viernes, febrero 23, 2007

La palabra



Una palabra nueva cae de tu boca,
gota de lluvia sobre el mar de nuestro lenguaje.

Afinábamos los oídos
queriendo percibir la amplitud de cada fonema.
¿Es todavía el presente momento para el diálogo,
o de el se apodera la distancia inevitable?

La palabra zozobra entre las otras palabras.
Su significado se diluye
como rasgos de un rostro en el devenir de los años,
y terminará yaciendo en la guarida de lo ausente.

En consecuencia, toda palabra es efímera y cambiante.
Sólo la mutabilidad del amor comparte esa suerte.

miércoles, febrero 21, 2007

Periplo


Habíamos oído decir que el destino del viajero
era arribar al hogar, tarde o temprano.

Pero mientras tanto
nosotros seguíamos viajando en el Metro,
y pasando de largo, una y otra vez,
por la estación de Parque del Este.

En ese periplo recorrimos ciudades y museos,
conocimos variopintas personalidades,
y compramos algunas de las cosas inservibles
que todavía tú conservas —: collares de huesos y piedras blancas,
CDs de dudosos cantautores,
postales baratas con los cuadros de Miró.

Desde mi alcoba evoco el fervor
que sólo tu nombre me ha proporcionado.

Caminante de jornadas cortas, solías llamarme con tu voz de arena.

Un muro invernal y súbito ha separado tu corazón del mío.


Historia del monólogo



El hombre quiso domesticar al búho prehistórico,
con la intención de posarlo sobre su hombro
e iniciar el diálogo.

martes, febrero 20, 2007

February



Such warmth beneath the green solitude in sight,
Long-lasting tenderness of hands,
Hair and smile kindly tangled into my memory:

Is that you,

Or the meaning of poetry?

domingo, febrero 18, 2007

Sábado


Cuando el silencio se apodera del fin de semana,
y la ausencia de seres queridos sobrevuela nuestras cabezas,
la escritura se convierte en una labor
ardua
y desconcentrada,
un coto donde animales salvajes
vagan libremente
sabiendo que nadie podrá cazarlos.

Las letras se asemejan a piedras en un camino de extramuros.
Las palabras a hitos o fulgores momentáneos.

No hay acompañante ideal en tales circunstancias.
Ni la TV, ni los vídeos,
ni el Internet o los juegos electrónicos.

Uno simplemente desearía escuchar la voz del ser amado.

Old friend from law school


Provenía de uno de esos barrios infinitos de L.A.,
conducía un VW Bug y vestía al estilo Annie Hall.
Su presencia no pasaba desapercibida,
sus intervenciones se estrellaban contra la temática aparente
de las clases.
Más de un profesor la observaba
con la mirada de un viejo lobo haciendo la digestión.
En los bares y pizzerías de Collegetown
su presencia era más bien esporádica,
y cuando se dejaba ver siempre llevaba consigo un libro de Rawls.
Amaba la libertad, amaba la democracia,
detestaba las posturas que vaciaban de contenido a tales conceptos.
Jamás la escuché citar a Catharine MacKinnon o a Andrea Dworkin.
En cambio Kant sí era una de sus referencias permanentes.
En mi biblioteca está el libro de The Finger Lakes of New York
que me dedicó antes de despedirnos:
In font memory of wonderful times
spent in Ithaca
”, dejó escrito en él con su letra casi cirílica.
Ignoro cómo pudo haber perdido la virginidad con mi amigo mexicano,
aunque de cualquier manera me alegré por lo dos.
Tiempo después él me contaría
que una noche la había llamado desde un bar del DF,
borracho y llorando,
para confesarle que se había enamorado de otra.

sábado, enero 13, 2007

Abre los ojos

La segunda película de Alejandro Amenabar explora la profundidad más siniestra y confusa del sueño, aquella dimensión en la que puede experimentarse con imágenes y situaciones que aparecen tan reales como palpables, e incluso arriesgarse a emprender la aventura de otro sueño. Los deseos se hacen realidad, los amores frustrados toman cuerpo, algún momento feliz de la vida se vuelve recurrente. Pero también afloran los miedos, las tristezas, las soledades más negras y profundas. El ser humano que se despliega con osadía y se atreve a amar y ser amado, y tal vez por eso mismo, se autodestruye ante la inevitable visión de una realidad limitada y devastadora. Pariente cercana de algunas de las mejores muestras de la literatura fantástica —evocar los sueños futuristas de La noche boca arriba, el escalofriante cuento de Julio Cortazar, o la devastación psíquica de El rostro ajeno, la novela de Kobo Abe, fue inevitable—, Abre los ojos demuestra que se puede hacer cine de ciencia ficción de un modo inteligente y sin necesidad de recurrir al facilismo de los efectos especiales.

El excepcional talento de Alejandro Amenábar, que ya había sorprendido en Tesis y luego se confirmaría de manera notable en The Others, logró con este filme de 1997 un verdadero hito en la historia del cine al que Hollywood no estuvo ajeno con un remake, eso sí, bastante discutible.

martes, diciembre 26, 2006

El malestar en la práctica política


Cuando el poder político es conquistado por algún bastardo improvisado y sin antecedentes, alguien carente del menor escrúpulo al momento de pisotear las normas que presuponen una existencia social civilizada, o de azuzar los sentimientos más subalternos de una mayoría incapaz de distinguir la paja del trigo; cuando quien pretende alzar las banderas de la oposición se revela esencialmente inepto para sobreponerse a lo que está sucediendo, o aplica torpes estrategias que no funcionan o que sólo lo harían con poder y nepotismo, o peor aún, termina aliándose con el bastardo —siendo su embajador, por ejemplo—; cuando no es posible diferenciar entre estado y gobierno, y éste es facineroso, y además un obstáculo para una existencia libre, y un fastidio y una molestia; cuando los organismos estatales se convierten en los engranajes de una maquinaria represiva, el servicio de inteligencia y la administración tributaria en primer lugar, pero también el banco central o algún ente administrador de divisas; cuando, para colmo de males, algunos de los ciudadanos mejor formados terminan ejerciendo de gestores de esta estructura (ya no es sólo la Academia de las Américas la que provee de represores, más de una Ivy League debería replantearse o repensar las cosas visto el quehacer de no pocos de sus ex -alumnos); cuando los medios de comunicación comienzan a ser complacientes y se alinean; cuando además respetadas figuras de la cultura —un escritor laureado con el Nóbel, un actor de cine, un hombre de teatro— brindan públicamente su apoyo al bastardo o a alguno de sus amigotes que impone su rigor sobre otro país “hermano”; cuando los capitales concluyen que pueden hacerse de buenos negocios, mucho mejores de los que se harían si la competencia fuera limpia, y terminan siendo no sólo indiferentes, sino también cómplices y promotores; en fin, cuando el camino está empedrado de podredumbre y de dificultades y de mala onda, y uno no aspira a otra cosa que a una vida digna y ordenada, a no agredir a nadie ni a ser agredido, a ser una persona honesta y bien vivida, es lógico, es comprensible que se sienta frustrado y molesto.

No me cabe duda de que la práctica política es la primera fuente de malestar entre los latinoamericanos. "La única cosa que se puede hacer es emigrar", afirmaba con pesimismo Simón Bolívar mientras navegaba por el río Magdalena, un día de 1830, hacia el puerto caribeño de Santa Marta, donde la muerte en diciembre de ese mismo año le impediría embarcarse rumbo a Europa. Es bastante desafortunado —una lástima y una vergüenza— que casi dos siglos más tarde esas palabras quejumbrosas y desilusionadas suenen tan actuales.




domingo, diciembre 10, 2006

La libertad como asignatura pendiente


¿Qué tienen en común aquellos que lloran, dentro y fuera de Chile, la muerte de Augusto Pinochet, con los que hace pocos días aplaudían la reelección de Hugo Chávez?

Aunque lo habitual sea que quien alabe a uno denoste del otro, la verdad es que no hay gran diferencia entre los que, por un lado, pretenden canonizar al hoy difunto general por haber sentado las bases de la prosperidad económica de Chile, y quienes, por el otro, ven en el comandante paracaidista a un justiciero social y un defensor de la soberanía latinoamericana. Ambas posiciones no dejan de ser, en el fondo, profundamente pragmáticas: las dos privilegian los resultados y prestan poca atención a los medios que se emplean para obtenerlos.

Una conclusión se impone: en las preferencias de un significativo sector de latinoamericanos (si no la mayoría), la defensa de las libertades públicas no juega un rol fundamental. Esto no deja de ser lamentable y, al mismo tiempo, peligroso. Los regímenes encabezados por personajes como Pinochet o Chávez tienen como consigna la intolerancia frente a todo tipo de oposición, la destrucción —política y personal— de quien manifieste cualquier disconformidad. El terreno para la exclusión y el resentimiento está abonado.

La educación para la libertad tiene que convertirse en una política pública fundamental e irrenunciable. Una libertad que vaya de la mano con la promoción de la iniciativa individual, pero también con la igualdad de oportunidades y el siempre sagrado derecho de opinar. Un verdadero ciudadano ha de ser consciente de que ningún logro material puede servir como justificación para una dictadura. Es ésta una asignatura pendiente para las nuevas generaciones de latinoamericanos. De lo contrario la sombra de la división y de la violencia social seguirá pendiendo sobre sus cabezas, tal como hoy pende sobre las nuestras.

lunes, diciembre 04, 2006

El autócrata expansivo

Para lograr su más reciente triunfo electoral Hugo Chávez no ha necesitado convencer a nadie. Que la calle estaba con Manuel Rosales parecía ser un comentario generalizado, producto de la percepción de quienes entienden que las grandes movilizaciones de masas constituyen la encuesta más fiable. Pero ese tipo de percepciones pueden (o suelen) ser erróneas. La verdad es que en la Venezuela de 2006 todos los factores jugaron a favor de Chávez. Esto no es gratuito. Desde su elección en 1998 la maquinaria de un estado rebosante de petrodólares ha venido desplegándose sobre la sociedad con el fin de oscurecer conciencias, captar lealtades y reprimir todo atisbo de disidencia. Dentro de esa lógica, medios de comunicación del estado, burocracia, fuerzas armadas y clientelismo político son elementos de una combinación tan letal como efectiva. Pero además está el añadido de que todo se desarrolla en el marco de una institucionalidad que no por aparente, deja de cumplir su cometido. Chávez no es un dictador tradicional, sino un autócrata validado por la existencia de instituciones “democráticas” y la indiscutible legitimidad que la fuerza de los votos le otorga frente a los ojos del mundo. Es precisamente este doble juego de totalitarismo y democracia lo que lo fortalece y parece hacerle inmune.

Al optar por presentar un candidato la oposición aceptó tácitamente las reglas de este juego macabro. A partir de ahí sólo era preciso que los observadores internacionales de siempre (la OEA a la cabeza) dieran fe de que, “al margen de ciertos inconvenientes aislados”, el proceso se había desarrollado con total normalidad. ¿No es normal acaso que la población participe, que las elecciones sean dirigidas por un poder autónomo, y que finalmente gane el candidato que recibe la mayor cantidad de votos? Todo suena tan lógico y racional y democrático, aunque en realidad no lo sea. Es verdad que Rosales fue un excelente candidato, pero ni él ni ningún otro hubiese podido derrotar al aparato mediático-clientelar-represivo de un gobierno que no sólo cuenta con la fidelidad incondicional de los militares y de los demás poderes públicos, sino que además mantiene una política sistemática de represión y aislamiento en contra de quienes osan manifestar su disconformidad.

Dominado el escenario interno, el siguiente paso es la importación del modelo. Es preciso entender esta realidad en su cabal dimensión, comprender quién es en verdad Hugo Chávez Frías y la amenaza que su fortalecimiento político representa para la región. Hasta ahora todos —oposición venezolana y comunidad internacional— se han sometido a las reglas del juego que él ha planteado, y el resultado no ha sido otro que un festín de votos y de aparentes legitimidades a su favor. Ya lo dijo el propio Chávez apenas conocidos los resultados oficiales: la revolución se ahondará, y además se expandirá. El norte es el socialismo (en su versión castrista, claro está). Que nadie se engañe. La democracia en América Latina se enfrenta a un peligro mayor. Ya no se necesita dominar Sierra Maestra para hacerse del poder. Los autócratas ganan en las urnas. Chávez seguirá azuzándolos y financiándolos.

lunes, noviembre 27, 2006

A proposito de J.D. Salinger


¿Es en verdad posible hacer una lista de novelas escritas por retoños literarios de J.D. Salinger? ¿Constituye el ADN de este enigmático y escurridizo neoyorquino una herencia demasiado notoria en algunos escritores? Yo creo que sí, y que además no hay nada de malo en ello. A mi juicio se han escrito varias cosas buenas, algunas en verdad entrañables, a partir de su legado e influencia. Por lo demás, varios de sus posibles herederos no dudan en manifestar abiertamente una devoción que tal vez no tenga equivalente ("Salinger salvó mi vida", afirmó alguna vez Alberto Fuguet con fervor casi místico). La personalidad de Holden Cauldfield da para eso y más.

He aquí mi lista provisional. Es bastante corta. Debo decir, sin embargo, que todos me parecen libros respetables, si no excelentes:

1. Mala Onda, de Alberto Fuguet.
2. Materia dispuesta, de Juan Villoro.
3. Piedra de mar, de Francisco Massiani.
4. Tú, mío, de Erri de Lucca.
5. Kafka on the Shore, de Haruki Murakami.

Quien esté en desacuerdo y quiera hacérmelo saber tendrá que buscar la vía adecuada. Este blog no está abierto a los comentarios.

domingo, noviembre 26, 2006

¿Manga, manga, manga?...


Han pasado casi dos meses desde que en este mismo blog afirmé que planeaba iniciar la lectura de Kafka on the Shore, la última novela de Haruki Murakami (a propósito, Tusquets acaba de publicar la edición en español con el título de Kafka en la orilla). Al fin comencé ayer. Hoy, que he llegado a la página 100, estoy tan enganchado como para sospechar que no me despegaré de ella hasta haber leído la última letra impresa.

Murakami no hace ningún esfuerzo por ocultar sus influencias. Por el contrario parece querer hacer permanente alarde de ellas, no dejar resquicio de duda respecto de su existencia e importancia. Es así que resultan demasiado obvias las semejanzas de Kafka Tamura, el adolescente protagonista de la novela, con Holden Caulfield en The catcher in the rye (si no me equivoco el mismo Murakami la tradujo al japonés). Otro Salinger más para la lista, pudiera concluirse con escepticismo. En todo caso un Salinger con intermitencias de Truman Capote, pudiera tal vez añadirse. Pero afortunadamente Murakami tiene la rara virtud de parecer original echando mano de los recursos más obvios. Recursos que en el caso de un escritor tienen que ser sus propias lecturas, aunque éstas no sean siempre las que uno pudiera esperarse. De ahí que haya diálogos entre gatos filosóficos y seres humanos discapacitados. O una increible historia de escolares hipnotizados mientras recolectan setas en el bosque.

Dance, dance, dance es el título (en inglés) de una de las primeras novelas de Haruki Murakami. ¿Pudiera ser Manga, manga, manga (en cualquier idioma) el de una futura?

viernes, noviembre 24, 2006

La invitación me llegó a tiempo, pero...


Últimamente me estoy perdiendo las grandes fiestas.

Comienzo a preocuparme...

viernes, noviembre 03, 2006

La antesala del Greyhound

Llegamos casi a la medianoche. La estación era un galpón enorme y descolorido. Las luces resultaban insuficientes para esa extensión donde no había nadie aparte de nosotros. Además del escueto mobiliario, unas vendor machines ofrecían bebidas y alimentos envasados. Javier sacó los bultos de la maletera de su Honda Civic y los colocó delante de la puerta de embarque. Patty me miraba con disgusto o asombro, y yo no sabía qué decirle, si es que algo tenía que decirle; tomé su mano y percibí el entorno alrededor nuestro: la noche del Deep South reptando arisca y silenciosa, cual loba en celo. Quizá lo saqué de alguna pésima traducción de Faulkner —las ediciones argentinas que todavía leo— o de una película cuyo título no recordaba. “So here we are!”, exclamó Javier poniendo su típica cara de imbécil: “Are you guys ready to travel?!”. Jimena obtuvo una lata de DrPepper’s y un paquete de M&M’s, abrió este último antes de dibujar con su brazo un círculo que rozaba la posición de cada uno de los presentes. Patty tomó un chocolate, lo introdujo en su boca e infló los cachetes exageradamente, como si se tratase de un bocado enorme. Javier soltó la carcajada aguda, larga, profundamente imbécil.

Nuestro presupuesto era absurdo. Debíamos llegar al campus, instalarnos y llamar al sponsor para que me transfiriese la primera mensualidad de mi beca. Sólo habíamos podido obtener unos pocos dólares con la venta del Volkswagen. Teníamos acceso a tarifas excepcionales, hubiéramos podido viajar sin escalas. Pero entonces se inmiscuyó mi madre, advirtiéndome que debía visitar al Javier, que era inconcebible que me fuese a los Estados Unidos recién casado y becado y no visitase a mi primo que la había pasado tan mal. Nunca sabré si Patty llegó a estar convencida o si la decisión fue enteramente mía. “Claro que me parece buena idea visitarlo”, fueron sus únicas palabras sentada en la escalera del dúplex, su cuerpo inclinado hacia atrás, los brazos estirados de manera que cada mano se sujetaba de la rodilla correspondiente. Javier sacó una cajetilla de Luckies y encendió uno. Cuando todavía vivíamos en la Residencial San Felipe solía quedarse en los estacionamientos hasta altas horas de la noche, fumando marihuana y conversando con Gabriel y los vigilantes. Siempre fue un inútil, un bueno para nada, el idiota de la familia. Fuimos criados juntos porque era el único hijo de la única hermana de mi madre, y quedó huérfano cuando no había cumplido tres años. Su padre se vino a los Estados Unidos dejándolo al cuidado de su familia materna, por lo que en la práctica terminó siendo para mí algo parecido a un hermano mayor: un hermano cuya imbecilidad había sido un karma durante toda mi infancia y adolescencia. En el San Antonio de Padua solía estar entre los pésimos estudiantes y los sempiternos castigados. Sus compañeros de clase lo llamaban ”Godzilla”.

“¿A qué hora llega el bus, papi?”, preguntó Jimena, una de sus manos en un bolsillo de la chaqueta, la otra sosteniendo la lata de gaseosa. Javier alzó ambas cejas y esbozó una sonrisita sádica y despreocupada Conozco perfectamente sus códigos; era su manera de decirme hasta aquí hemos llegado, no cuentes más con mi ayuda. Disfruta haciendo sentir que la confianza depositada en él es una ilusión vana, una esperanza injustificada y sin sentido. Jimena sacó la mano del bolsillo y comenzó a sobarle la barriga. Él me mostró la lengua. “¡Godzilla concha de tu madre!”, le espeté a media voz y solté nerviosamente la carcajada. Hubiese querido matarlo en ese instante. Cuando hablamos telefónicamente me aseguró que conseguiríamos pasajes aéreos a un precio excelente. “Tranquilo Marquitos, cuenta con mi apoyo, yo te hago la gestión, pero por favor no dejes de visitarme, hermanito lindo”. Siempre logra convencerme con esa forma de ser sensiblera y patética. Llegamos al aeropuerto y ahí nos estaba esperando junto a Jimena, la puertorriqueña con quien se había casado recientemente y a la que conocía de algunos attachments. Me abrazó y comenzó a llorar desaforadamente, como si alguien se hubiera muerto. Jimena lo abrazaba por la espalda. Hubiera querido zafarme pero no podía, me estaba sujetando con una fuerza incontenible. Siempre ha sido un fortachón desmesurado. A veces, mientras dormía en mi habitación con ventana a la playa de estacionamiento, mi mente volaba hacia él y sus conversaciones con Gabriel se me hacían palpables, las voces de ambos construyendo fantasías inasibles, mutaciones de una realidad en donde compartían sueños y tronchos. Pero en ocasiones el peso de la vida era en verdad insoportable, las estelas del abandono y del olvido invadían su corazón, y entonces Godzilla sentía la necesidad de vengarse, como si el aniquilamiento de aquéllos que eran notoriamente más débiles pudiera apaciguarlo o devolverle la calma perdida. El suelo de la Residencial temblaba por el efecto de sus pisadas arrebatadoras cada vez que su cuerpo inmenso iniciaba su marcha aleatoria y destructiva. Más de una vez el golpe de su aliento reptil inundó mi habitación convirtiéndome en presa de un calor fugaz pero irresistible. Entonces, cuando el temblor se hacía verdaderamente insoportable y el llanto de los vecinos se había convertido en el canto de fondo de aquel espectáculo apocalíptico, se abalanzaba contra alguno de los edificios y principiaba a demolerlo con su fuerza desaforada.

Por fin me soltó, aunque no había parado de lloriquear del todo. Su abrazo me había dejado agotado y sólo atinaba a mantener la cabeza gacha mientras mi mente volvía a ubicarse dentro de los límites físicos de aquel aeropuerto. “¿A que no sabes quién soy yo?”, le preguntó Patty, grácil e irónica, sus brazos rodeando sus hombros con una familiaridad inesperada. Javier le dio un beso en la mejilla y mirándole a los ojos le dijo “Gracias”. No entendía por qué, esperé que continuara: “Gracias por rescatarlo al Marquitos”, y siguió lloriqueando el muy imbécil. Patty rió. Jimena rió. Apenas comenzaba a ser consciente de que aquella visita era un grave error.

Fotografía de abuelos


Una vez captadas la imágenes de los jóvenes éstas se estancan y se petrifican, el tono de las voces jamás llegará a enervarse, sus pieles permaneciendo firmes y apenas marchitadas.

Quienes las conserven envejecerán poseyendo aquel recuerdo estático; las brechas de las edades irán profundizándose; o, en el caso de sus contemporáneos, comenzarán a figurárselos como seres cada vez más jovenes y lejanos.

Reviso algunas viejas fotografías, y experimento la peregrina sensación de ser más viejo que aquel par que nunca pensó en ser causa de mi existencia.