domingo, noviembre 18, 2007

Formas animales

Hoy pude escuchar, luego de muchos años, dos de mis temas favoritos del rock argentino: el clásico El oso, en la versión original y setentera de Moris y en el remake de Fito Páez, y el más reciente (aunque no menos clásico) Carta de un león a otro, en la inigualable versión de Juan Carlos Baglietto. Ambos temas tienen en común la crítica al mundo artificial creado por los seres humanos y la nostalgia por la vida silvestre, expuestas a través de los discursos de dos animales cautivos y obligados a participar en espectáculos de circo.

El atribuir a los animales características humanas —una práctica que es moneda común en manifestaciones creativas destinadas al gran público: desde las fábulas griegas hasta algunos taquilleros filmes de Hollywood— constituye una forma bastante gráfica y comprensible de formular críticas y postulados moralizantes, pero tambien un buen camuflaje para las dudas y las angustias que el hombre medio enfrenta en el devenir de la sociedad. Los animales y sus características externas son, en todo caso, elementos que se ajustan adecuadamente a un lenguaje metafórico accesible.

Tampoco es extraño que los animales sean vistos como implícitamente superiores a los seres humanos. Hay aquí una valoración positiva de su falta de malicia. Son inocentes. Son naturales. Es preciso recordar que la exaltación de la naturaleza es un rasgo esencial del romanticismo (tanto en el sturm und drang, como es sus demás variantes). Y que todo arte popular es, por definición, romántico.

viernes, noviembre 16, 2007

Matsuri!!!!


Con la excusa de encontrarse conmigo para prestarme algunos CDs, mi amigo Paco me invitó a un Matsuri, o festival japonés. Fue una experiencia divertida. Las instalaciones del club nikkei son estupendas. Además, la comida no estaba nada mal (importante detalle). A primera impresión, eran muy escasos los asistentes que carecían de ancestros japoneses, la mujer de Paco y yo incluidos en el grupo minoritario. Luego de comer yakimeshi y varios tipos de maki, Paco se animó a ir por unas cervezas, pese a las airadas protestas de su mujer. Para mí es evidente que la esposa de Paco intenta gobernar su vida. Sobre todo cuando se trata del alcohol. Labor imposible: Paco sigue siendo muy japonés para obedecer a una mujer (una tendencia que parece haber traspasado las barreras de la imigración y las generaciones). Por lo demás, siempre ha sido un hard-drinker incorregible.

Cuando íbamos por la cuarta o la quinta botella, Paco se puso de pie sin decirnos nada. Nos percatamos entonces de que no iba en busca de otra cerveza, sino que se estaba dirigiendo a la tarima principal y que comenzaba a subir los pocos escalones que la separaban de la superficie donde nos habíamos quedado nosotros.

Con gesto decidido Paco tomó un micrófono:

—¡Qué viva el Matsuri! — grito entusiasmadamente dirigiéndose a todos los presentes.

Silencio. Acaso apenas un tímido rumor de voces.

—¡Qué viva el Matsuri! — volvió a gritar Paco, con un entusiasmo digno de mejor causa.

Silencio. Risas nerviosas y aisladas.

Creo que recién en ese momento Paco se dio cuenta de que estaba haciendo el ridículo. Rápidamente pensó en un plan. O tal vez ya lo había concebido antes de decidirse a subir a la tarima.

—Tengo un anuncio importante qué hacer —dijo entonces con voz sumamente entonada—: Los señores de Pana Autos donarán un Toyota Avensis al primer miembro de nuestra comunidad que responda a una simple pregunta…

Aplausos. Ánimo. Cuchicheo de voces que se opacó súbitamente. Evidentemente nadie quería perderse la pregunta:

—Diga usted los títulos de los cuatro libros que conforman El mar de la fertilidad, la obra cumbre del escritor japonés Yukio Mishima.

Nuevamente un rumor informe. Logré escuchar que una mujer de mediana edad le preguntaba a otra (ambas parecían hermanas): ¿Historia de una geisha?

—Repito la pregunta, señores —dijo entonces Paco con un tono de voz que no podía esconder su más que evidente malicia—: Diga usted los títulos de los cuatro libros que conforman El mar de la fertilidad, la obra cumbre del escritor japonés Yukio Mishima.

Esta vez el rumor de voces no se había interrumpido, ni siquiera para permitir que la pregunta fuera escuchada nuevamente.

De pronto un joven gordo, con una especie de camisa-túnica roja y una banda sobre la frente, se puso de pie y gritó destempladamente:

—¡Paco! ¡Paco! ¡Lo sé! ¡Lo sé!, ¡Sé la respuesta!

El gordo parecía bailar de contento. El rostro de Paco dibujaba un innegable gesto de curiosidad:

—¿Y cual es la respuesta, Kenji?

Kenji respondió, con el pueril orgullo del que resuelve una adivinanza:

—¡Celica!, ¡Yaris!, ¡Camry!, ¡Corolla!

jueves, noviembre 15, 2007

Una interesante cita de un ensayo de J. M. Coetzee sobre "The Heart of Me", la autobiografía de Doris Lessing



"Ninguna de las tres mejores escritoras que el África del sur ha producido —Olive Schreiner, Nadine Gordimer, y Lessing (quien, pese a sus reticencias a aceptar la etiqueta de "escritora africana" reconoce libremente que su sensibilidad fue formada en y por África)— terminó la secundaria. Las tres fueron en gran medida autodidactas, y las tres se convirtieron en intelectuales de gran talla. Esto dice algo de la devoción con la que los adolescentes aislados en los márgenes del imperio anhelaban una vida de la que se les había privado: la vida de la mente. Una devoción mucho mayor, por lo visto, que la de la mayoría de sus contemporáneos de la metrópoli."

("Of the three best-known writers southern Africa has produced—Olive Schreiner, Nadine Gordimer, and Lessing (who, though reluctant to accept the label "African writer," freely acknowledges that her sensibility was formed in and by Africa)—none completed high school. All were substantially self-educated, all became formidable intellectuals. This says something about the fierceness with which isolated adolescents on the margins of empire hungered for a life they felt cut off from, the life of the mind—far more fiercely, it turned out, than most of their metropolitan cousins.")

New York Review of Books, Edición de diciembre de 1994.

miércoles, noviembre 14, 2007

El trance de Renson

Mi buen amigo Nicolás Restrepo acaba de escribirme desde Bogotá para informarme de una situación por demás insólita.

Nuestro común amigo, el crítico y cronista Renson Said Sepúlveda (quien aparece en la fotografía) está siendo procesado por un juzgado penal de Cúcuta, por un supuesto delito de injuria y calumnia en contra del abogado Pablo Chacón Medina, quien, según el diario El Espectador, es "una de las personalidades intelectuales de la capital de Norte de Santander".

El origen del juicio sería el señalamiento hecho por Renson, en el sentido de que Chacón Medina —quien además de abogado penalista cultiva la poesía— “no sabe escribir” y “es mediocre, simulador, vanidoso, analfabeto e incapaz intelectualmente”.

El problema es grave. Renson puede ir preso. Además Chacón Medina solicitó una cuantiosa indemnización y el embargo de los bienes de Renson.

No conozco la obra del Chacón Medina. En consecuencia, no sé si podría estar o no de acuerdo con las opiniones vertidas por Renson. Sé además que Renson puede ser un crítico implacable y radical, un lector sin concesiones que toma partido con pasión. Pero también sé que existe en algunos escritores la inequívoca propensión de ir por el mundo ejerciendo la defensa de su obra. Ejemplos de este tipo hay por doquier, en esta época plagada de blogs y revistas. Quizá Chacón Medina represente una variedad radical de esta clase de escritor-defensivo. Un poeta abogado. Tenía que ser abogado.

Espero que la justicia de Cúcuta sea sensata y no ponga cortapizas al libre ejercicio de la crítica literaria. También querría esperar —aunque sé que sería en vano, tampoco soy iluso— que los Chacón Medina que pululan en los círculos literarios y culturales, aprendan que uno escribe por una necesidad interna y personal, y no para que otros digan que lo hace bien. Un escritor verdadero es aquel que deja que su obra se defienda a sí misma, y sigue escribiendo sin importar lo que digan los demás.

A Renson le envío mi amistad y mi solidaridad.